Opinión

  • | 2011/10/09 12:00

    Locuras, encierros y administración

    A comienzos del siglo XVI, en una especie de ‘vuelta al mundo en solitario’ y auscultando su época y buscando un humanismo que le diese sentido; Erasmo de Róterdam apunta sus agudas críticas a la casta de los administradores de entonces –el clero- y publica el “Elogio de la Locura”. Opinión de Sergio Castrillón.

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Desplegando un incisivo espíritu independiente enriquecido por una exquisita tonalidad satírica, el buen Erasmo señalaba las absurdas inercias de la época, que impedían el florecimiento de una humanidad plena. Así como él preconizaba el entendimiento entre reformados y católicos, hoy se hace necesario insistir en la necesidad de reducir las distancias y fragmentaciones que existen entre las personas y las organizaciones en que habitan.

Al pensar en la palabra locura, son múltiples las asociaciones que asaltan al espíritu, sólo algunas pocas evocan imágenes que los humanos queremos aceptar conscientemente. La locura nos hace a pensar en marginalidad, en dolor, en infancias frustradas, en esquizofrenia, en entropía, en desequilibrios cerebrales, sociales… Es fácil caer en la tentación de tratar de negarlas.

La locura, de hecho es una realidad bastante cercana a nuestra experiencia humana, tanto en la esfera individual como colectiva. Rastros de la infancia o encuentros desafortunados con otras personas pueden ser la vía expedita a la demencia. Las situaciones difíciles a menudo generan niveles de estrés que conducen a alterar el bienestar psicosomático de las personas. Sólo basta ver los indicadores de salud pública para constatar su poco inocua ubiquidad.

Podría argumentarse que el ser humano tiene el ‘imperativo categórico’ de enfrentar la locura y los comportamientos indeseables de que se manifiestan a nivel individual y colectivo. No basta con ignorar los problemas, ni las expresiones oscuras de nuestra humanidad. La negación de lo culturalmente indeseable, sólo conduce a una falsa satisfacción de necesidades de seguridad e identidad.

Los seres humanos tenemos también la necesidad de imaginar y conservar imágenes inmaculadas de nuestra persona, y por eso rechazamos las sutiles pero nunca fútiles evidencias de que en nuestras mentes y sociedades las cosas no siempre andan bien. El pequeño narciso que llevamos dentro prefiere concentrarse en la ilusión de ciertas imágenes, que constatar la insalubridad de algunas de nuestras prácticas cotidianas.

Probablemente cada ser humano intuye, que la desdicha de otra persona es también su infortuna y su responsabilidad. Desafortunadamente lo que los Walof en Senegal explícitamente reconocen al practicar el N’Doep –que el desequilibrio mental de un individuo es un problema colectivo- suele enterarse en el olvido de otras culturas, desconociendo así el dolor de otras personas y su propia responsabilidad. El hombre de occidente –en particular-, arropado con la frágil pretensión de racionalidad tiene miedo a descubrir en el contacto con sus ‘locos’ algunas dinámicas absurdas de su cotidianidad.

Quizás por esto la mejor forma de satisfacer la necesidad del hombre de conocerse a plenitud resida en la oportunidad de interactuar con sus individuos marginados. Siguiendo en línea con la locura -que es relativa a cada cultura-, podríamos concentrar el análisis en los prisioneros, como fuente de reflexión. Pensar en las cárceles y sus habitantes –incluyendo a los guardianes- quizás nos ayude a ver más claramente. Reflexión que se impone en un país como el nuestro dónde seguimos pensando que mientras más cárceles construyamos y más personas encerremos, más avanzamos como sociedad.

El problema de las prisiones trasciende épocas y espacios geográficos; tal vez a partir de su análisis puedan descubrirse ‘constantes’ humanas que nos ayuden a descifrar nuestras singularidades como animales dotados de razón –aunque no siempre razonables-. Sin embargo, el sólo hecho de que existan millones de personas específicas, con historias concretas, que participan y padecen tales instituciones acolitadas por la sociedad en su totalidad, amerita nuestra atención.

Además de su impacto económico y social, las cárceles ofrecen un amplio abanico de comportamientos humanos que deben interesar la agenda de investigación de múltiples disciplinas académicas, y ¿porqué no, al campo de la administración? Como escenario de convergencia de saberes interdisciplinarios, que se enorgullece de su poder pragmático, la administración pueden encontrar en las cárceles los retos más interesantes para la acción.

Son infinitas la cantidad de preguntas que conviene hacerse, desde el potencial productivo de una prisión, hasta las más humanas de las preguntas que giran alrededor de la palabra como generadora de sentido en ambientes hostiles. Sin duda en la cárcel también se reflejan las tramas y urdimbres de nuestro tejido social.

Una prisión es el más crudo escenario para poner en práctica la interdisciplinariedad, para avanzar hacia la comprensión y mejoramiento de prácticas de dirección organizacional. La cárcel es quizás el terreno más crudo para recorrer las cuestiones humanas, y para tomar conciencia de que nuestra realidad.

Entender a los prisioneros y solidarizarse con su humanidad, con la dignidad de sus personas, probablemente permita descubrir otras dimensiones del espíritu. Por lo menos se rescataría del olvido gran parte de la sociedad y en consecuencia recuperaríamos parte de nuestra humanidad, la parte oscura, la narcisísticamente ignorada.

En un país como Colombia, si queremos dejar de involucionar, si aspiramos a evolucionar, se requiere revolucionar nuestra mentalidad. Dentro de esos cambios drásticos, resulta ineludible percatarnos de la imposibilidad de expiar nuestras faltas mediante las prácticas asimétricas de señalar algunos individuos, que tal chivos sacrificamos morbosamente en los altares de los medios, mientras la sociedad sigue igual.

La marginación de unas pocas manzanas podridas no soluciona el problema de cultivar en terrenos infestados de plagas, que a todos nos afectan por igual, y de los cuales somos –o deberíamos ser- solidariamente responsables.

Lo que denominamos salud mental o sensatez, se sería una especie de verdadero milagro, un logro épico en una sociedad apopléjica. Así como la sinapsis entre las neuronas, la salud mental debe sortear innumerables acechanzas… el fino equilibrio de múltiples variables (biológicas, neurológicas, lingüísticas, psicológicas y sociales) resulta ser todo un acto acrobático. ¿Será por eso que Nietzche imaginaba al superhombre como aquel dispuesto a caminar sobre una cuerda tendida entre dos cumbres?

Hay que aplaudir a los sanos, pero sobre todo considerar a los locos y encerrados, pues a menudo su locura no es la de ellos sino la de quienes los encerramos. El castigo del encierro es una arbitrariedad cultural que genera mucho dolor –aunque imperceptible para el verdugo que se hace insensible.

Afortunadamente el espíritu humano nos invita al asombro, pues incluso hace plausible el elogio a la locura. Defendamos nuestra ‘insensata’ propuesta de reflexión, evocando la figura del Quijote, cuyas quimeras han inspirado las más concretas acciones. El encierro y la disonancia respecto a la arritmia social, probaron ser fructíferas en el encierro del Manco de Lepanto, que curiosamente surgió en un lugar de la Mancha.
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