| 4/5/2013 10:00:00 AM

Carranza hablaba de paz con la boca de su fusil…

Hace 26 años, cuando las bandas armadas que se peleaban a muerte por el control de las minas de esmeralda de Muzo firmaron un pacto de paz, Víctor Carraza inició lo que él mismo denominó un programa formalización del sector del comercio de las gemas.

En aquella época propuso educar a los guaqueros que se habían tomado el sector de la Avenida Jiménez en Bogotá y que solían zanjar a tiros sus diferencias sobre precios de la piedra preciosa o los incumplimientos en los negocios. Habló incluso de crear un Instituto tecnológico en donde ellos pudieran aprender a hacer de la explotación de las vetas del occidente de Boyacá una industria sostenible.

Carranza nunca aceptó su responsabilidad en la muerte de ninguna de las más de 400 personas que murieron en desarrollo de la guerra entre facciones de esmeralderos que más tarde se convertirían en un caldo de cultivo para el surgimiento de grupos paramilitares.

Ni antes ni después de que el sacerdote Héctor Gutiérrez Pabón consiguiera, con su mediación la firma de un acuerdo para detener el baño de sangre en las minas, la justicia logró construir un expedientes con las pruebas suficientes contra Carranza, a pesar de que era un secreto a voces de su condición de amo y señor de un negocio que ayudó a incubar la cultura mafiosa en Colombia.

“Soy un hombre de paz”, dijo Carranza en febrero de 1992 mientras estuvo confinado temporalmente en la sede de la Dirección de Policía Judicial, que entonces ocupaba una pequeña edificación en el barrio San Antonio, en el sur de Bogotá. No obstante, el día que fue puesto en libertad lo recogieron a las puertas de esa unidad hombres que iban en carros blindados, que ocultaban mal las boquillas de sus fusiles y los soportes de sus lanzagranadas.

“Enemigos no le faltan a uno y entonces hay que cuidarse”, respondía Carranza cuando alguien le hacía ver el contrasentido. Y en ese momento sí que tenía de quien cuidarse. Gonzalo Rodriguez Gacha (el Mexicano) iniciaba una avanzada hacia la zona esmeraldera porque quería hacer de la explotación de las minas una línea de “diversificación” del negocio de la cocaína en el que se basaba la economía del cartel de Medellín.

Antes lo había intentado, igualmente sin éxito, Henry de Jesús Pérez, uno de los promotores de los grupos paramilitares en el Magdalena Medio que más tarde sería asesinado por no plegarse a los intereses de Rodríguez Gacha.

Cuando a finales de los 90 Carranza expandió su dominio hacia los Llanos Orientales, donde se hizo, mediante métodos nada ortodoxos, a más un millón de hectáreas de tierra, tuvo que confrontar otros poderes siniestros. Uno de ellos, el encarnado por Pedro Oliverio Guerrero, alias ‘Cuchillo’.

El “hombre de paz” había organizado un ejercito privado conocido como los carranceros, que se encargó de librarlo de sus enemigos y que lo sacó con vida de más de una emboscada en la que sus enemigos usaron propias de una guerra regular.

Nadie ha podido cuantificar su fortuna y mucho menos atacarla. Fiscales que hacen parte de unidades con rimbombantes denominaciones (extinción de dominio y lucha contra el lavado de activos) logró intervenirle uno solo de sus bienes.

Tampoco los medios de comunicación, con su poder fiscalizador, se atrevieron a cuestionarlo abiertamente. Incluso al anunciar su réquiem seguían llamando “el empresario de las esmeraldas”.
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