| 4/12/2006 12:00:00 AM

Inquietudes sobre el crecimiento económico

Columna del economista Eduardo Sarmiento, publicada en el diario El espectador, en la que se analiza el súbito salto del crecimiento económico y por qué este aún no se refleja en los indicadores sociales y de pobreza.

Las cifras de las cuentas nacionales resultaron sorprendentes. En los tres primeros trimestres de 2005 las tasas de crecimiento subieron en relación con el reporte de finales de diciembre, y en el último trimestre se desplomo con respecto a las previsiones oficiales. Estos sobresaltos no son el producto de la naturaleza ni del comportamiento económico sino de la modificación introducida en la metodología empleada para deflactar la producción industrial. El procedimiento elevó la tasa de crecimiento de 4,5% a más de 5%.

Las razones del cambio de metodología no han sido suficientemente explicadas. Hace unos meses el presidente Uribe la arremetió contra la muestra industrial del DANE diciendo que no correspondía a la nueva estructura productiva de la economía colombiana, y la califico de desactualizada y anquilosada, pero lo que se hizo fue cambiar el deflactor de los precios al productor del Banco de la República. Al final, el Banco se inventó un híbrido en el cual se le adiciona al índice al productor un componente de las exportaciones. En una próxima oportunidad me referiré al tema en detalle.

Por ahora, más importante que la cifra, que bien puede ser 4 ó 5%, es su sostenibilidad y composición. En cualquier caso se explica por el comercio, las obras civiles y el sector financiero, que crecieron a tasas superiores al 10%, y como tales no sostenibles.

Buena parte de la expansión de la economía es inducida por la revaluación, por la vía de la baja en los precios de la construcción y el abaratamiento de las importaciones. El expediente debilita la industria y la agricultura, las actividades de mayor aliento y arrastre en el largo plazo, y configura un desequilibrio externo que se encubre por la sobrefacturación de exportaciones y remesas. En la actualidad, las importaciones crecen en términos reales cinco veces más que las exportaciones, y a nadie se le escapa que semejante perfil tarde o temprano termina en tragedia.

El otro elemento central en el desempeño de la economía es la ampliación del gasto público, que tiene su mayor manifestación en las partidas militares y en las obras civiles. Tal como lo anticipamos, el incremento del gasto público financiado con emisión generó la actividad productiva que permitió sustituirla por mayores recaudos tributarios. Los hechos se encargaron de demostrar que la causa del déficit fiscal no era el desbordamiento del gasto sino el mal desempeño de la economía. A diferencia de la revaluación, al motor fiscal todavía le queda gasolina. La economía estaría en condiciones de repetir y absorber un choque del gasto público como el de 2003.

El aspecto más deplorable de la reactivación es su baja incidencia en la ocupación. Entre 2001 y 2006, es decir, desde que se puso en práctica la nueva metodología del DANE, el empleo ha evolucionado por debajo de la población. Por lo demás, la tasa de empleo y subempleo ha fluctuado entre 45 y 50%, revelando que la modesta generación de puestos de trabajo se ha realizado en actividades de baja calidad. Lo grave es que la tendencia no cambió con la aceleración del crecimiento. En enero el empleo creció cerca de 2% con respecto al mismo mes del año anterior.

Mal podría cuestionarse la política fiscal por el incremento del gasto o por su financiación. La falla está en la orientación prioritaria del presupuesto a la confrontación armada, que por definición no genera empleo, y a las obras civiles, que se caracterizan por el bajo porcentaje de la nómina. Las cosas habrían sido muy distintas si el mayor gasto público se hubiera destinado a la creación de empleo en la infraestructura física liviana (mantenimiento y pavimentación de la red vial), la vivienda de interés social, el financiamiento de la pequeña y mediana empresa y la aplicación de subsidios a la retención escolar. De seguro, la reactivación hubiera sido menos concentradora y excluyente.

Estamos ante el típico crecimiento inequitativo. El empleo crece por debajo de la población, los salarios reales descienden, los nuevos empleos se crean en el sector informal, y al mismo tiempo las ganancias empresariales crecen cerca de 50%. Todos los beneficios del progreso se quedan en el capital y en los estratos altos. Algo similar se observa por el lado de la demanda. La inversión y los consumos suntuarios avanzan por encima del 20%, a tiempo que la producción de alimentos y bienes agrícolas lo hacen por debajo de la población. Por eso, la elevación del crecimiento no ha contribuido significativamente a reducir la pobreza ni a mejorar la distribución del ingreso.

No es un resultado extraño. Es la consecuencia de una reactivación inducida por estímulos al capital y represión salarial y una ampliación del gasto público que no contribuye al gasto social ni al empleo.

*Publicada en el diario El Espectador

EDICIÓN 547

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