Opinión

  • | 2010/01/29 07:00

    La Verdadera Tragedia de Haití

    El primer país independiente en América Latina, ha tenido 32 golpes de estado, la peor distribución del ingreso y problemas de corrupción y seguridad. El futuro de la nación más pobre del hemisferio no está asegurado cuando pase el interés mundial ¿Cómo reconstruir el país? Opinión de David Ramírez.

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Resulta dramático admitirlo, pero la verdadera tragedia de Haití va más allá del catastrófico terremoto del pasado 12 de enero. No sólo se trata de poseer el triste rótulo de ser “el país más pobre de América”, sino de las pocas posibilidades de esta nación para salir adelante, aún en el futuro.

 

Escapa del espacio de este artículo profundizar en las causas de su pobreza, pero los expertos apuntan como factor determinante a la inestabilidad política que, conjuntamente con la inseguridad, impunidad y corrupción, alimentan el círculo vicioso del subdesarrollo.

 

Pese a haber sido el primer país Latinoamericano y el segundo en el continente en lograr su independencia (1804), la fragmentación política, rivalidades étnicas, disparidades sociales (el 1% más rico de la población posee el 50% de la riqueza nacional), y algo de intervencionismo extranjero, han resultado en una tremenda debilidad institucional, como lo reflejan los 32 golpes de estado vividos en su historia republicana.

 

Como muestra de la impunidad, apenas un 6% de los procesos llegan normalmente a la etapa de juzgamiento. La mayoría de los más de 4 mil presos de la devastada cárcel de Puerto Príncipe estaban esperando el inicio de su juicio.

 

La inseguridad es tal que—según la prensa norteamericana—la ONU cataloga al gueto de Cité Soleil (situado en la capital) como el “lugar más peligroso en la Tierra”.

 

Como evidencia de la rampante corrupción está el caso de los Duvalier (padre e hijo) quienes, luego de casi tres décadas de dictadura, se estima pudieron haberse robado unos US$500 millones (el equivalente a todas las exportaciones de esta nación en un año).

 

No es sorpresa que en este contexto se presente la más débil situación socio-económica. De ser una colonia exitosamente exportadora (azúcar, principalmente), Haití pronto paso a ser una pobre república. Su PIB llegó a casi US$7.000 millones en 2009, basado fundamentalmente en una agricultura de subsistencia (25% del producto, y generadora de más del 60% del empleo nacional) y en las remesas (20% del PIB). El crónico déficit de la cuenta corriente es alimentado por unas pequeñas exportaciones (14% del PIB), frente a la monumental dependencia de importaciones (41% del PIB). El país importa la totalidad de la gasolina y un 50% de los alimentos que consume.

 

El desastre social se refleja entre otros en que 72% de la población subsista con menos de US$2 diarios, y 55% con menos de US$1. Comparativamente, estas proporciones son del 15,8% y 31,8% en Nicaragua, el segundo país más pobre del continente. La esperanza de vida de 61 años, la tasa de alfabetización de 62%, y el PIB per cápita ajustado por paridad de poder adquisitivo de US$1.155, se comparan con promedios para América Latina y el Caribe de 73,4, 91,2% y US$10.077. Apenas un 54% de haitianos puede acceder al agua potable y un 30% al alcantarillado, frente a promedios regionales de 91% y 77%, respectivamente.

 

Así como la deforestación (la madera es la principal fuente energética del país) agravó las consecuencias de los huracanes recientes, los efectos del terremoto se magnificaron ante el esperable incumplimiento de códigos de construcción sismo-resistente y la inadecuada infraestructura física e institucional para la atención de emergencias. Empero, la catástrofe del 12 de enero duele más porque llegó precisamente en un momento en que el país gozaba de relativa tranquilidad política y parecía empezar a despegar en lo económico.

 

Pese a la controversia (se le critica por ser una forma más de intervencionismo), la misión de las Naciones Unidas (Misnuh, por su sigla en francés) que hace presencia desde mitad de los 90, había contribuido a mejorar los niveles de seguridad haitianos. De hecho, esta mejora abría las esperanzas de que el turismo pudiese adquirir una rápida dinámica. El propio Bill Clinton estaba comprometido en atraer inversionistas a éste sector, tanto como al de manufactura de confecciones, actividad pequeña pero en expansión gradual gracias a la aprobación de preferencias arancelarias por parte de los EE.UU. a través de las iniciativas HOPE I y II.

 

Ciertamente, las donaciones de Estadso Unidos (y en menor medida de Canadá y Francia) han sido tradicionalmente significativas para Haití, representando anualmente un 35% de su presupuesto nacional. Aunque las voces críticas fundan su motivación en el objetivo de frenar el influjo migratorio hacia su propio país, Estados Unidos han asumido un papel central en la coordinación de las labores de rescate de las víctimas del terremoto y seguramente lideraran los esfuerzos de reconstrucción. De hecho, la solidaridad mundial ante la catástrofe ha sido conmovedora.

 

Pero aún si toda esta generosidad llevara a una exitosa reconstrucción física, el debate de fondo debe ser cómo construir un digno tejido social para Haití. Pensemos que si la reconstrucción de Puerto Príncipe y demás ciudades destrozadas podría costar más de US$1.000 millones, cuánto dinero y tiempo se necesita para llevar al país, como un todo, siquiera a niveles sociales cercanos al promedio regional?

 

Se esperaría que el tema de fondo sea abordado este 25 de enero en la cumbre de Montreal. Los EE.UU., Francia, e incluso los países bolivarianos tienen una deuda cuasi-moral con Haití. Los EE.UU., en su condición de nación más rica del planeta y en su (cuestionable?) interés de evitar el influjo de refugiados. Francia, por la apenas obvia solidaridad con su ex–colonia y tal vez como contraprestación al pago al que le forzó para garantizar su independencia, así como por albergar al temible “Nene-Doc” Duvalier y sus millones de dólares. Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, en agradecimiento histórico por la vital ayuda que proporcionara el entonces gobierno haitiano al Liberador Bolívar para sus esfuerzos independentistas.

 

Al multimillonario paquete de ayuda financiera que requiere Haití se debe sumar la permanencia de la Misnuh como factor de estabilización política. (La misión debería retirarse en octubre, pero seguramente será extendida). Los propios académicos haitianos hacen énfasis en la necesidad de acompañar el fortalecimiento institucional con el impulso a la agricultura a través de una reforma agraria e inversiones en infraestructura de transporte y comercialización, todo ello orientado a reducir la dependencia de alimentos importados. Naturalmente, la inversión en salud y educación será la mejor respuesta hacia el largo plazo, considerando que el 50% de la población es menor de 21 años.

 

Me temo sin embargo, que luego del frenesí y el “foto-oportunismo” de políticos aquí y allá discutiendo soluciones, y artistas de allí y acá haciendo conciertos y teletones, más pronto que tarde el mundo volverá a olvidar a Haití. Al fin y al cabo, dentro de la inmoral y desalmada lógica del realismo en las relaciones internacionales, este gran pequeño país es sólo un pedazo de tierra sumido en una profunda pobreza, virtualmente deforestado, sin recursos humanos o naturales, y sin importancia geopolítica o económica como para que realmente interese a las potencias mundiales.

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