| 7/26/2010 7:10:00 AM

La reforma financiera pone en cintura a los bancos

La reforma financiera que acaba de ser aprobada por el Presidente de Estados Unidos, aunque logró superar la oposición con la que se encontró en el Congreso, ha suscitado duras críticas de quienes esperaban un alcance aún mayor.

Barack Obama firmó el pasado miércoles 21 de julio la ley de reforma financiera más importante desde el final de la Gran Depresión, casi 80 años atrás. Luego de la aprobación por parte del Congreso de ese país, el 15 de julio anterior, de un texto de 2.300 páginas que contiene 533 reglas y contempla la realización de más de 50 estudios que completarán la ley, el Presidente de Estados Unidos se tomó menos de una semana para aprobar una legislación que impone drásticos cambios en la regulación de Wall Street y protege a millones de consumidores a través de nuevos mecanismos.

El impacto de la ley lo sentirán principalmente los bancos -en especial los más grandes-, y la bolsa de valores estadounidense. Con ella se busca regular el funcionamiento de estas entidades para proteger a los consumidores, con miras a no repetir una crisis como la que se inició en octubre de 2008 tras la quiebra de Lehman Broothers.

Entre muchos otros cambios, la nueva legislación incluye armar al gobierno de nuevos poderes para escindir compañías en caso de que se considere que su desempeño amenaza la estabilidad económica y poner límites a la toma de riesgos de los bancos; contempla la creación de una nueva agencia dentro de la Reserva Federal para la protección al consumidor en sus transacciones financieras y pone en cintura todas aquellas actividades financieras que lograban escapar al control de los reguladores de ese país. Con esto último, se pone fin a la tendencia de buscarle el quiebre a la regulación con figuras de mercados financieros y compromete al sector en su conjunto a una estricta vigilancia y control.

Además, los grandes bancos tendrán que aumentar sus reservas para disponer de liquidez en tiempos de crisis. También exige una reforma a las agencias de calificación y busca crear mayor transparencia sobre el mercado de derivados, uno de los principales causantes del colapso financiero de 2008.

El secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, dijo, tras conocer la aprobación, que la reforma contribuye a un creciente consenso internacional sobre la necesidad de endurecer las normas que rigen el negocio bancario. "Nuestro objetivo es negociar un tratado internacional que obligue a los grandes bancos a destinar mayores reservas, un colchón financiero mucho más grande para amortiguar las pérdidas", comentó.

Sin embargo, en Wall Street no parecen estar preocupados por las medidas. O por lo menos así lo demuestra el hecho de que al tiempo que se aprobaba la reforma en el Congreso, la US Securities and Exchange Comisión (SEC) -la comisión de valores estadounidense que regula las operaciones de la bolsa- impuso una multa de US$550 millones a Goldman Sachs por encontrarla culpable de engaño a sus clientes por la comercialización de valores 'tóxicos', convirtiéndose de paso en la multa más grande a una banca de inversión en la historia de ese país. Lo desconcertante de la situación es que, tras el anuncio de la sanción, las acciones de Goldman Sachs pasaron de US$140 a US$152.6, generando una valorización del banco cercana a los US$800 millones ese mismo día.

Las voces más críticas de Wall Street han señalado que a los bancos considerados en ese país como 'muy grandes para fracasar' no les preocupa pagar esas sanciones y tampoco las implicaciones de la reforma financiera, pues lo entienden como parte de sus costos, en un negocio que paga en bonos anuales a sus directivos hasta más de seis veces el valor de la multa impuesta por la SEC.

En este sentido expresó sus opiniones Robert Reich, ex secretario de Trabajo y profesor de la Universidad de California en Berkeley, al escribir en su blog: "El pueblo estadounidense continuará pagando la cuenta por los errores de los bancos más grandes de Wall Street porque la legislación no hace nada para reducir el poder económico y político de esos gigantes". En el escrito, Reich argumenta que la tan celebrada reforma no impone un límite sobre el tamaño de los bancos y no es determinante en la necesidad de separar las funciones de la banca comercial de aquellas de la banca de inversión.

Pero a pesar de las críticas al alcance de la reforma, no cabe duda de que su aprobación es un triunfo político para Obama. El Presidente logró sobreponerse a la oposición y su partido reiterará la importancia de haber logrado una de las más ambiciosas reformas al sector financiero en décadas.

Se calcula que el proceso de aprobación final de la ley tomará por lo menos dos años, tiempo en el que deberán además incluirse las normas que lleguen de Basilea relativas a la capitalización de la banca. De esta reglamentación depende en buena medida una de las novedades de la ley, que es la regulación del mercado de derivados y la obligación de que los bancos comerciales separen de su estructura los negocios en este tipo de productos.

En definitiva, la intención de Obama es limitar el tamaño y las actividades de los bancos para que no asuman tanto riesgo con el dinero de los ciudadanos. Pero la reforma, tal como quedó, sigue sin incluir un mayor control a las calificadoras de riesgo que mostraron su incapacidad para predecir los peligros de los activos tóxicos que generaron los grandes bancos en Estados Unidos.

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