| 4/26/2011 9:50:00 AM

“Ensayos para un mundo perfecto”, una forma de pensar el arte en caliente

El Banco de la República abrió de nuevo un espacio para el arte joven. El Salón de Arte BBVA Nuevos Nombres Banco de la República reúne trabajos de artistas nacionales con nuevas formas de operar y ver las cosas.

Después de presentar grandes figuras del arte internacional como Andy Warhol o Man Ray, el Banco de la República abre nuevamente un espacio para el arte joven, esta vez uniendo esfuerzos con el BBVA en un programa conjunto denominado Salón de Arte BBVA Nuevos Nombres Banco de la República.

 

“Ensayos para un mundo perfecto”, reúne así la obra de 43 artistas colombianos que como nuevas promesas nos demuestran que bien vale la pena mirar la producción nacional y pensar otra vez el arte en caliente. Y no es que exposiciones como las de Andy Warhol o Man Ray aporten poco al medio, al contrario, bien vale la pena tener acceso a grandes obras como las serigrafías de Jackie Kennedy, Marilyn Monroe o los screen test que hizo Warhol de personajes polémicos como Edie Sedgwick, e incluso a las reconocidas latas de Sopas Campbell, aún más, a las fotografías surrealistas de Man Ray, sus rayogramas y maravillosas reproducciones de Breton, Paul Eluard, Dalí y Kiki de Montparnasse, obras que tuvimos la posibilidad de ver en “nuestra propia casa”. Sin embargo, y a lo que me refiero, es a que ya nos hacía falta ver en un espacio como el del Banco de la República, qué ha pasado con la producción nacional y qué procesos de pensamiento vienen adelantando los jóvenes artistas hoy.

 

Curada por Carlos Betancourt, esta muestra se estructura a partir de la idea del “fracaso”, no como un juicio de valor entre el éxito y la frustración, sino más bien como un proceso implícito en el trabajo artístico, aquel que se fundamenta a partir de un continuo proceso de prueba y error. Una forma de conocimiento que desde el arte tiene lugar en un espacio de múltiples operaciones productivas. Así bien, como ejes temáticos, las repeticiones, la extinción/ilusión, las paradojas, la prueba y error, el arte del fracaso, la nostalgia y el accidente, son los componentes a través de los que Betancourt dirige su curaduría, un proceso, como el mismo lo denomina, de trabajo inverso, si tenemos en cuenta que la selección para este proyecto no partió de un tema a priori, sino de una convocatoria abierta y de un cuidadoso ejercicio de selección de portafolios y de “escucha flotante” en los talleres de los artistas.

 

En primera instancia y aludiendo a la repetición, aquel acto paradójico que sucede una y otra vez, en la exposición pueden verse obras como la serie trampaparamonumentos (2010) de Violeta Ospina, en la que a partir de una serie de videos Ospina recrea el movimiento inútil o la acción absurda de una persona que en la noche intenta mover las esculturas de la calle veintiséis. Girar las aspas de un gran aparataje, escalar un monumento cóncavo, empujar o halar inútilmente una estructura de grandes dimensiones. Esta suerte de acciones urbanas no sólo tiene que ver con el desplazamiento de las esculturas, el juego o la imposibilidad, sino con otra forma de pensar el arte, de sacarlo de sí, de reinterpretarlo y bajarlo de los pedestales en los que se le suele poner.

 

Andrés Felipe Uribe por su parte, expone tres libros de contabilidad que diligenciados con infinidad de rayas a tinta negra nos remiten al trabajo de cualquier funcionario público. Con ellos, se proyecta un video en el que el artista sentado frente a un escritorio de madera compone estas interminables planas. Así mismo, en la pared nos encontramos con pequeñas hojas de cuaderno escritas con los textos: nada fácil, nada atractivo, nada complejo, nada material, nada existente, nada legible, nada aparente, nada factible, nada permanente, nada formal, nada erróneo, nada visible. Esta obra se refiere a la repetición que no conduce a nada, también, a la serialidad que como repetición obsesiva nos recuerda quizás los dramas de la cotidianidad y el automatismo al que nos somete la sociedad día a día.

 

El segundo apartado de la muestra, que tiene que ver con la extinción y la ilusión, se ilustra a través de obras que como la de Ana María Villate, dan cuenta de lo efímero y lo fugaz. Y vivieron felices por siempre, reúne así seis fotografías en las que un par de zapatillas de tacón esculpidas en hielo se derriten progresivamente hasta desaparecer. Esta obra que parte de una reflexión en relación con los cuentos de hadas como activadores de la performatividad femenina, se refiere a las costumbres culturales que definen el rol de la mujer en la sociedad: la fiesta de quince años como ritual de iniciación, el matrimonio, el embarazo, el divorcio… Villate nos plantea entonces la metáfora de la mujer que se deja atrapar por lo que el medio le “exige”, y con ello, la artista evidencia la innegable fragilidad de las relaciones humanas.

 

Las paradojas y el eterno retorno se hacen visibles en la exposición con obras como Legión (2011) de Carlos Castro, y el video Acción de repetición (2009) de la Virgen del Milagro Producciones. En el primer caso, Castro ha fabricado una caja musical con cuchillos de incautación, aparato que toca una melodía triunfal romana del siglo primero, y en el segundo, La Virgen del Milagro Producciones, colectivo de la ciudad de Tunja, se vale del humor y la ironía en un video a blanco y negro en el que un personaje vestido de “everfit” - saco de paño y corbata - camina compulsivamente por las calles de Tunja, mientras la ciudad a su paso, corre en sentido opuesto. Los carros, las personas y la arquitectura enrarecida, develan en el video las aparentes contradicciones entre un tiempo y un espacio que antagónicos, se presentan para develar las fisuras de la sociedad.

 

La nostalgia, como otro de los estados del fracaso planteados por Betancourt, nos lleva a la obra de Natalia Castañeda quien en Recuerdos futuros (2010) presenta un elemento vertical que semejante a los menhires, piedras dispuestas en el paisaje de forma vertical, señaliza el territorio. Si bien, el levantamiento de un menhir representó desde el neolítico, la primera transformación física del paisaje de un estado natural a un estado artificial, será éste también el primer objeto abstracto y vivo a partir del que se desarrollará posteriormente no sólo la arquitectura sino la escultura. En este sentido, y en una escenografía zen donde las placas de yeso se levantan frente al espectador como superficies dibujadas que se revelan por la insistencia del trazo, Castañeda, cuya obra oscila entre simples dibujos o esculturas dibujadas, enfrenta al espectador nuevamente con esa idea romántica que caracteriza al paisaje.

 

Alejandra Rincón por su parte expone Flotantes (2011), un video que recrea la travesía melancólica de un barco en la Patagonia. Viajando desde Puerto Natales hasta Puerto Montt, la artista documenta el estado melancólico y nostálgico de los viajeros, mientras atrapa en el lente algunos espacios y condiciones imperceptibles de la embarcación, como la luz, el movimiento de las olas, el vacío, el silencio, o el constante sonido de los motores. El tiempo y el movimiento junto a las acciones mínimas, son en la obra de Rincón leitmotiv que vale la pena mirar con detenimiento. Así pues, y como lo afirma ella, este viaje es cualquier viaje, no es físico, no es geográfico y no tiene límites.

 

Aludiendo al ensayo y al error, otro de los apartados de la muestra, inevitablemente se me ocurre citar a Maturana cuando alguna vez dijo “perder es ganar un poco”. Evidentemente, los actos fallidos nos llevan a explorar nuevos caminos y a encontrar otras alternativas viables. Al respecto, obras como las de Esteban Peña quien esta vez recrea el taller del artista, evidencian los procesos de pensamiento y ejecución que conlleva una obra de arte y ponen en entredicho nociones como la del “gran arte” y la “obra maestra”. Es así como, en este aparataje reconstruido por el artista y que involucra bocetos, pruebas de color, materiales, imágenes fotográficas, entre otros, también se incluyen dos pinturas de grandes dimensiones que hacen parte de la serie Álbum de familia del proyecto CROMA (2010). Ambas, reproducen a partir de infinidad de puntos de color (cian, magenta, amarillo y negro) goteados sobre el lienzo, la imagen de un niño quien sentado en una escalera lee una caricatura de Tarzán. En una de las pinturas, el volumen de una superficie no ha sido el adecuado y se ha echado a perder, en la otra, por el contrario, la obra se ha terminado satisfactoriamente. ¿Es el fracaso una prueba o parte del proceso artístico?

 

En el ámbito del accidente y la tragedia, no puedo dejar de mencionar la obra de Andrea Acosta, Sketches for found sculptures (2010-2011) en la que la artista, máster en arte público de la Universidad de Weimar (Alemania), recrea hechos o accidentes urbanos a través del dibujo. Así, sobre una mesa de proyectos aparece en primera instancia la foto de un hecho urbano, y abajo, dibujada, la ficción que lo produjo: un montón de arena sobre el pasto (foto), y el bulto que desde el aire la tiró allí (dibujo); un hueco en el pavimento (foto) y el taladró que lo causó; una reja despedazada (foto) y el objeto que le ha caído encima (dibujo). Repitiendo el ejercicio una y otra vez, la artista ha encontrado en el andar esta suerte de ficciones urbanas. Esculturas, que capturadas en el papel dan cuenta de un artista que renuncia a cualquier objetivo o meta fijado de antemano y se abandona a las solicitudes del terreno, a la deriva y a los encuentros casuales que hay a su paso por las calles.

 

En mi paso fugaz y casi neurótico por este artículo, no quiero dejar por fuera obras que bien vale la pena mencionar. Tal es el caso de AguaCero (2010) de Oscar Leone, artista nacido en Ariguaní (Magdalena), quien registra en video la acción performática en la que un hombre de espaldas y sin camisa, aparentemente levita sobre las aguas de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Pasados algunos segundos, el hombre cae al agua sacudido por un impacto que no podemos ver. La angustia que contiene la escena, nos remite entonces a una idea de violencia y dolor, aquella misma que sacudió la zona y a sus pescadores en el año 2000 tras el asalto paramilitar.

 

Finalmente, hago referencia a obras que enmarcadas en el estadio del arte del fracaso, se muestran en estados transitorios e indefinidos. Tal es el caso de la obra de Alejandro Mancera, cría fama y te sacarán los ojos, en la que el artista ha decidido burlarse del concepto “fama” otorgándole connotaciones ambiguas. De allí que haya mandado imprimir cierto número de banderines rojos con una cabeza de ganado dispuesta en el centro y un grabado con la leyenda “gana fama”. Adicionalmente y para cerrar este breve recuento de la exposición, menciono la obra Sombrilla rota (2010) de Adriana Salazar, en la que un paraguas desmembrado e inservible se cierra y abre infructuosamente por la acción del viento, así mismo, no quisiera dejar por fuera su serie de dibujos sobre máquinas inventadas como son la máquina que masca chicle, la máquina que transpira, la máquina que rasga papel y la máquina que rompe platos. Kevin Mancera, por su parte, en Todo tiene su final, a partir de sus dibujos sobre “fracasados”, nos recuerda que bueno o malo el fracaso es parte de la condición humana.

 

Para terminar, solo puedo decir que después de visitar muestras como esta, no cabe duda que el arte colombiano tiene mucho que ofrecer, y que los artistas jóvenes con sus nuevas formas de operar y ver las cosas, definitivamente están pensando el arte en caliente. Insertándolo en un contexto social, político y económico, que cercano a lo que somos fundamenta su sentido y le abre el panorama a un espectador que quiere ver, oír y sentir, esta vez, en espacios de reflexión y debate.

 

Luego de su paso por la Casa Republicana de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, donde estará expuesta hasta el 2 de mayo, la exposición “Ensayos para un mundo perfecto”, itinerará por las Áreas Culturales del Banco de la República de Medellín, Cali, Pereira, Bucaramanga y Cartagena.






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