| 8/17/2011 6:00:00 PM

Londres en llamas

Los disturbios en Londres y otras ciudades de Gran Bretaña han puesto el dedo en la llaga sobre qué tan profundo es el malestar social que están causando los programas de ajuste fiscal.

El viernes 31 de diciembre de 2010, en su mensaje de año nuevo, el primer Ministro de Gran Bretaña, David Cameron, hizo un premonitorio anuncio: “2011 será un año difícil, ya que tomamos medidas duras pero necesarias para solucionar las cosas”.

Cameron se refería a los efectos que podría ocasionar el drástico plan de austeridad aprobado un mes atrás por su gobierno para contener el abultado déficit fiscal y la prolongada contracción de la economía inglesa, que incluye reducciones en el presupuesto del Estado de 19% durante cuatro años consecutivos, el recorte de al menos 330.000 cargos públicos y rebaja de las ayudas sociales, entre otros asuntos.

Y el vaticinio de tiempos difíciles no se ha hecho esperar. Durante los primeros ocho meses de 2011, el gobierno de coalición de Cameron enfrentó media docena de marchas, continuos ataques del opositor Partido Laborista al plan de recortes y el más grave incidente de desórdenes sociales en más de 30 años, hechos que han encendido las alarmas en la política inglesa.

Una protesta que se realizó el 6 de agosto pasado para rechazar la muerte de un hombre de 29 años a manos de la policía en un barrio pobre de Londres se extendió como pólvora por otras ciudades del país alcanzando un grado de violencia que mantuvo en vilo al mundo durante toda una semana. Los actos vandálicos incluyeron atracos, saqueos, incendios y atentados a personas y se extendieron desde Londres a ciudades como Nottingham, Birmingham, Liverpool y Manchester.

El resultado: cinco muertos, decenas de heridos, más de 2.000 detenidos y daños materiales por más de 120 millones de libras esterlinas. ¿Protesta social o violencia injustificada?

Alrededor del mundo crecen las voces de quienes creen que el episodio de Londres no es un hecho aislado sino que se suma a la cadena de protestas sociales que arrancaron en Oriente Medio para rechazar la falta de democracia y se han extendido peligrosamente por varios países desarrollados para rechazar el fracaso de las políticas económicas y sociales.

Ya en España, Grecia, Italia y Portugal se han dado escaramuzas similares, aunque no han terminado en hechos de violencia como los de Londres. Pero, en el fondo, son una señal peligrosa de la inconformidad de los ciudadanos frente al estado actual de sus economías y los planes de ajuste que se están implementando a raíz de las expectativas de una nueva crisis económica mundial.

Para el primer Ministro de Gran Bretaña, David Cameron, los hechos del 6 de agosto fueron producto de ataques de oportunistas y alborotadores que quieren generar confusión. Para los opositores del Partido Laborista es la consecuencia de una errónea política económica que está generando frustración entre la población más joven y vulnerable.

Tony Blair y Gordon Brown, los dos ex primeros ministros que antecedieron a Cameron –los dos del Partido Laborista– han dicho que los disturbios son la consecuencia de recortes demasiado grandes y demasiado rápidos que terminarán atrofiando la economía.

Algunos contradictores más duros, como el líder de los laboristas, Ed Miliban, han cuestionado la eficacia de la política social y económica del actual gobierno, fruto de una coalición entre conservadores y liberales y que lleva 15 meses en el gobierno. Para Miliban, las protestas sociales están avivadas por la falta de empleo y de oportunidades para un amplio segmento de la población, la recesión que se ha profundizado en el actual gobierno, así como el mal ejemplo para las nuevas generaciones de los escándalos de corrupción que han salpicado a funcionarios del gobierno y empresas privadas, como el poderoso imperio de medios News of The World, del magnate Rupert Murdoch.

La mano dura

Pero Cameron cree que esta no fue una revuelta social sino un episodio de mal comportamiento de un grupo de agitadores que utilizaron las redes sociales para crear el caos. Por eso, sus primeros anuncios para frenar la ola de violencia, el martes 9 de agosto, fueron de carácter policivo: conminó a la policía a sacar un mayor número de efectivos a la calle, pasando de 2.500 a cerca de 16.000; impulsó la judicialización de los alborotadores y anunció controles a las redes sociales, al considerar que a través de ellas se instigaron los desórdenes.

Tras los lamentables hechos, en un discurso pronunciado el pasado 15 de agosto, el Primer Ministro anunció acciones contundentes de su gobierno para ‘reparar la sociedad rota’, que incluyen una reforma a la ley de educación y una revisión de las políticas de ayuda social. Según Cameron, los disturbios han sido “un llamado de atención para nuestro país. Los problemas sociales que han estado causando molestias por décadas han explotado en nuestra cara”, dijo en clara alusión a sus antecesores. Por eso, el Primer Ministro se comprometió a cambiar la situación de las 120.000 familias más conflictivas del país y, de paso, revisará el sistema de prestaciones sociales.

El gobierno ha dicho que el plan de austeridad no tiene marcha atrás, pues el objetivo es acabar con los 18 meses de recesión de la economía inglesa y reducir la abultada deuda externa del país, que alcanza los US$8,9 billones –la tercera más grande del mundo por monto global–.

Los recortes, que apenas comienzan a sentirse este año, incluyen la reducción de un 20% en el presupuesto para la policía, así como recortes en los ministerios de Empresas, Defensa, Cultura, Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales, Justicia y Asuntos Exteriores. También incluyen un recorte de 330.000 puestos de trabajo en el Estado, pues la meta del gobierno es que los nuevos empleos se generen por cuenta del sector privado.

De fondo, es claro que las medidas adoptadas a raíz de la crisis económica mundial se están convirtiendo en una verdadera ‘bomba de tiempo’ cuyas primeras escaramuzas se han sentido en forma de violentas protestas y desórdenes sociales. Pero, con seguridad, no serán las últimas que se sentirán.

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