Opinión

  • | 2007/09/21 00:00

    Sarkozy y el futuro del Estado social francés

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Finalmente sucedió. Lo anunció así el Financial Times, el día 19 de septiembre: “Este martes, Nicolas Sarkozy prometió una reforma profunda del Estado benefactor francés, con el argumento de que este no es sostenible ni equitativo, y además desincentiva el trabajo”. Para esto fue elegido Sarkozy. El electorado francés sabía muy bien que su modelo de Estado social y benefactor necesita reformas significativas. Es más, dicho electorado desea esas reformas, porque es la única manera de salvar su modelo de sociedad. Según muestran recientes encuestas de opinión, hay un apoyo público significativo al proyecto de Sarkozy.

Al defender sus reformas, Sarkozy habla insistentemente de tres conceptos que, cualquiera pensaría, son obvios y no hay que repetirlos: el mérito, el trabajo y la igualdad de oportunidades. En Francia, los excesos del modelo benefactor han causado incluso que se ponga en duda el valor de principios tan fundamentales.

De acuerdo con los informes de prensa, las reformas de Sarkozy se concentrarán en los aspectos de la economía que más se alejan de los tres principios ya citados. El primero y más importante serán las pensiones del sector público, en las cuales existen gigantescos privilegios que no tienen ninguna justificación, y que son asumidos por todos los contribuyentes. Esto crea una odiosa situación de desigualdad: esa misma sociedad que hizo una revolución porque, entre otras cosas, los nobles no pagaban impuestos, ha creado ahora una clase parasitaria que no brinda a la comunidad la plenitud de su potencial de trabajo, pero sí extrae de ella abundantes rentas.

Otros aspectos de las reformas serán la jornada laboral, y los auxilios de desempleo. Es muy importante que en una sociedad, sobre todo en una que pueda permitírselo, existan estas ayudas para los desempleados, pero hay que cuidar que ellas no se conviertan en un incentivo para no trabajar. Las reformas de Sarkozy, aparentemente, introducirán criterios que podrían llevar a un desempleado a perder este auxilio, por ejemplo negarse a aceptar dos ofertas de empleo.

No costará mucho al lector imaginarse que la reacción de los sindicatos ha sido, como suele ser en muchas partes, de oposición automática e irracional. Siguen apegados a esa mentalidad de defensa cerrada de sus privilegios, sin consideración alguna por el hecho de que todo el resto de la sociedad tiene que pagarlos. En esta ocasión, será muy interesante observar de qué manera reacciona la opinión pública ante la oposición sindical: en 1995, una propuesta de reformas relativamente similar tuvo tan mala recepción, que echó a pique el gobierno de Alain Juppé. Pero Sarkozy tiene, además de las encuestas, indicios que le permiten sentirse optimista. El primero es que hay muchos signos de que el ciudadano común en Francia está cansado del excesivo activismo sindical, manifestado en frecuentes marchas que dificultan la vida urbana, y que se convocan por cualquier cosa.

Todo esto puede arrojar lecciones muy importantes sobre la manera de construir un Estado moderno, el cual pueda realizar tareas de bienestar de manera razonable. Una primera lección es que las funciones sociales del Estado no pueden ejercerse a costa de la igualdad, mediante el establecimiento de privilegios de los cuales disfrutan unos pocos pero son costeados por los demás. En segundo lugar, el Estado debe ser sostenible; sólo en el mundo de los sueños existen las políticas y los esquemas de beneficencia que no pueden financiarse. En tercer lugar, la experiencia francesa nos muestra que las políticas de bienestar son muy vulnerables a sus propias debilidades, como la tendencia a otorgar beneficios que no son sostenibles, o la de terminar incentivando la pereza. Siempre hay que estar listo para hacer reformas.

Pero el legado más importante que nos debe dejar el estudio de este tema es una visión realista del Estado. Muchas personas, incluso muy educadas, siguen viendo al Estado como una fuente ilimitada de riqueza, recursos y posibilidades; un dios omnipotente y omnisciente. Ante cualquier problema social, postulan que lo debe solucionar el Estado, y parecen creer que del Estado brotan ríos de leche y miel. La realidad es que el Estado, cualquiera que sea el modelo de organización que se elija, tiene limitaciones, y sobre todo, tiene que ser financiado por la economía. Por tanto, lo que más conviene a la idea de un Estado activo es una economía que genere riqueza de manera muy vigorosa.

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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