Opinión

  • | 2010/11/17 11:40

    Libre comercio, explotación laboral y la maquila

    El movimiento anti-globalización en los países desarrollados solía promulgar que el libre comercio ponía en posición de desventaja a los trabajadores de sus países quienes debían competir con la fuerza laboral más barata de los países en desarrollo. Opinión de Daniel Gómez Gaviria.

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Sus contrapartes en los países en vías de desarrollo argumentaban lo contrario: que la libre competencia ponía en condiciones de desventaja a los productores de sus países que debían enfrentar la competencia de empresas del primer mundo. Estás posiciones antagónicas, que impedían la consolidación de un movimiento global lograron superarse al encontrar el perfecto chivo expiatorio, y símbolo de todos los males de la globalización: las llamadas “maquilas”, fábricas que importan insumos y tecnología, usan mano de obra local, y destinan su producción a la exportación.

Infortunadamente, los argumentos contra las maquilas y la preocupación por el diferencial salarial entre países pobres y ricos suelen resultar en políticas muy bien intencionadas pero que tienen fundamentos económicos bastante débiles y suelen terminar perjudicando a la población que pretendían ayudar. Un ejemplo de este tipo de políticas es la inclusión de estándares laborales de países desarrollados en tratados comerciales con países en vías de desarrollo.

Lo primero que hay que notar es que los salarios son determinados principalmente por la productividad del trabajo. Lo segundo, es reconocer las diferentes fuentes de ganancias del comercio. La principal fuente son las diferencias entre países, sean estas en términos de dotación de factores de producción, tecnologías disponibles o gustos. Otras fuentes de ganancias incluyen la transferencia de nuevas tecnologías, la reasignación de factores de producción hacia mejores usos y el incremento de la competencia que induce mejoras productivas. Concentrémonos por el momento en las fuentes clásicas de ganancias de comercio, la diferencia entre países.

Si pasamos de una situación de autarquía, es decir, donde los dos países están completamente aislados el uno del otro, y cada uno produce dos bienes usando únicamente mano de obra, a una donde pueden comerciar libremente, cada uno se podrá especializar en aquello que hace relativamente mejor y entre ambos podrán producir más. El salario real de los trabajadores en ambos países aumentará, aun cuando en un país el salario sea menor que en el otro. Mientras más diferentes sean los socios comerciales, mayores serán las ganancias del comercio. Si añadimos un segundo factor de producción, digamos capital o tierra, después de abrir al libre comercio, el salario del factor relativamente abundante aumentará en cada país y el salario del factor menos abundante caerá. Este modelo nos dice que la mano de obra no calificada, abundante en un país en desarrollo, se beneficia inequívocamente con el libre comercio, contrario al argumento de los anti-globalizadores.

Dado que los salarios son determinados por la productividad, y que las ganancias del comercio se derivan de las diferencias entre países, parecería infructuoso pretender mejorar los salarios y condiciones de trabajo mediante normas y leyes regulando los salarios. Cualquier intento de trasponer las regulaciones laborales de un país desarrollado a un país en vías de desarrollo, por ejemplo, resultará en un aumento del desempleo de los trabajadores menos cualificados, reduciendo sus ingresos.

Muchas veces las maquilas son mucho mejores que las alternativas disponibles en países en desarrollo, y la principal prueba de ello es que los trabajadores escogen, voluntariamente, estos trabajos sobre otros Varios casos ilustran la suerte de los trabajadores que el movimiento anti-globalización pretendía ayudar. En 1993 luego de la propuesta del Senador Demócrata de Estados Unidos, Tom Harkin, de prohibir la importación de manufacturas de países donde hubiera niños empleados en las maquilas, Bangladesh eliminó 50.000 puestos de trabajo infantil. Oxfam encontró que muchos de estos niños terminaron trabajando en redes de prostitución.

Más cerca de casa, en 1996 la “National Labor Committee” en Estados Unidos denunció a Kathy Lee Gifford de explotación laboral en sus maquilas en Honduras donde el salario era de US$3,1 diarios. Claramente, el salario en las maquilas comparado con salarios en Estados Unidos era miserable. Pero esta no es la comparación apropiada: trabajos devengando salarios comparables a los de Estados Unidos no eran una opción en Honduras, donde la alternativa a la maquila de la señora Lee Gifford, era un trabajo ganando menos de US$2 diarios. ¿Explotación? No parecería.

¿Qué debemos hacer? ¿Debemos incluir estándares laborales en los tratados de libre comercio? ¿Es esta la mejor manera de proteger a los trabajadores en países en desarrollo? Según lo anterior, los salarios y el ingreso de trabajadores no-calificados no pueden ser mejorados duraderamente si no existen mejoras subyacentes en productividad. Por otro lado, es Claramente deseable eliminar el trabajo infantil y mejorar las condiciones de trabajo en las maquilas.

Pero hay peores y mejores formas de lograr estos objetivos. Las peores formas son intervenciones gubernamentales que distorsionan los salarios y que eliminan opciones de trabajo frecuentemente mejores a las alternativas. Las mejores formas involucran políticas encaminadas a aumentar la productividad del trabajo y reducir los costos de crear empresa. Al aumentar los ingresos de las familias más pobres estas políticas disminuyen la necesidad de enviar a los niños a trabajar en lugar de enviarlos al colegio. De la misma manera, a medida que aumenta la productividad las opciones de trabajo mejoran, los empleadores están en capacidad de aumentar los salarios y los mismos trabajadores están en posición de exigir mejores condiciones de trabajo ya que sus alternativas han mejorado.

El énfasis en políticas transversales encaminadas a mejorar la productividad—fuente de competitividad y crecimiento—es sin duda la mejor política social disponible. Mejor aun que las llamadas “políticas sociales.”

* PhD (c), Business Economics, Universidad de Chicago. 

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