Opinión

  • | 2009/12/11 07:00

    Mr. Obama, de veras, ¿can we?

    Los resultados de la administración Obama han sido pobres en la paz mundial, en consolidar las relaciones con América Latina y en economía. Ante su lema de campaña (“Yes we can”) pregunto, Mr. Obama, de veras, ¿podremos? Opinión de de David Ramírez.

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Decepcionantes han resultado el desempeño y logros de Barack Obama a casi un año de su posesión como presidente de los EE.UU. Su elección estuvo marcada por la expectativa de un giro radical que permitiera a su país una rápida recuperación económica, el fin de la guerra en Irak, y el mejoramiento del acceso a los servicios de salud, entre otras prioridades.

 

Tal vez era esperar demasiado que, pese a sus virtudes, un hombre con poca experiencia política fuese capaz de remontar prontamente un momento tan difícil para los EE.UU.: la peor crisis económica desde la Gran Depresión, el más alto desempleo en casi tres décadas, la erosión de los ahorros de retiro de millones de futuros pensionados, dos guerras perdidas (Irak, Afganistán), y la peor imagen internacional gracias a Bush y sus muchachos.

 

Esto para no mencionar deficiencias estructurales, tales como el alto costo de las primas de seguro de salud, el consumo de drogas ilícitas y la presencia de inmigrantes ilegales.

 

Pensábamos que elegir a McCain era más de lo mismo pero, que poco han cambiado las cosas con Obama.

 

La retirada de Irak y el desmonte de Guantánamo aún no son realidad. Para colmo, el presidente norteamericano acaba de anunciar su estrategia para Afganistán: 30,000 soldados más (al costo de US$30.000 millones, casi el valor total de nuestras exportaciones en 2008) a retirar en 18 meses, ¡como si este fuera plazo suficiente para encontrar a Bin Laden luego de 7 años de búsqueda! (Por cierto, ¡insólito!: un Nobel de paz aumentando tropas para la guerra…).

 

La política económica es otra decepción. El plan de estímulos al consumo se ha estrellado con las restricciones al otorgamiento de préstamos. El programa de renegociación de créditos hipotecarios es un absoluto fracaso: sólo se han reestructurado 2 mil préstamos entre los millones que se encuentran en mora. La reforma al sistema de salud no ofrece garantías para aumentar la cobertura ni la calidad del servicio.

Para hablar de las cosas que interesan a América Latina, qué desalentadora ausencia de una política hacia la región. Abarca contradicciones que van desde el errático comportamiento ante el golpe contra Zelaya y los ataques de Chávez hacia Colombia, hasta el desinterés en aprobar los TLC con Panamá y Colombia, así como el dejar archivada la reforma migratoria.

 

¿Por qué diablos Obama no aprovechó su cuarto de hora para agitar el estatus quo y producir los resultados ofrecidos a su electorado?

La guerra contra el terrorismo persistirá mientras EE.UU. mantenga su política actual en Oriente Medio. El narcotráfico se mantendrá hasta que la industria se legalice, y el consumo seguirá aumentando en tanto los presupuestos de prevención sigan siendo ridículos frente a los de interdicción. La economía no se va a recuperar rápido ni sostenidamente hasta que se imponga un plan de choque que aumente sustancialmente el gasto público en obras, se establezcan incentivos permanentes a la inversión y al consumo, y se fuerce (en vez de “incentivar”) a los bancos a renegociar las hipotecas y revivir el crédito. (El 9 de diciembre se conoce que Obama usara el “sobrante” del criticado rescate a los bancos para impulsar el consumo).

 

El problema de altos costos de salud se soluciona interviniendo las fallas de mercado que han provocado la cartelización del servicio y el subsecuente enorme poder de aseguradoras y farmacéuticas. El asunto migratorio no tiene mejor fórmula que la regularización de los ilegales a través de programas que permitan contratarlos para esos trabajos que los norteamericanos en todo caso no quieren hacer. La estabilidad en Latinoamérica depende de la verdadera promoción de la integración y el comercio, así como de contener a Chávez, sin duda, el causante o agitador de la mayoría de conflictos regionales.

 

Un Obama cada vez más impopular difícilmente podrá recuperar el capital político para generar los cambios que en su país (y el mundo) necesitan. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, seamos optimistas de que un giro de suerte o el cauce natural de las cosas podrían generar mejores resultados. Por lo pronto, ante su lema de campaña (“Yes we can”) pregunto, Mr. Obama, de veras, ¿podremos?

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