| 11/21/2012 11:23:00 AM

McCausland, amante y defensor de la crónica

Si Ernesto McCausland Sojo hubiese tenido ocasión de revisar el texto de su obituario y la crónica de su deceso -ocurrido hoy- habría hecho una rigurosa edición de cada uno de sus términos.

No hubiera admitido, por ejemplo, lugares comunes como aquellos de “se fue el último de los grandes cronistas” o “el periodismo colombiano está de luto”.

Quizá habría tachado todos los adjetivos y habría exigido recrear episodios concretos de su vida o reseñar críticamente alguna de sus crónicas, para que las conclusiones estuviesen a cargo del lector y no del redactor.

Su obsesión por el buen uso del lenguaje no databa de las épocas recientes en las que se desempeñó como miembro de la mesa de trabajo de la cadena radial Caracol o como presentador del noticiero QAP, sino que lo acompañó desde aquellos años 80 en los que hacía parte de una nueva camada de cronistas que convertirían a El Heraldo de Barranquilla en uno de los mejores cultores de un género periodístico que hoy parece en vías de extinción.

Es esa época, MacCausland hacía parte de un equipo en el que, bajo la égida de hierro de Olguita Emiliani –asistente del director de entonces, Juan B. Fernández Renowitzky- brillaban también otros muchachos de su generación: Marco Schwartz, Humberto Mendieta y José Granados... Todos ellos tenían entre sus referentes inmediatos el trabajo de José Cervantes Ángulo y de Juan Gossaín, quienes desde las páginas del diario relataban la cotidianidad con un marcado sesgo literario.

Aquellos muchachos iniciados en el oficio de cronistas no lo proclamaban a los cuatro vientos, pero soñaban con convertirse algún día en un nuevo “Grupo de Barranquilla”. Como ocurría en los tiempos reporteriles de García Márquez, se reunían después del cierre a hablar de lo que para ellos era buen periodismo y podían durar horas en un debate sobre la factura del párrafo de arranque de un artículo periodístico.

En cualquier ocasión Maccausland, un ‘chico’ de casi dos metros de estatura, con gafas de nerd, podía cautivar a sus interlocutores durante más de una hora con el análisis del lead de alguna de las crónicas que a diario publicaba Gossaín en la primera página del rotativo barranquillero.

“Mierda, quién no se lee a Juan (Gossaín) cuando arranca de esta manera: ‘Conozco la historia de un hombre que se compró un revólver…”. Así comenzaban sus disertaciones amenas y sencillas, que no necesitan de trago o del claroscuro de un recinto copado de humo para resultar cautivantes.

En febrero de 1984, el periodista y escritor Jorge Yarce Maya, entonces director de Colprensa, le acolitó al editor judicial de esa agencia de noticias la idea de realizar en Bogotá un encuentro de corresponsales en diez ciudades del país. El Heraldo, socio principal dentro de la estructura cooperativa de la agencia, envió como delegados a MacCausland y a Schwartz.

El ‘grupo de Barranquilla’, como se le denominaba en la reunión por el en entusiasmo demostrado por ambos, llegó con la idea de crear un manual de redacción para la red de corresponsales que fijaría una ‘cuota mínima’ para la producción de crónicas. A ellos se les ocurrió también la idea –malograda a la postre- de crear una asociación nacional de cronistas judiciales.

Y es que Ernesto sentía respeto y admiración por los cultores de la que siempre se ha llamado, con cierto tono despectivo, ‘crónica roja’. Decía que aquellos hombres y mujeres que se habían convertido en más que en simples notarios de la violencia que desgarraba al país, deberían ser valorados con el mismo rasero intelectual que la crítica y la academia reservan a los historiadores.

Cuando se aproximaba la hora de regresar a Barranquilla, McCausland y Schwartz salieron corriendo hacia el local más cercano de la librería Buchholz. Iban a buscar algún libro de antología de crónicas que todavía no había llegado a Barranquilla.

Mientras hurgaban entre los estantes, los dos dueños del local entraron en sospechas. Veían muy ansiosos a los dos muchachos y creyeron que querían llevarse algún libro sin pagar. Y lo comentaron en hebrero. Pero no tenían cómo saber que Schwartz, judío por ascendiente, los entendería perfectamente y protestaría con vehemencia ante la duda infamante.

Cuando McCausland se enteró sobre lo que pasaba se puso de frente ante los apenados dueños de la librería y dijo: “Si ustedes nos conocieran y supieran que un periodista es un cultor de la ética no iban a pensar que nosotros somos ladrones”. Y cuando se preparaba para uno de sus discursos sobre la defensa del oficio, Marco lo tomó por un brazo y lo empacó en el primer taxi que pasaba… El libro de antología de crónicas, que ya habían pagado, se quedó sobre el mostrador…

Por: Jorge González, Periodista de Revista Dinero
                                                                                                                  
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