Opinión

  • | 2011/10/08 18:00

    Steve Jobs y el ocaso de los expertos

    Con el Apple II, Steve Jobs nos liberó del centro de cómputo y universalizó la informática. Con el Mac lanzó la interfaz de usuario que llevaría a Windows y con Hypercard* la que se adoptaría para Internet. Opinión de Maurico Rubio.

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Estos tres elementos, cambiaron el mundo de los computadores. Pero el revolcón se extenderá a varias disciplinas, a los negocios y a la política pública.

Hay un texto en la red con una metáfora poderosa, la Catedral y el Bazar, sobre las estrategias para desarrollar software: Top-Down (TD) y Bottom-Up (BU). El TD arranca con una visión global, con énfasis en la planificación, buscando conocimiento completo y a priori del sistema. Bajo la responsabilidad de un sínodo de expertos aislados de los usuarios se desarrolla, lenta y acartonadamente, un programa estructurado.

La aproximación BU es más informal. Hace énfasis en la codificación rápida de pequeños segmentos y prototipos tempranos. Nadie previó que un sistema operacional confiable pudiera resultar del trabajo aficionado y a tiempo parcial de miles de programadores conectados por Internet. Fue en el ambiente facilitado por Jobs que a principios de los 90 Linus Torvalds lanzó Linux y cambió por completo las reglas del juego. Introdujo libertades opuestas a la filosofía imperante, permitiendo la modificación, copia, redistribución y uso libres de los programas.

El principio básico del Linux, como el de Wikipedia, es “con un número suficiente de ojos, cualquier error es irrelevante”. Antes, los ensayos y pruebas eran vistos como perjudiciales. Las versiones iniciales defectuosas no se exponían a la crítica de los usuarios. Se buscaba un programa sin errores. Era como construir una catedral en secreto. El desarrollo abierto de Linux es lo contrario. Se lanzan pruebas seguidas, con una innovación fundamental: tratar a los usuarios como colaboradores para corregir los pequeños pero innumerables errores de los programas. “Alguien encuentra un problema y alguien más lo resuelve”. Esto sólo fue posible gracias al uso masivo de los computadores, a Internet y a la progresiva eliminación de la frontera entre programador y usuario. Apple fue definitivo en la cría de esos cuervos.

En la actitud hacia los errores radica la diferencia crucial entre el enfoque catedral y el bazar. Para los cardenales, se trata de asuntos “insidiosos, profundos y retorcidos”. Por esa razón hay poca disposición a reconocerlos. En el bazar, por el contrario, los errores se admiten y son bienvenidos. Se toman como cuestiones leves e intrascendentales que sirven para avanzar siempre que estén al alcance de un gran número de usuarios para detectarlos y de muchos programadores para corregirlos.

La relevancia del modelo de la catedral y el bazar va más allá de la informática. En los negocios, en la política pública, en el derecho, también ha sido crucial el debate entre el enfoque TD promovido por los expertos, lejanos, misteriosos, planificadores, deductivos, con ideas muy claras y en el otro extremo, la aproximación BU, descentralizada, artesanal, local, intuitiva, inductiva, observadora, modesta, astuta, que se alía con usuarios o clientes, y que no pretende cambiar el mundo sino arreglar problemas concretos. Los primeros son herméticos a la crítica y los segundos están siempre dispuestos a oir sugerencias y corregir errores. Gracias a Steve Jobs, el TD perderá terreno frente al BU. En muchas áreas, el experto es ya una especie en extinción, desplazado por el conocimiento que llega desde las bases.

Sería un desacierto asimilar el bazar informático a un total laissez faire. Al contrario, hay una instancia coordinadora. Jobs ayudó a hacer invisible esa mano. Tampoco es el estado de la naturaleza. Se requirió de alguien dedicado obsesivamente a desarrollar esa monumental tecnología que nos permitió, al resto de nosotros, usar computadores y teléfonos y tabletas para comunicarnos con el mundo sin darnos cuenta, y sin intermediarios que nos digan cómo hacerlo.

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