| 12/12/2003 12:00:00 AM

La discusión equivocada

Sorprende que haya tomado vuelo la idea de utilizar las reservas internacionales para prepagar deuda externa. Sorprende aún más que el Banco de la República se preste para el juego.

La decisión del Banco de la República de aceptar la solicitud formulada por el presidente Uribe por intermedio de su ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, de utilizar parte de las reservas internacionales del país para el prepago de la deuda externa, es sorprendente pues está poniendo en juego su activo más preciado, su credibilidad e independencia. El tema, además, difícilmente lo amerita.

El problema que tiene Colombia es fiscal y de sostenibilidad de la deuda pública, con lo cual la solución tiene que buscarse en las fuentes donde se origina el déficit fiscal. En este sentido, la única manera de reducir el déficit fiscal y asegurar un sendero sostenible para la deuda es concentrándose en mejorar el déficit primario de la Nación, que es el déficit antes del pago de intereses de la deuda. Utilizar las reservas internacionales para prepagar deuda no ayuda en nada a reducirlo. Si las fuentes que generan el déficit no se corrigen, a la vuelta de uno o dos años se habrán perdido las reservas internacionales que se hayan destinado a prepagar deuda, porque esta será igual de grande o mayor.

Es evidente que para cualquier gobernante, y en esto el presidente Uribe no es la excepción, es preferible obtener ingresos para sus planes de gobierno sin tener que dar la discusión pública y política de cómo extraer esos recursos a la población, o cómo los va a gastar. Sin embargo, no hay que caer en la trampa de darle al Presidente los recursos que solicita bajo la falsa premisa de que todos ponen.

Precisamente, una de las grandes ventajas de tener un banco central independiente es asegurarle a la población que el gobierno no actuará de manera irresponsable a costa de sus gobernados, manipulando la política monetaria para reducir su deuda en términos reales mediante estrategias soterradas. Un artificio favorito en el pasado fue promover la inflación, que es, en últimas, el único impuesto que no es aprobado por el Congreso. Se trata, además, de un impuesto particularmente duro y regresivo que afecta en forma desproporcionada a los más pobres, quienes pierden capacidad de compra para sus salarios y no cuentan con activos que les permitan beneficiarse de las alzas en los precios. Para un país, perder la independencia del Banco es darle vía libre al gobierno para que cobre impuestos a los ciudadanos sin tener que pedir permiso ni rendirle cuentas a nadie. Infortunadamente, parece que se valoran poco los logros de la política económica de la última década.



Los números

El ejercicio contable que se hace para justificar la utilización de las reservas internacionales puede parecer lógico a primera vista. Llevado al extremo, el argumento es el siguiente: como tenemos una deuda externa de casi US$20.000 millones y unas reservas internacionales de US$10.000 millones, ¿por qué no utilizarlas y pagar la mitad de la deuda y reducir de esta forma el pago de intereses en cerca de US$800 millones por año? Para los defensores de esta posición, esto sería financieramente deseable porque la tasa de interés de la deuda es más alta que la que se recibe por la remuneración de las reservas internacionales, y además quedaría un espacio de US$800 millones para mayor gasto.

La argumentación encierra dos falacias. La primera, que el ahorro sea de US$800 millones, pues simultáneamente el país dejaría de percibir US$500 millones de rendimiento de las reservas. Si bien es cierto que el pago de intereses se reduciría, también se reducirían los ingresos del gobierno provenientes de las utilidades del Banco de la República en un monto equivalente al ingreso dejado de percibir por las reservas. El beneficio total, en el caso de la propuesta extrema en que se usan US$10.000 millones en reservas (algo físicamente imposible), se limitaría a US$300 millones.

Si el ejercicio se hace con US$500 millones de reservas y no con US$10.000 millones, el "ahorro" sería de US$15 millones. Difícilmente se podría justificar perder la independencia del Banco por US$15 millones.

La segunda falacia, que se relaciona con la confusión sobre la propiedad de las reservas, es que el país tenga reservas de sobra y que se pueda dar el lujo de malgastarlas en hacer gasto público. Las reservas internacionales son un fondo de reserva de propiedad de los colombianos cuyo único fin es asegurar la estabilidad del intercambio de bienes y recursos financieros entre residentes del país y del exterior. El gobierno no aparece en la ecuación, salvo por ser un residente más que hace intercambios con el exterior. Por ello, el país debe contar con un monto de reservas suficiente que asegure los medios de pago externos (divisas internacionales) para todos los intercambios que sean necesarios entre el país y el exterior.

Hace un par de décadas, cuando las economías eran cerradas y los flujos de capitales eran ínfimos, se decía que en reservas internacionales un país debía contar con el equivalente a por lo menos 3 meses de importaciones. A raíz de la mayor integración financiera internacional y, en especial, a raíz de las crisis de México, Asia y Rusia en la última década, este indicador se modificó para incorporar la mayor interdependencia de capitales entre países. Actualmente, se estima que el monto de reservas internacionales de un país debe ser equivalente al déficit de la cuenta corriente más las amortizaciones, tanto privadas como públicas, de deuda externa de corto y largo plazo.

Bajo el primer criterio, Colombia debería contar con US$3.750 millones en reservas internacionales. Bajo el segundo, debería tener US$12.000 millones.

Las reservas internacionales netas a finales de noviembre ascendían a US$10.400 millones, con lo cual difícilmente se podría argumentar que hay un sobrante bajo la nueva óptica.

Si bien es cierto que individualmente la decisión de usar US$500 millones de las reservas internacionales para este fin no va a hacer la gran diferencia en cuanto a la vulnerabilidad de la economía colombiana frente a choques externos en el corto plazo, la sumatoria de malas decisiones sí hace la diferencia en el largo plazo. Esto es precisamente lo que ha pasado en materia fiscal. Cada año se argumenta que $1 billón más o menos no hace la gran diferencia frente a las necesidades de financiamiento del gobierno y que, por tanto, el déficit fiscal puede ser 0,3 ó 0,5% del PIB mayor, sin que esto tenga grandes consecuencias. Sin embargo, 10 años más tarde y luego de la sumatoria de estas decisiones, el país tiene una deuda pública equivalente a más del 50% del PIB, cuando en 1995 era tan solo de 20% del PIB.

¿Por qué accedió el Banco a este juego? Una explicación podría ser que el Banco siente su independencia amenazada y no es un secreto que si la discusión sobre el manejo económico se polariza aún más, el Congreso no dudaría en revocar su independencia. Por tanto, si US$500 millones no hacen una gran diferencia, ¿por qué no seguir el juego y preservar la independencia, aunque sea a medias? Lo peligroso de este juego es que se sabe dónde comienza pero no dónde termina. Además, como afirmó Stanley Fisher en su reciente visita a Bogotá cuando se le preguntó sobre el tema, "este tipo de decisiones sí importa y tiene un impacto negativo sobre los mercados".

Colombia tiene que dejar de buscar el problema donde no está y concentrar la discusión en donde se sabe que está el problema central.
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