| 1/19/2012 7:00:00 AM

Las promesas de Petro

El nuevo Alcalde de Bogotá propone una serie de reformas que valen varios billones de pesos. ¿Son viables?

A los ojos de cualquier agorero aficionado a la tauromaquia, el pasado viernes 13 de enero no fue una fecha de simples cábalas: justo ese día de presagios, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, planteó la posibilidad de acabar con las corridas de toros en la capital. Un mensaje que fue recibido por los defensores de esa tradición como un certero descabello, pero que al mismo tiempo cayó como una bocanada de aire fresco entre sus detractores. Lo de la fiesta brava, sin embargo, es tan solo uno de los controvertidos anuncios que viene haciendo el Alcalde desde su llegada al Palacio Liévano. Medidas que además de levantar una polvareda de opiniones encontradas han dejado, todas ellas, un ambiente de polarización en la ciudad.

Los anuncios de Petro no han sido pocos. Ha hablado, por ejemplo, de instalar peajes urbanos, permitirles a los conductores parquear sus carros sobre las calles, desarmar la ciudad, echar a andar un tranvía por la 7ª, operar las empresas públicas bajo una holding, modificar el impuesto a la plusvalía... En fin, una catarata de apuestas novedosas y bien intencionadas pero que, a la luz de los expertos, carecen de sustento técnico, son difícilmente ejecutables y, lo más importante, tienen un trasfondo político.

Y es precisamente esa tribuna política el lugar desde el que Petro parece estar jugándosela a fondo. Con ese vendaval de anuncios, formulados durante los primeros 15 días de su gobierno, el Alcalde quiere trazar una línea fronteriza con el Polo y alejarse cada vez más de ese partido. Sabe perfectamente que si su colectividad (Progresistas) –que en plata blanca es el ala disidente de la izquierda– no muestra un punto de quiebre radical, los ciudadanos llegarán a la conclusión de que los próximos cuatro años serán una dosis más de lo mismo. “El mensaje que está enviando Petro en estos días es que la verdadera izquierda es la suya y que lo hecho por el Polo en los últimos ocho años nada tuvo que ver con esa doctrina”, dice Juan Carlos Flórez, concejal de Bogotá.

Para consolidar el mensaje de una izquierda renovada, al Alcalde no le bastarán los anuncios y las buenas intenciones: tendrá que mostrar resultados contundentes durante su primer año de gobierno. A primera vista es un tiempo muy corto para exigirle grandes transformaciones. El asunto es que la Bogotá de hoy está sumida en un caos sin precedentes, que despertó entre los ciudadanos un sentimiento de impaciencia y descontento. Una bomba de tiempo que en cualquier momento puede explotar y que le está dando a Petro un margen de maniobra mucho menor que el que tuvieron sus antecesores. El efecto ya se está viendo: una ciudad en la que crece un sector de oposición cada vez más implacable.

Petro y su cuadrilla
Dentro de los círculos de esa fracción opositora, donde aparecen nombres como el de Enrique Peñalosa y Gina Parody, hay una palabra que se repite a diario: improvisación. A juicio de ellos, las reformas de Petro no son más que una ráfaga de disparos al aire que a la postre van a propinarle una herida de muerte a la capital.

El desafío que tiene por delante Gustavo Petro, si quiere conjurar esas predicciones ‘apocalípticas’ de la oposición, no es otro que ejercer un firme liderazgo sobre el polémico gabinete que hoy lo rodea. A la larga, los hombres de confianza de un Alcalde son los directos responsables de materializar sus proyectos.

Entonces, la pregunta es: ¿podrán los nuevos funcionarios llevar a cabo la revolución que quiere Petro? La respuesta es compleja. Sin embargo, para nadie es un secreto que la mayoría de ellos viene del sector académico y tiene poca experiencia gerencial. “Veo a unos secretarios totalmente petristas que ningún otro alcalde habría nombrado y que le deben ese favor únicamente a Petro –afirma el concejal Flórez–. Todo apunta a que el Alcalde va a terminar haciendo lo que quiera”. En otras palabras, eso es un indicio de que Petro tendría la intención de gobernar bajo el modelo de microgerencia que aplicó Álvaro Uribe durante sus dos periodos en la Casa de Nariño. Es claro que a excepción de Antonio Navarro, secretario de Gobierno, ningún otro funcionario del Distrito tiene ni el peso ni la trayectoria política para controvertir los mandamientos del Alcalde y mucho menos para convertirse en una especie de Angelino Garzón del Distrito.

Para Jorge Pulecio, secretario de Desarrollo Económico, la razón por la cual Petro escogió su gabinete se limita a la honestidad y la ética, y poco tiene que ver con una eventual administración microgerencial. “Acá la prioridad es construir confianza y legitimidad del Estado ante el ciudadano, cosa que se perdió en la administración Moreno Rojas”, dice el funcionario. Si bien es cierto que la honestidad es un requisito imprescindible en cualquier funcionario del Estado, tampoco debe ser el único. La experiencia es un ingrediente que no puede faltarle a un administrador público. En ese orden de ideas, la virtud ética que adorna a los secretarios del Alcalde no será suficiente para apagar las llamas que están consumiendo sus despachos. Y, por la actual coyuntura, tampoco puede ser una excusa para que algunos se escuden bajo el argumento de que siempre habrá tiempo para aprender a ejecutar. Las llamas de Bogotá hay que extinguirlas ya.

¿Y la plata qué?
Petro sabe cuál es el origen del incendio: la corrupción, un flagelo que si en algo afectó a la capital fue en sus finanzas. Y no solo por los consabidos escándalos de los últimos años, sino porque el bogotano de a pie, que saca una porción importante de su bolsillo para dársela al Distrito, no volvió a creer en sus dirigentes. Muestra de eso es la contribución voluntaria del 10%, un tributo que venía funcionando sobre ruedas desde la administración de Antanas Mockus, y que hoy desapareció casi por completo.

Pero a pesar de los fuertes golpes que ha recibido, la economía bogotana aún goza de buena salud. No en vano por concepto de impuestos hoy la capital recibe alrededor de $5 billones al año. “Los tres principales tributos de la ciudad son el ICA (recauda $2,5 billones anuales), el predial ($1,5 billones) y el impuesto de vehículos (cerca de medio billón). Los otros, son 14 pequeños impuestos dentro de los que están la valorización y la plusvalía”, explica Ricardo Bonilla, secretario de Hacienda.

Según los cálculos de Petro, todos esos tributos serán fundamentales para financiar muchos de sus proyectos. Pero esos no son los únicos recursos con los que cuenta. En los próximos cuatro años le entrarán a la ciudad cerca de $1 billón por concepto de regalías. Y tampoco se puede olvidar que por estos días Petro está dejando a punto el Plan de Desarrollo de Bogotá en el que propondrá un cupo de endeudamiento de $4 billones.

Si las cuentas no le fallan al Alcalde, esos recursos serían suficientes para conseguir los $14,7 billones que, según él mismo, vale su programa de gobierno. Una apuesta millonaria que, no obstante, podría tener un incremento cercano a los $2,5 billones por cuenta de una serie de modificaciones que se están estudiando para el tren de cercanías.

Por eso, el Distrito tendrá que pensar en otras fuentes de ingresos y meterle el acelerador a la modernización tributaria. En palabras del Secretario de Hacienda, si el impuesto a la plusvalía, por ejemplo, se vuelve más ágil la capital pasaría de recaudar $35.000 millones a $150.000 millones anuales por ese concepto.

Petro no la tiene fácil. Pero así como es consciente de que el camino por recorrer es culebrero, también sabe que de su buena gestión depende la eventual llegada del movimiento Progresistas a la Casa de Nariño. En sus manos, pues, está la responsabilidad de darle un golpe de timón al presente de Bogotá y borrar el pasado que le dejó la izquierda del Polo.
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