| 2/20/2004 12:00:00 AM

El dólar puede caer más

Para algunos, el dólar ha caído demasiado. Para otros, aún debe bajar más. Todo indica que estos últimos tienen la razón y que esta será la tendencia hacia el futuro.

El dólar es sin duda la moneda dominante y de reserva del mundo. ¿Debería entonces el mundo estar preocupado con la reciente caída de su valor frente a otras monedas? La respuesta es sí, pues nadie puede ignorar el traumatismo que ha generado sobre las economías de los países afectados, una devaluación del dólar de 33% frente al euro y de 15% frente al yen, desde junio de 2001.

De hecho, antes de la reunión del G-7 en Boca Ratón, Florida, el pasado 6 y 7 de febrero, se pensaba que los dirigentes de los países integrantes de este grupo decidirían actuar conjuntamente para evitar que el dólar siguiera devaluándose. No obstante, la reunión tuvo lugar como estaba previsto y, con respecto al tema, de ella solo salió un escueto comunicado que afirmaba que los países y las zonas económicas debían flexibilizar sus monedas para promover un ajuste generalizado y suave en el sistema financiero internacional, con base en los mecanismos de mercado.

Este mensaje, que al parecer no decía nada, estaba dirigido a todos y a ninguno. Cada uno debía interpretarlo a su manera. Y eso sucedió.



Por que cae el dolar

La devaluación del dólar no es fortuita. Detrás de ella está el enorme déficit de cuenta corriente de Estados Unidos, cuyo valor asciende hoy a 5% del PIB, cuando debería estar como máximo alrededor de 2,5%. La magnitud del déficit refleja la falta de ahorro interno, tanto público como privado, apenas 1,3% del PIB, y la necesidad de Estados Unidos de recurrir al ahorro externo para poder mantener los niveles de consumo y gasto a los que está acostumbrado.

En este sentido, para corregir este desequilibrio, insostenible en el tiempo, se requiere que el gobierno de este país reduzca el déficit fiscal y que la población baje sus consumos o, en su defecto, que la moneda se devalúe hasta donde sea necesario para producir el ajuste. Es la única forma de estabilizar la relación de deuda externa sobre PIB que ha aumentado exageradamente en los últimos años.

Incluso, de no ser porque Japón y los países asiáticos no tienen ningún interés en este momento en que el dólar se siga devaluando y, por tanto, están dispuestos a seguir financiando el déficit del gobierno mediante compras masivas de dólares en sus mercados cambiarios, la caída de esta moneda ya habría sido mayor. Es decir, el problema no es cuánto ha caído el dólar sino que, a pesar de su caída, siga siendo muy fuerte.

Por lo general, cuando el déficit fiscal de un gobierno aumenta tanto -como lo hizo el de Estados Unidos (de un superávit de 2,6% del PIB en 2000 a un déficit de 4,6% este año) y su moneda está perdiendo valor-, los inversionistas de bonos soberanos demandan rendimientos más altos para compensar el aumento en el riesgo. Esto sirve de alerta para los gobiernos y los lleva a endeudarse menos. Este, sin embargo, no es el caso para Estados Unidos, al menos por ahora.

Los gobiernos asiáticos están devorando los bonos del Tesoro estadounidense a cambio de un bajísimo rendimiento, lo cual no solo permite mantener las tasas de interés artificialmente bajas, sino que le sirve a Bush de argumento para afirmar que el déficit fiscal no está perjudicando la economía. Un argumento muy apropiado para un presidente en campaña y que, por tanto, no está dispuesto a asumir el costo político que implica reducir el déficit.



El juego de Asia

Los gobiernos asiáticos compran bonos del Tesoro de Estados Unidos, esencialmente, para asegurar que los estadounidenses sigan consumiendo productos asiáticos. Ninguno de ellos está dispuesto a dejar de intervenir en sus mercados cambiarios pues se expondrían a la apreciación de su moneda y a una caída de su economía en la medida en que caigan sus exportaciones. Por ahora, parecen estar muy satisfechos con esta decisión.

Japón, por su parte, tampoco está interesado en que su moneda se siga apreciando frente al dólar. Está luchando contra la deflación y está tratando de afianzar la recuperación de la economía que por fin se está dando. Después de haber intervenido en el mercado cambiario en 2003 con compras por US$175 millones, el ministro de finanzas de Japón gastó en enero de este año US$68.000 millones para evitar que el yen siguiera apreciándose frente al dólar. Esta es la cifra más alta que se ha gastado en una intervención bancaria en un solo mes.

Pero aquí no para la cosa. Para 2004, el ministro le solicitó al Congreso permiso para intervenir hasta por US$580.000 millones con el fin de detener la revaluación del yen. El Banco tiene reservas internacionales por US$742.000 millones, también una de las más altas, de país alguno, en la historia. A pesar de la constante intervención, el yen ya está en 105,2/dólar y lo más probable es que termine el año alrededor de 101/dólar.



Europa exagera

De otro lado, Jean Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, se siente muy molesto con la actitud asumida por los países asiáticos. Desde enero de 2002, el euro se ha revaluado frente al dólar el doble de lo que lo ha hecho frente al yen, en tanto que el yuan de China, al estar firmemente atado al dólar, no se ha movido.

Trichet tiene razón, en parte, pues un euro fortalecido se convierte en una amenaza para las debilitadas economías europeas. No obstante, también podría reducir las tasas de interés y alejaría los capitales de esta región, lo que a su vez impulsaría la demanda interna que está bastante deprimida. Sin embargo, no está dispuesto a hacerlo a menos que sea absolutamente indispensable pues una reducción de los intereses podría afectar la inflación.

Europa exagera el efecto de la devaluación del dólar sobre sus economías. Hasta ahora, el dólar ha caído solamente 15% en relación con la canasta de monedas de los países con que Estados Unidos comercia. Cuando se ajusta por inflación, su valor es todavía cercano al promedio de los últimos 30 años. Por esto, el Banco Central Europeo no se ha movido.



Bush se regocija

Estados Unidos es el gran beneficiado con lo que está sucediendo y, por tanto, no tiene ningún interés en intervenir para evitar que el dólar se siga devaluando y mucho menos si esto se da sin costo sobre las tasas de interés. De acuerdo con algunos analistas, el debilitamiento del dólar es el "negocio del siglo" para este país. De hecho, hay consenso en el gobierno sobre lo conveniente que sería otro 15% de devaluación, sin importar a quién perjudique.

El menor valor del tipo de cambio ya está aumentando las exportaciones y las utilidades de las empresas. El volumen de exportaciones aumentó 19% en el cuarto trimestre de 2003, en tanto que las importaciones lo hicieron en 11%. Al volver más competitivos a los productores estadounidenses, un dólar más débil debería generar más empleos antes de la reelección presidencial de noviembre.

Mejor aún, no hay ningún peligro inminente de que la inflación aumente. Aún hay capacidad instalada ociosa y la inflación está baja. Los exportadores extranjeros fijan sus precios en dólares y con la competencia existente ninguno de ellos se atreve a ajustarlos. En su lugar, las empresas europeas han ajustado sus márgenes para no perder mercado, al punto de que hoy, por ejemplo, los carros alemanes son un 30% menos costosos en Estados Unidos que en Europa.



Donde para el juego

Esta situación no puede durar para siempre. Más pronto que tarde, los bancos centrales de Asia se van a dar cuenta de que tienen demasiados papeles de alto riesgo y bajo rendimiento. Si esto sucediera y dejaran de comprar bonos del Tesoro, el dólar se derrumbaría y las tasas de interés tendrían que subir para tratar de retener a los inversionistas.

Si los mercados financieros explotan por cuenta del enorme déficit de cuenta corriente de Estados Unidos, todos tendrán la culpa. Japón ya está creciendo y puede aguantar una moneda más fuerte. China también y le serviría para enfriar un poco la economía. Los europeos podrían reducir los intereses para estimular la demanda y contribuir así al crecimiento global.

Finalmente, Estados Unidos debe hacer la tarea de reducir los déficits gemelos. Los estímulos tributarios se justificaban cuando la economía estadounidense estaba a un paso de una profunda depresión en 2001, pero ahora que está boyante, es indispensable que recorte el gasto.
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