| 9/24/2011 8:00:00 AM

Política prohibicionista para el control de las drogas fracasó

Balance de la estrategia contra las drogas entre 1999 y 2009 hace el exfiscal Gustavo de Greiff. Propone la legalización de la producción y el comercio de las drogas, acompañada de campañas educativas para disuadir del consumo.

El consumo y la producción de cocaína, heroína y marihuana aumentó en el mundo en el período de 1999 a 2009. En 1997 se calculaba que 14 millones de personas habían consumido cocaína alguna vez. En 2009 entre 15 y 19,3 millones de personas la habían consumido por lo menos una vez en el año anterior. En 1998 se estimaba que en el año anterior 8 millones de personas habían consumido heroína. En 2008 la cifra llegó a 11,3 millones de personas. Los consumidores de marihuana en 1997 se calculaban en 141 millones. En 2008 pudieron llegar hasta los 190,7 millones.

“La política prohibicionista de las drogas psicotrópicas y narcotizantes fracasó y es necesario hacer un cambio en dicha estrategia”. Así lo indica el exfiscal Gustavo de Greiff, autor del estudio que publica la Revista de la Universidad del Rosario.

Para el también exrector de la Universidad, la guerra de las drogas “debería llevar a una disminución sustancial de la producción, a una elevación en el precio y a la consiguiente disminución de los consumidores”. Sin embargo, en estos diez años no se cumplió el propósito de hacer más costosas las drogas, ni de disminuir el número de consumidores.

Los datos de De Greiff muestran que la producción no se redujo. “En 1997 se produjeron 863 toneladas de cocaína pura. La producción 13 años después fue de 865 toneladas. La producción de heroína en 1997 fue de 435 toneladas. En 2008 (último dato reportado) fue de 657 toneladas. La producción de marihuana en 1997 se calcula que fluctuó entre 20.000 y 30.000 toneladas. En 2009 pudo estar entre 13.300 y llegar a 66.100 toneladas”.
Como resultado de un crecimiento mayor de la producción que del consumo, los precios no aumentaron. “Sobre precios no hay datos globales, pero los relativos a los Estados Unidos y a la Unión Europea son dicientes sobre el fracaso de la política prohibicionista”, afirma el informe.

Así por ejemplo, el precio de la cocaína vendida a los consumidores finales en Estados Unidos, pasó de US$161 por gramo en 1997 a US$80 en 2009, esto es 50% menos. Los de la heroína bajaron de US$529 por gramo a US$364, 31% menos. Los de marihuana, fueron los únicos que subieron, al pasar de US$8 a US$11, 38% en ese lapso.

Un fracaso evidente
Para el exfiscal, al examinar las cifras debe tenerse en cuenta que durante el período estudiado la potencia de las tres drogas se elevó considerablemente. La potencia es el grado de concentración del componente activo de la sustancia alucinógena. Entre mayor sea ésta, mayor es el efecto narcotizante que produce en el consumidor.
“La mayor potencia de las drogas haría pensar en un aumento de su precio y en una disminución en el volumen producido y consumido, pero, como se ha visto, no ha ocurrido así, salvo en cuanto al precio de la marihuana en Norteamérica, pero es que la ilicitud del negocio hace que éste no funcione con la lógica de los negocios ilícitos”, explica De Greiff.

En su opinión, desde el punto de vista de la oferta, los datos anteriores indican que “la política prohibicionista ha fracasado en su intento de reducir el consumo de las drogas psicoactivas y, por el contrario, ha dado lugar a consecuencias no pretendidas: crimen organizado, corrupción entre los agentes gubernamentales que de una u otra forma cierran los ojos para permitir el trasiego de lo prohibido, la violencia en campos y ciudades, las violaciones a la soberanía de los países donde se producen los narcóticos; como también la destrucción de familias, vidas perdidas en prisión, ciudades degradadas, etc.”

“En cuanto a una disminución de la demanda mediante la criminalización del consumo el fracaso es evidente, pues si fuera efectiva no hubieran aumentado los consumidores”, dijo.

¿Entonces qué hacer?
La solución debe comprender lo que se logra con la legalización o regulación de la producción y el comercio y lo que se alcanza con medidas paralelas de educación y de salud pública, como tratamiento médico a los adictos y medidas de reducción del daño, señala De Greiff.

“Por legalización debe entenderse la regulación de la producción, el comercio y el consumo de por lo menos las tres drogas psicoactivas mencionadas –y quizás de todas ellas-, acompañada de campañas educativas sobre los males y peligros que puede conllevar su consumo y especialmente el abuso del consumo; y el suministro de tratamientos médicos para quienes caigan en el infortunio de la adicción. Siendo la legalización eso, en ningún caso puede entenderse como una invitación a consumirlas, ni mucho menos como la posibilidad de su uso por parte de los menores, ni como un perdón a quienes bajo su influencia causen daño a otros”, afirma.
Para el exrector, “la regulación puede adoptar diferentes formas bien sea estableciendo un monopolio estatal de las tres actividades (cultivo, producción y comercio) o de alguna de ellas, dejando las otras para ser desarrolladas por personas naturales o jurídicas, mediante licencias y supervisión estatal. Su venta puede regularse mediante orden médica o simplemente permitirse que se haga a personas mayores de edad con límites en cuanto a la cantidad y registro del comprador. Además, debe prohibirse hacer propaganda para incentivar el consumo y se deben establecer impuestos especiales, rendición de informes periódicos a las autoridades, controles de calidad, etc.”

Siendo evidente el fracaso de la estrategia prohibicionista, De Greiff se pregunta ¿por qué la estrategia de la legalización, como ha sido bosquejada, no ha sido implementada por ningún país latinoamericano? En su opinión, por falta de valor civil de los gobiernos, por miedo a incurrir en el desagrado del gobierno estadounidense; por el temor generalizado en la opinión pública –y explotado por los políticos, temerosos de ser acusados de “blandos” frente al crimen– de que en un ambiente regulado habría un aumento o, más aún, una explosión en el consumo; y por el empeño de las burocracias, cuyos puestos de trabajo dependen de la continuidad de la “guerra de las drogas”.

Finaliza su análisis indicando que “no se nos escapa que un solo país no podría implantar la legalización entendida como la regulación de la producción y el comercio, acompañada de campañas educativas para disuadir del consumo y especialmente del abuso de éste junto con el suministro de tratamientos médicos a los adictos; pero ante el fracaso de la prohibición es necesario cambiar de paradigma y nadie mejor que los gobiernos y la opinión pública de países latinoamericanos para encabezar un movimiento que termine con los males de la prohibición. ¿O seremos tan locos que esperamos que siguiendo con las mismas políticas fracasadas se obtendrán resultados diferentes?”.

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