Opinión

  • | 2011/10/01 08:00

    Las palabras: semillas de humanidad, cuestión de responsabilidad

    Muchos consideraran al lenguaje como clave de la cultura. Por eso, las comunicaciones deben ser diáfanas y constructivas y puestas para el servicio y desarrollo de la humanidad en todas sus expresiones, incluyendo la empresarial. La opinión de Sergio A. Castrillón, Profesor de Negocios Internacionales, Universidad Eafit.

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Zilu preguntó: “Si el soberano de Wei te confiara el gobierno del país, ‘Cuál sería tu primera iniciativa?’
El Maestro respondió: ‘Sin duda sería rectificar los nombres…
[…]
Por ello un caballero debe ser capaz de expresar cualquier cosa que conciba y debe ser capaz de hacer cualquier cosa que diga. En el tema del lenguaje, un caballero no deja nada al azar”
Confucio Analectas 13.3


Al contemplar la abrumadora influencia de las dinámicas comunicativas en las realidades organizacionales, es imposible no maravillarse frente al poder de las palabras. Mediante el uso de la palabra se constata que el lenguaje humano permite la creación, propicia las condiciones para trascender definiciones cerradas y frías abstracciones.

El lenguaje como generador activo de nuevas concepciones y circunstancias le permite a la humanidad misma escapar de predeterminaciones fatalistas que inhiben el ejercicio pleno de la libertad.

La experiencia humana se crea y se re-crea a cada instante gracias a la palabra. Un enorme potencial de transformación se perpetúa en la magia de la palabra; gracias a ella y a las múltiples posibilidades de desplegar realidades de representación, comunicación, intervención, etc., el ser humano deviene responsable de su propia creación y de su mundo. No hace falta volver a entrar al Paraíso para violentar el Árbol de la Vida; en la palabra yace el potencial inagotable que incesantemente permite nutrir nuevos formas de organización, de interacción entre las personas.

Por eso, el potencial creador de la palabra, acarrea responsabilidades enormes para quienes las usamos. La responsabilidad va de la mano de la libertad, y se reafirma al percatarse de que los humanos tenemos la capacidad de elegir formas y prácticas del lenguaje; palabras y reglas de conversación que condicionan los comportamientos sociales y que por supuesto generan efectos profundos en cada ser que participa de ellas.

Hay palabras que han marcado la historia, o nuestra concepción de la realidad. Su ineluctable influencia se desborda e invade incluso nuestros círculos de conversación más íntimos y cercanos. O acaso, quién no siente cierta simpatía con frases tales como “Carpe diem”, “Errare humanun est”, “Panen et circenses”. Palabras que son mucho más que articulaciones neutrales de sonidos o significados. A menudo se convierten en descripciones y/o prescripciones de las organizaciones de negocios: “Time is Money”, “Vox populi, vox Dei”, “Hommo homini lupus”, “Divide ut regnes”.

Tanto en el caso macro, como en el micro se observa la importancia del lenguaje en la experiencia humana, en sus acciones, comprensiones y valores. Se evidencia la presencia de múltiples categorías de expresión del discurso (i.e. de la persona y del tiempo, tal como las propone E. Benveniste). Resultaría de gran utilidad organizacional examinar las oposiciones lingüísticas que acompañan a los posibles interlocutores, así como las diferentes actitudes que frente al tiempo se traslucen. Todo esto permitiría tomar conciencia respecto a las distintas funciones del discurso, para asumir responsablemente las posibilidades de alteridad y reconocimiento de las subjetividades que se tejen desde las mediaciones comunicativas.

La palabra forja complicidades integradoras pero también genera exclusiones; basta percatarse de las sutilidades del discurso para ver como se configuran estructuras de poder en las organizaciones humanas. La diferencia en estatus de participación y censura temática infortunadamente no es una especificidad de alguna organización en particular. Tal como lo demuestra Roger Brown, las diferencias de estatus, así como las posibilidades de solidaridad humana se despliegan desde la palabra.

La responsabilidad que acompaña al uso de la palabra se resalta observar las esquematizaciones mentales que evocan y configuran, es decir la forma como se condicionan las representaciones de los diversos participantes de la comunicación, definiendo en esa medida los planos de interacción entre los seres humanos. Sin duda un excelente caldo de cultivo para fraguar asimetrías de poder.

No resulta extraño que desde la antigüedad la retórica hubiese ejercido un atractivo particular como disciplina que merecía cultivarse. La habilidad técnica al respecto siempre será plausible; sin embargo desde el punto de visto ético, se hace preciso advertir el riesgo de que asimetrías en destrezas pueden aprovecharse para satisfacer intereses particulares; en los que por ejemplo, por conveniencia propia, algún individuo pueda marginar o reducir las posibilidades de expresión de su interlocutor.

La intervención que permite el lenguaje no debe utilizarse para rebajar al otro (en sentido Lacaniano); pues a la postre, si cercenamos la ‘humanidad’ del ‘otro’, amputamos la propia, pues el lenguaje es ante todo una realidad dialógica, que requiere la participación activa de las partes. Es decir, sin el ‘otro’ el vencedor sólo podrá brillar en un monólogo esquizoide.

No es difícil percatarse que en el ejercicio del lenguaje y en la producción del discurso (especialmente en el mundo de la economía y de la administración), urge la necesidad de deshacerse de las trampas del lenguaje que encubren ciertas ideologías deshumanizantes; pues en algunas ocasiones no solo encubren relaciones asimétricas, sino que opacan las singularidades humanas, atropellando sus expresiones, ideas, símbolos, sentimientos y diversas formas de conducta.

Sin embargo cabe precisar que una de las posibilidades más genuinas de humanización reside en el lenguaje mismo. La palabra inteligente y responsable encierra el simiente del potencial creativo de la humanidad. Por ejemplo, muchos filósofos y antropólogos consideraran al lenguaje como clave de la cultura y en ese sentido ha de practicarse el arte de la retórica procurando que las comunicaciones sean diáfanas y constructivas, y dispuestas para el servicio y desarrollo de la humanidad en todas sus expresiones, incluyendo la empresarial.

La aventura de la especie humana –y de cada individuo- se enriquece y consolida en la palabra, un verdadero promotor del bienestar humano. Bienestar que las organizaciones empresariales tienen el potencial de generar, pues cuentan con un gran impacto multiplicador dentro de las dinámicas sociales contemporáneas.

Si desde nuestras empresas se fomenta la coherencia entre el discurso y los hechos, se facilitaría la concepción de nuevas formas de acción y de dicción. Más respetuosas de todos los stakeholders, y más decisivas para hacer que los negocios asuman plenamente las capacidades y responsabilidades que les corresponden dentro del contracto social. Para que los negocios se asuman como parte de la solución.

Las necesidades de las sociedades contemporáneas, exigen sensatez y responsabilidad a los directivos empresariales. En consecuencia podría pensarse que para aquellas empresas que busquen ejercer la administración responsable, un buen paso a seguir consiste en tomar conciencia de las palabras y mensajes que emiten, previendo sus incidencias en la vida de las personas.

Se impone la necesidad de reconocer el poder creador de la palabra, especialmente como imperativo de humanización en los escenarios de negocios, donde múltiples personas interactúan. Desde esta perspectiva, el desafío de la responsabilidad consiste en actuar consecuentemente con las palabras, en escuchar a Confucio cuando afirma en su mensaje milenario y siempre vigente: “En el tema del lenguaje, un caballero no deja nada al azar”.

* Profesor de Negocios Internacionales. Universidad Eafit. 

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