| 12/15/2016 12:01:00 AM

La reforma tributaria sí es regresiva

Juan Ricardo Ortega se despacha en mi contra como el peor de los colombianos o algo parecido. Pero lo hace con tal falta de rigor, y de humor, que quien debe lamentar esos comentarios es él.

En su artículo en Dinero sobre la reforma tributaria en curso (Nov.24.16), Juan Ricardo Ortega se despacha en mi contra como el peor de los colombianos o algo parecido. Pero lo hace con tal falta de rigor, y de humor, que quien debe lamentar esos comentarios es él, no yo.

En primer término, me sataniza porque afirmo que esta reforma tributaria se inspira en la máxima del ministro Colbert de Luis XIV, quien dijo que el arte de imponer impuestos era el de desplumar al ganso sin que  chillara demasiado. Ortega lo citó en francés, supongo que para no contribuir a informar a los desplumados. ¿Su teoría? Que cómo me atrevo a comparar una monarquía con una democracia como la colombiana que, “a pesar de lo imperfecta, nos bendice” de algunas maneras. Por favor…

Me matonea porque afirmo, con cifras que no refuta porque no puede, que en 2017 aumentarán los impuestos indirectos en nueve billones de pesos –IVA y combustibles, que castigan en especial a los sectores populares y a las clases medias–, en tanto la renta, favoreciendo principalmente a las trasnacionales, se reducirá en dos billones. Y porque digo que también se propone que declaren renta 500 mil nuevos asalariados, así como castigarlos con retención en la fuente desde ingresos inferiores. También lo irrita que señale –siempre con cifras de la Dian– que para 2022 el carácter regresivo de la reforma, la peor de la historia, será mayor: renta apenas aumentará en 382 mil millones de pesos y los indirectos –IVA, combustibles y 4 por 1.000– subirán en 27 billones.

Si digo que la reforma es regresiva, y violatoria del artículo 363 de la Constitución, es porque todos los impuestos indirectos lo son, incluido el de las gaseosas, según lo explica el propio Alejandro Gaviria: “El impuesto sí es regresivo en un sentido preciso: porcentualmente, afecta más a los pobres que a los ricos”, verdad que intenta evadir con la necedad de agregar que “pero más regresiva puede ser la diabetes” (El Espectador, Nov.27.16), truco semejante al de Ortega al acusarme “de divorciar los impuestos del gasto, siendo lo segundo lo verdaderamente importante”, retórica que se ha convertido en la principal falacia de los desplumadores neoliberales. Porque lo progresivo –lo democrático– o no de un tributo no lo define en qué se gasta sino quién lo paga –siempre habrá una causa “noble” para justificar hasta la peor exacción–, como lo saben los estudiantes de economía.

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En su afán por poner en mi boca puntos de vista ajenos, Ortega hace caso omiso de mi respaldo a que el impuesto de renta a las empresas también sea progresivo –así lo reclama la Acopi Bogotá-Cundinamarca–, según las ganancias, como en Estados Unidos, donde empieza en 15 por ciento y sube, escalonado, hasta el 39 por ciento. No sobra saber que el Gini de utilidades empresariales en Colombia es de 0,817, que marca una desigualdad escandalosa, incluso mayor que entre las personas (Gini de 0,53), una de las peores del mundo.

Queda mal Ortega cuando se ufana porque el transporte no tendrá  IVA, ocultando que otros impuestos a los combustibles –también indirectos y regresivos– se incrementarán en 1,89 billones de pesos, exacción que así los desplumadores llamen “verde” la pagan principalmente los pobres y las clases medias cuando viajan en bus o compran cualquier alimento.

Pero lo peor de su diatriba reside en dedicarle cerca de la mitad del artículo a insinuar que yo me opongo a que se sancione penalmente a los evasores de impuestos y a reclamarme que actúe en ese sentido, cuando vengo sosteniendo lo contrario y he rechazado que lo que el gobierno propone al respecto también haga parte del engaño de la desplumada. Porque si bien en el primer párrafo del artículo respectivo se habla de sancionar con cárcel dicha conducta –cosa que cayó bien entre los colombianos porque la evasión es enorme y se reemplaza con más impuestos a los débiles–, en su parágrafo se señala que el evasor puede negociar con la Dian su reemplazo por una multa, cosa que inevitablemente ocurrirá. En palabras de Ortega, “la sanción penal que se extingue con el pago de lo robado tampoco sirve para nada”.

¿No es el colmo que quien fue director de la Dian del gobierno de Juan Manuel Santos, que va por la tercera reforma tributaria, increpe a este senador, cuya bancada en el Senado es de apenas el cinco por ciento del total y hace hasta donde puede, por la gran corrupción tributaria del país y porque no hay, ni se propone que haya con la reforma, sanciones ejemplarizantes para los grandes evasores?.

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