Opinión

  • | 2006/07/28 00:00

    Otras maneras de educar

    Fransico Cajiao opina que el manejo que se le ha dado a los niños en el programa Factor X puede dar luces sobre la motivación que se les puede dar a los niños.

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Diversos estudios que se han realizado en países diferentes a lo largo de las últimas décadas, indican que el aprendizaje de los niños y niñas está profundamente relacionado con su entorno socioeconómico y el capital cultural que haya en ese contexto en el cual se nace y se crece.

Los autores que hablan de capital cultural se refieren al ambiente en el cual viven los niños y jóvenes: grado de educación de los padres, familiares y vecinos; disponibilidad de libros y otros medios de información en el hogar; tipo de vivienda y acceso a instrumentos tecnológicos como computadores… Pues bien, cuando este entorno es pobre los rendimientos escolares suelen ser menores.

Esto sólo demuestra que la escuela convencional, basada en rituales organizativos marcados por las rutinas de horario y currículo es incapaz de superar las condiciones desfavorables en las cuales han nacido y crecido los chicos. Hay un déficit cultural y material acumulado que debe compensarse, para asegurar en primer lugar la permanencia de todos los estudiantes en el sistema educativo: hace falta el complemento alimenticio para subsanar carencias nutricionales, a muchos niños hay que ayudarles con los útiles escolares, los colegios donde asisten los niños más pobres requieren dotación de bibliotecas, computadores y equipos de video, en algunos casos es necesario ofrecer subsidios en efectivo que sustituyan el trabajo infantil para que se pueda continuar en las aulas.

Pero aún con todo esto, que no se ofrece sino en algunas entidades territoriales con capacidad fiscal como Bogotá, porque los recursos que asigna el gobierno nacional para la educación pública no cubren estos complementos, hace falta explorar nuevas alternativas pedagógicas que superen el encierro del salón de clase.

En las últimas semanas se viene desarrollando la versión infantil del Factor X y allí han sucedido cosas interesantes que vale la pena retomar para una reflexión sobre la educación. En un principio tuve una reacción muy negativa ante las enormes filas de niños y niñas que, con sus familiares, aspiraban a volverse estrellas de la farándula. Allí estaban con vestuarios y maquillajes que más parecían una fiesta de disfraces. Tenía ese temor protector que me decía que no era justo someter a estos criaturas a la frustración y, en muchos casos a la burla, desde tan temprana edad. Pero el desenvolvimiento del programa ha mostrado otros matices:

En primer lugar, los tres jurados se han convertido en un ejemplo de buena pedagogía: amables, siempre atentos a descubrir lo mejor de cada niño y niña, afectuosos, estrictos con el nivel de las presentaciones y cuidadosos en la forma de emitir sus juicios y comentarios.

En segundo lugar, se ha visto el papel definitivo de la familia en el desarrollo del talento de los niños. Con la excepción de un niño que declaró que quien lo impulsó a presentarse en el programa fue su maestra, los demás siempre dan el mérito fundamental a sus padres, tíos o abuelas.

En tercer lugar, es extraordinario el talento que aparece en toda esta muestra de población infantil. Es muy probable que a algunos de estos niños y niñas la vida les cambie gracias a esta iniciativa.

Ojalá los colegios incorporaran algunas de estas lecciones y generaran en sus niños y niñas el mismo entusiasmo en torno a la producción literaria, a la investigación científica o al cultivo de las artes. Ojalá los maestros aprendieran a descubrir lo mejor de cada alumno y tuvieran la actitud amable y afectuosa para exigirles lo mejor de ellos mismos.

Es en estas cosas de la vida cotidiana donde se hace la gran diferencia que permite remontar los obstáculos que la pobreza le pone en el camino a tantos y tantos niños y jóvenes talentosos.

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