Opinión

  • | 2011/05/05 20:50

    Profesor o pedagogo ¿Cómo educar para la prosperidad?

    Se acerca del día del profesor y me pregunto ¿Cuál es el concepto que la sociedad quiere celebrar? ¿Cuáles son las responsabilidades que deberíamos asumir para ameritar tal celebración? La opinión de Sergio A. Castrillón, profesor del departamento de Negocios Internacionales, Universidad Eafit.

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Profesor se define como aquel quién profesa o declara algo, es decir quién tiene la capacidad de declarar o de pronunciarse, incluso de manera normativa acerca de su especialidad. Ciertamente los profesores universitarios constituyen una contribución positiva para cualquier sociedad, pero hay que reconocer que hay otras obligaciones más profundas que no podemos evadir.

A los profesores nos toca repensar nuestro papel, fundamentalmente porque nuestro quehacer no siempre está sintonizado con las realidades que nos circundan. Los profesores profesamos demasiado, incluso profetizamos. Damos respuestas que habitualmente no son pertinentes ni relevantes para nuestra sociedad. Perecemos en nuestro afán por publicar.

En un país donde prima la pobreza (económica, ética y hasta mental), donde la cotidianidad es protagonizada por hechos de corrupción, relaciones patológicas con el medio ambiente, conflictos sociales e interpersonales, resulta imprescindible que los académicos de las áreas sociales y económicas, exploremos alternativas más prosperas y plausibles para nuestra realidad. En consecuencia tenemos que enfrentar el desafío de repensar el modelo de educador deseable para gestar nuevos escenarios.

Al recordar que nuestro gran mulato latinoamericano Fernando González reivindicaba al Maestro de Escuela y el genial Wittgenstein prefirió una pequeña escuela aldeana en Austria a la compañía de Bertrand Russell en Cambridge, se me ocurre pensar que la verdadera educación puede encontrarse más fácil en ‘Otraparte’, por ejemplo, rescatando la imagen del pedagogo.

Para los griegos, el paidagogos era el esclavo que acompañaba a los niños a su lugar de aprendizaje. No era pues aquel que profesaba, pero era quien enseñaba el camino. No declaraba nada, pero caminaba al lado de otros hacia el lugar de su formación. En el sentido contemporáneo el sentido es provocativo, pues nos invita a interrogarnos si realmente estamos conduciendo a nuestros discentes hacia escenarios de aprendizaje y ojalá de transformación.

Etimológicamente hablando, los pedagogos son entonces aquellos servidores auténticos de sus aprendices, así como de sus padres y de la comunidad en general quien les ha confiado su proceso educativo. Ver al educador como esclavo que acompaña y no como quien profiere verdades, implica un cambio radical de perspectivas con su correspondiente incremento sustancial de responsabilidades.

El sufijo agogos significa ser líder, implica ser el agente (es decir quien actúa, por oposición al paciente, quién es quién recibe la acción), de los intereses de sus encargados. Sin lugar a dudas es mucho más difícil asumir la agencia de acompañamiento por el camino del aprendizaje, que habituarse para proferir ideas, profesar posiciones, transmitir contenidos, enseñar técnicas, artes, oficios o profesiones.

Por extensión, podríamos decir también que el pedagogo debe ser entonces impaciente y perturbador de los pobres de espíritu y los autocomplacientes. Al advertir que la irresponsabilidad de muchos de nuestros líderes puede fácilmente explicarse por la falta de conducción, negligencia u omisión de sus educadores, creemos que al educador le corresponde entonces jugársela como el tábano socrático y torpedear las mentes, incluso si eso implica ser acusado de corruptor.

Después de asumirse como esclavo y servidor del loable propósito de la educación, para el pedagogo es más fácil reconocer su ignorancia y por lo tanto está más dispuesto a preferir la formulación de preguntas en vez de la profusión de respuestas. Y es acá dónde radica la más significativa diferencia entre el pedagogo y profesor. El primero se atreve a preguntar, mientras que el segundo, cual oráculo, cree todo poder responder.

Y es precisamente en esta actitud de preguntar donde yace la principal responsabilidad de quien conduce un proceso educativo. Pues el verdadero pedagogo es quién logra despertar en sus alumnos la curiosidad, la capacidad de duda y de asombro, quién los despierta de la autocomplacencia y el facilismo. Decía Nietzsche que el verdadero educador es quien revela a cada cual su verdadera materia prima, difícilmente accesible e imposible de educar. Así, para Nietzsche, el educador puede solo puede ser el liberador.

En ese sentido podemos afirmar que la verdadera responsabilidad del educador no es profesar, sino todo lo contrario, hacer dudar, invitar a generar comprensiones, preguntas, críticas, anhelos de transcendencia.

Conviene entonces que como sociedad sedienta de prosperidad, reevaluemos el tipo de educadores que queremos celebrar y fomentar. Aquellos que como Ponócrates querían disciplinar a Gargantúa obligándole a no desperdiciar segundo alguno o mejor como aquellos que siguen el ejemplo de Sócrates sembrando semillas de duda. Dudas para invitar a cada uno a que aprenda por sí mismo, para interrumpir inercias, romper convenciones, para posteriormente reconocer su propia ignorancia y disponerse a buscar la virtud con sus interlocutores, así nadie supiese exactamente de qué se trata, sólo que es loable, conveniente y necesaria.

Coda:
Algunos podrán preguntarse acerca de la pertinencia de esta reflexión en una publicación como Dinero.com ¿Cuál es la conexión? ¿Dónde está lo práctico de tanta palabrería? Sería fácil establecer las conexiones entre economía y educación, pero considerando que sustentar tales no son los propósitos del presente texto, por ahora me contento con indicar que la mejor praxis es aquella que se nutre de la exploración de ideas (Kurt Lewin decía que ‘no hay nada más práctico que una buena teoría’), y que Alejandro Magno, no hubiese existido si grandes pedagogos, como Aristóteles, Platón y Sócrates no lo hubiesen precedido y preparado para el camino.

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