El momento de la verdad

| 12/7/2001 12:00:00 AM

El momento de la verdad

La salida de Jorge Cárdenas de la Federación de Cafeteros debería abrir paso para que Colombia asuma la verdadera condición de su caficultura. Por más que queramos, no volverá la abundancia.

Es fácil reducir el impacto de la renuncia de Jorge Cárdenas Gutiérrez, luego de 18 años al frente de la gerencia general de la Federación Nacional de Cafeteros, a sus aspectos más telenovelescos, como el conflicto entre Cárdenas y el Presidente de la República, o las entretelas de la sucesión. Sin embargo, con la salida del gerente no se acaban los problemas de la Federación. El tema más difícil para los colombianos viene ahora, cuando tendremos que asimilar el hecho de que nuestra caficultura ha vuelto al sitio donde empezó. El café solo puede aspirar a ser hoy, como lo era en sus inicios hace un siglo, un cultivo que soporta el sostenimiento de las familias y permite crear tejido social en regiones vitales para el país. Ya no es un mecanismo de acumulación ni puede soportar toda una estructura administrativa diseñada para la abundancia. El problema no se reduce a cambiar el gerente de la Federación de Cafeteros, pues tenemos que renovar todo un modelo mental.



Si la salida de Jorge Cárdenas representa o no el fin de una era, es algo que está por verse. A Cárdenas le tocó manejar la fase final del auge de la acumulación cafetera y desde 1989, cuando terminó el pacto de cuotas, dedicó todos sus esfuerzos a salvar el modelo. Sus convicciones más profundas siempre le indicaron que esta es la mejor manera de preservar el bienestar de los caficultores y de la zona cafetera, objetivo que fue su prioridad y al cual dedicó todo su empeño. Sin embargo, sus esfuerzos resultaron infructuosos y Colombia es hoy el único productor del mundo que mantiene una caficultura administrada, como en los tiempos de abundancia. Más allá de la salida de Cárdenas, las decisiones grandes vienen ahora, cuando está en juego la viabilidad del sector y la supervivencia misma de una zona que no ha podido desarrollar nada diferente al café para su sustento.



El hábito de la abundancia



Para entender el momento actual, es necesario volver la mirada atrás. La agonía de la caficultura administrada ha sido extraordinariamente larga en Colombia, debido al intenso vínculo que se mantuvo durante décadas entre café, riqueza y política en el país. Los años del pacto de cuotas entre productores y consumidores fueron de gran esplendor y Colombia fue, junto con Brasil, líder de la diplomacia cafetera mundial. El diferencial entre el costo de producción y el precio de venta era tan grande que permitió una gran acumulación. Esta fue utilizada en el desarrollo económico y social de la zona y también en la construcción de un conglomerado. El gerente de la Federación era la segunda persona más importante del país, después del Presidente de la República. Pero como toda época de esplendor, la del café también llegó a su fin. Se vino abajo en el momento en que se rompió el esquema de cuotas y a Colombia le tocó salir al mercado a competir. En el nuevo mundo, Colombia no solo compite con calidad, sino que debe hacerlo con precio y cantidad, como todos los demás.



Cárdenas Gutiérrez llegó a la gerencia de la Federación en 1983, cuando esta se encontraba en pleno auge. Los primeros años de su gestión transcurrieron sin grandes sobresaltos y dentro de la mayor cordialidad con los gobiernos de turno. Las cosas, sin embargo, cambiaron drásticamente a partir de julio de 1989, cuando no hubo acuerdo entre productores y consumidores para seguir manteniendo el esquema de cuotas y se terminaron las cláusulas económicas del Acuerdo Internacional del Café. Cárdenas, un convencido de la diplomacia cafetera que había sido tan efectiva durante décadas, creyó siempre en la posibilidad de una reanudación del pacto y dedicó la segunda parte de su gestión a sacar adelante este empeño. Para él, el pacto era una condición necesaria para preservar las condiciones sociales de la zona cafetera.



El quiebre



En los años que siguieron al rompimiento del pacto, el país logró mantener el ingreso del café gracias a un volumen de exportaciones muy superior al de los años anteriores. De 11,8 millones de sacos vendidos al exterior en 1988 se pasó a 16,1 millones en el 92. Colombia fue el único país del mundo donde no se desmontaron las instituciones cafeteras y donde el productor siguió recibiendo un precio por carga de café superior al que permitían las condiciones del mercado. Todo esto se hizo con cargo al Fondo Nacional del Café y a costa de su descapitalización. Ante la falta de recursos y las múltiples obligaciones, la Federación, como administradora del FNC, no tuvo más remedio que endeudarse y poner a la venta las empresas del grupo.



Entretanto, el mundo internacional del café se transformó. No solo surgieron nuevos productores a menor precio, sino que la propiedad de los grandes tostadores del mundo se concentró. El café pasó de ser un mercado de vendedores a uno de compradores. Por otro lado, frente a la imposibilidad de llegar a un nuevo pacto de cuotas, Cárdenas lideró la constitución de la Asociación de Países Productores de Café, APPC, para retener oferta y aumentar los precios en el mercado internacional. Pese a los esfuerzos, los acuerdos que se hicieron en esta asociación resultaron poco exitosos. La reducción del precio internacional del café dejó de ser una fase de un ciclo para convertirse en una tendencia secular y, ante la falta de recursos del fondo, fue necesario desmontar el precio de sustentación en el año 2000. Esto afectó el ingreso cafetero, el cual de todas maneras se había reducido como consecuencia de la disminución de la cosecha de ese año.



La crisis se agudizó cuando el gremio tuvo que recurrir al gobierno en busca de apoyo para evitar el colapso del ingreso cafetero en el año 2001. Esto representaba un giro en la política cafetera, ya que la ayuda tendría que venir de recursos públicos con un alto costo fiscal. Ya no se trataba de la clásica "plata de los cafeteros para los cafeteros", sino de los contribuyentes para los cafeteros y esto lo debían saber los productores. El gremio logró un compromiso del gobierno hasta diciembre del 2002. En el intervalo, los cafeteros, el gobierno y el país deberán ponerse de acuerdo sobre el futuro de la caficultura, en un escenario en el cual las decisiones del gobierno tienen la mayor influencia en décadas. Esto fue lo que llevó al presidente Pastrana a nombrar la Comisión de Evaluación sobre el Futuro del Café.



Esta Comisión tiene la enorme responsabilidad de hablarle claro al país. No se trata de evaluar las finanzas del Fondo o de la Federación, sobre lo cual ya hay suficientes diagnósticos, sino de encontrar una salida que garantice la viabilidad del sector cafetero. El debate gira entre la visión ortodoxa, de acabar con un sector que ya no es competitivo; la paternalista, que exige mantenerlo a punta de subsidios; y la más heterodoxa que pide ajustar el sector a su realidad, aceptando que hoy es poco más que un cultivo de subsistencia. No es un sector válido como mecanismo de acumulación, sino como base para sostener una estructura social que ya existe y cuya destrucción resultaría extraordinariamente costosa para el país.
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