Opinión

  • | 2007/09/14 00:00

    La modernidad económica

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La modernidad de una economía es un conjunto de condiciones institucionales y culturales que le permiten avanzar en una cierta dirección de progreso, productividad, generación de riqueza e innovación.

La modernidad económica llegó al mundo durante el ocaso de la Edad Media, de la mano de los burgueses, de las gentes de las ciudades, quienes dentro de la visión medieval de la sociedad ocupaban un estrato inferior y casi indigno, en tanto que no eran nobles ni servidores de la Iglesia. En las pequeñas villas medievales se fue formando poco a poco lo que luego se conocería como capitalismo. No solamente se generaron allí las relaciones típicas de la economía moderna, sino que también empezaron a tomar cuerpo algunos conceptos éticos que luego, con la Reforma Protestante, se inscribieron con fuerza en la cultura de las naciones que forjaron el capitalismo.

En el mundo medieval, las relaciones sociales eran prácticamente inalterables, y la posición en la sociedad estaba determinada por factores diferentes a la capacidad productiva y el ingenio. La ética era, por supuesto, puramente religiosa; era una ética que estaba fuera de este mundo, en un plano divino. Todo ese armónico mundo medieval, más propio de los cielos que de la tierra, era un mundo mediocre en lo económico. Como bien dijeron Marx y Engels, la mayoría de ideas medievales sobre la nobleza y lo caballeresco encubrían lo que en realidad era una profunda incapacidad, una vida ociosa e improductiva.

Las gentes discriminadas de aquel mundo, artesanos, albañiles, pequeños financistas, y en general personas dedicadas a alguna labor productiva, resultaron convertirse en una fuerza arrolladora, la cual echó por tierra todo lo anterior, instauró una extraordinaria dinámica de cambio y progreso, y adoptó como propias todas las características institucionales y culturales de la modernidad económica: una cultura del trabajo duro, el ahorro y la inversión; una ética secular, la cual sirve de base a la convivencia social; una ausencia de estructuras sociales basadas en los privilegios; y una dinámica permanente de cambio en los procesos económicos: nuevas ideas, nuevos productos, nuevos mercados. Este proceso se convirtió en un feroz e inclemente vendaval que, para citar de nuevo a Marx y Engels, arrasó con todas las relaciones patriarcales e idílicas anteriores. Fue un auténtico proceso de liberación. El desarrollo económico de que goza hoy el mundo es producto de esta revolución, la cual es responsable de que, incluso en muchos países no desarrollados, se viva mejor que lo que vivía un noble francés en las vísperas de la revolución de 1789, quien no tenía a su disposición una aspirina, y quien fácilmente podía morir por causa de una pequeña infección.

Por supuesto, la gran tragedia económica del mundo actual radica en que, por causas de diversa índole, muchas sociedades no participan de esta modernidad. Si se examina la situación social de la mayoría de países pobres, se verá que en ellos las estructuras sociales todavía son dominadas por relaciones tribales o señoriales. Y lamentablemente, estas sociedades terminan recibiendo solamente subproductos de la modernidad, aunque no participan de los grandes beneficios de ella. Esto los deja, como dice acertadamente el profesor francés Daniel Cohen, como meros espectadores de la globalización: la ven a través de sus televisores, pero no participan de sus frutos, pues sus sociedades no han subido al tren de la modernidad.

En obvio que este es un espacio insuficiente para evaluar el desempeño de nuestro país y nuestra sociedad al respecto. Valga decir que, al parecer, nuestra característica más propia es la de que combinamos el avance con el retroceso. La Regeneración, por ejemplo, dotó al país de ferrocarriles y realizó importantes reformas, pero reforzó una ética de corte medieval y una estructura social patriarcal. Hoy, Colombia ha dado pasos enormes hacia la modernidad, especialmente en las grandes ciudades, donde, al igual que ocurrió hacia el final de la Edad Media, las personas exitosas y ascendentes han dejado atrás a los otrora patricios por familia y herencia. Sin embargo, también retrocedemos: en buena parte de las zonas rurales de Colombia se vive bajo estructuras sociales definidas por la mafia, es decir, en relaciones tenebrosamente señoriales. Además, hay grandes sectores de la sociedad y la economía que se lucran de las rentas que les dan el Estado y la ley. Son quienes viven, por ejemplo, de los trámites que se imponen a los ciudadanos. O quienes viven de participar en licitaciones y presentar demandas, y que, a contrario de la competencia típicamente mercantil de la modernidad, compiten mediante la difusión de informaciones negativas sobre sus rivales.

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

 

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