| 10/8/2011 10:30:00 AM

Santo Domingo: el posible escritor que hacía morir culebras

Antes de construir su imperio empresarial, Julio Mario Santo Domingo alzaba castillos de letras. Y puso a prueba su temple con una serpiente. Facetas del rostro del poder económico en Colombia.

Julio Mario Santo Domingo habría sido la única persona capaz de provocarle un suicidio a una culebra venenosa, además de ser uno de los símbolos de la riqueza y el poder en Colombia. Y si no hubiera ocupado un lugar protagónico en la historia de la economía del país, tal vez lo hubiese podido ocupar en la historia de la literatura.
 
Pasó en el zoológico del Hotel Ticuna, Leticia. “Es la culebra más venenosa del mundo… …una picadura lo deja muerto en dos minutos”, le explicaban a Santo Domingo, señalándole una serpiente enroscada en una jaula de travesaños metálicos. Mientras sus acompañantes se mantenían apartados, él se acercó al animal más de lo conveniente y le escupió en la cara.

La culebra se lanzó contra los barrotes tratando de clavarle sus colmillos, como humillada. Santo Domingo le respondió con otro escupitajo. Tenía 55 años, ya era el hombre más rico y poderoso de Colombia, y quería medirse frente al animal más poderoso en un pulso de temple. La víbora siguió arrojándose hacia él en latigazos suicidas. La cabeza le sangraba por los golpes contra el metal. El empresario la escupió de nuevo; el animal tomó impulso, embistió y cayó muerto luego de un último choque de rabia impotente.

Ernesto Mendoza Lince, entonces presidente de la aerolínea Avianca y quien lo acompañaba en el Amazonas, relata que Santo Domingo giró sonriente con semblante victorioso, e invitó a todos los presentes a tomar caipirinhas en el bar del hotel.

El episodio del suicidio de la culebra es la primera escena de la única biografía conocida del empresario costeño, nacido el 1 de octubre de 1924 y fallecido el viernes 7 de octubre de 2011, de 87 años. “Don Julio Mario”, una biografía no autorizada, escrita por el periodista investigador Gerardo Reyes Copello, ganador del premio Pulitzer con The Miami Herald. Una biografía que ya no se consigue en librerías, solo entre anaqueles callejeros de libros de segunda.

En ella, se muestra cómo ha sido un protagonista relativamente desconocido de la historia Colombiana en el último siglo, a la cabeza de un imperio que germinó en la década de 1920, y se extendió en cada manifestación de la realidad del país, transformando así la vida de millones.

También, se muestra cómo esa batalla salival encarna los principales rasgos de su personalidad como empresario: su perseverancia para el triunfo, sus reacciones con quienes le muestran los colmillos, la gracia altanera para celebrar victorias, y un extraordinario poder de seducción.

Las reminiscencias de su imperio se encuentran en cualquier esquina; tanto, que su vasta influencia parece invisible, parte del paisaje. Ha patrocinado senadores, equipos de fútbol; presidentes de todas las vertientes llegaban a pedir su consejo; y fue dueño de marcas que ya son parte de la identidad colombiana: Avianca, Sam, Caracol, Bavaria, Águila, Pony-Malta, Cromos, Aluminios Reynolds, Presto, Vikingos y Pastas La Muñeca, por mencionar algunas.

Juventud de intelectual
Pero antes de construir ese imperio, fue un devoto de las letras y la cultura que perteneció al Grupo de Barranquilla. Pudo terminar levantando castillos de letras memorables.

Julio Mario Santo Domingo nació en la ciudad de Panamá, cuando sus padres estaban de vacaciones. Era hijo de los barranquilleros Mario Santo Domingo y Beatriz Pumarejo. Además de fundar Cevecería Águila, su padre fue pionero de la aviación comercial en Colombia. Habría inventado el correo aéreo, lanzando desde un avión un saco de cartas a la plaza de Puerto Colombia.

Julio Mario creció en Barranquilla. Antes de meterse a fabricar cervezas, en las décadas de 1950 y 1960, perteneció al grupo de amigos intelectuales que se reunían a tomar y tertuliar en el bar La Cueva. Con escritores como Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas.

Ellos publicaron una revista durante 14 meses: la legendaria “Crónica”, que circulaba los sábados. Y allí publicó Santo Domingo un cuento que escribió, titulado Divertimento, con una ilustración de Alejandro Obregón. Lo escribió cuando tenía unos 20 años, mientras estudiaba una carrera de negocios con los jesuitas de la Universidad de Georgetown, en Washington.

Mucho después cambiaría de relaciones y enfoque: se haría amigo de Henry Kissinger, de los presidentes Bush, Carter y Clinton, de Carolina Herrera y de los Agnelli, dueños de la Fiat, entre otros. Su nieta, Tatiana, se haría novia del príncipe de Mónaco, Andrea Casiraghi. Y a punta de dinero, su familia sería aceptada en los más altos círculos de la aristocracia mundial.

El símbolo del poder
Hasta el momento de su muerte estuvo casado con Beatrice DávilaCon ella tuvo a su hijo Alejandro, quien quedó a la cabeza del imperio. Su primera esposa había sido la brasileña Edyala Braga. Uno de los motivos a los que se atribuye el deterioro de su salud en los últimos años es la muerte en 2009 del hijo que tuvo con ella: Julio Mario Santo Domingo Braga.

Era un fanático de la tauromaquia. Se le veía de una corrida de toros a otra, admirando a los hombres que se enfrentan a las furiosas bestias con capa y espada, sin barrotes ni escupitajos. Siempre elegante. Vestía prendas de Saville Row de Londres, zapatos hechos a su medida en Italia, y camisas especialmente diseñadas en Francia. En su apartamento de Nueva York tenía un Picasso; coleccionaba arte, le apasionaba el jazz y conocía literatura inglesa y francesa.

Aunque apartado de las letras llegó a ser el quinto cervecero más grande del mundo. Llegó a tener 17 compañías, plantas de malta, embotelladoras y fábricas de latas. A su cabeza, el Grupo Santo Domingo llegó a controlar más de 80 compañías en casi todas las áreas de la economía en la década de los 80 y 90. Fue dueño de un periódico en Portugal, un banco en Panamá, fábricas en España y Ecuador, e inversionista en hotelería en Costa Rica.

Cuando sus padres lo enviaron a vivir a los Estados Unidos no fue solo con el propósito de que estudiara; también “para salvarlo de las influencias perniciosas de esos amigos juveniles que se pasaban la vida entera hablando de libros, escribiendo, jugando dominó y bebiendo trago”. Así dijo el escritor y periodista Juan Gossaín que se lo reveló el maestro Alfonso Fuenmayor, en una ocasión que estaba averiguando sobre el paradero del cuento que publicó en Crónica.

Gossaín lo encontró, y alabó la calidad literaria del joven empresario. Describió su obra como uno de los primeros ensayos del postmodernismo en Colombia. Le pareció que con su narración vibrante y magra, Santo Domingo se anticipó a las piruetas de los nadaístas, con juegos de palabras, un discreto sentido del humor y signos originales para reemplazar los diálogos.

Santo Domingo le confesaría a Gossaín, muchos años después y con una sonrisa, que cuando sus padres lo enviaron a Estados Unidos lo único que consiguieron fue “salvarme de la gloria literaria”. Para el pesar de muchas culebras empresariales.

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