Opinión

  • | 2007/07/06 00:00

    La más grande distorsión económica del mundo

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En un conocido ensayo, Paul Krugman escribió que, si el mundo fuera gobernado por economistas, no habría sido necesario crear la Organización Mundial de Comercio*. Con esta frase, Krugman quería decir que las ventajas del libre comercio son tan claras, que cualquier persona conocedora de la economía sería partidaria de que los países comerciaran sin obstáculos. Sobre las migraciones, que son otra clase de flujo económico, aunque muy especial por involucrar la vida de seres humanos, podría sugerirse una idea similar. Si el mundo estuviese gobernado por personas libres de prejuicios, y capaces de entender las enormes ventajas económicas que vienen con la libertad migratoria, no existiría esa multitud de restricciones al movimiento libre de personas, restricciones que son odiosas y en muchos casos inhumanas. Esas barreras configuran una gigantesca fractura en la economía global; Martin Wolf no duda en calificarla como la más grande distorsión económica del mundo, y en culparla por la enorme desigualdad que a nivel mundial existe en los ingresos.

Es lamentable tener que admitir que, en cuanto a este tema, las últimas noticias no han sido para nada buenas. La más triste de dichas noticias ha sido la tremenda derrota que sufrió en el senado de Estados Unidos el proyecto de reforma migratoria, a finales del mes de junio.

Si bien este proyecto no era tan ambicioso como podría haber sido, estaba al menos basado en ideas acertadas. Reconocía, para empezar, el hecho de que la economía norteamericana se beneficia de la inmigración, y necesita más inmigrantes. También reconocía que los inmigrantes ilegales han llegado a Estados Unidos con el único ánimo de trabajar duramente, y de ese modo no sólo han mejorado sus vidas, sino que han enriquecido a la nación.

Resulta inevitable alarmarse ante un sentimiento que se vio entre los opositores a la reforma migratoria, sentimiento ajeno a la tradición de Estados Unidos: el rechazo general, por principio, a la inmigración. Estados Unidos no sólo es un país construido por inmigrantes, sino que, además, existe en su cultura la idea de que el inmigrante, sin importar su origen, merece admiración por el mero hecho de que se esfuerza en la búsqueda de mejores condiciones. La sociedad norteamericana admira ante todo el trabajo duro y el esfuerzo personal; esto es lo que ha permitido que allí ocurra la más exitosa asimilación de inmigrantes en el mundo desarrollado.

Pero las voces en contra de la inmigración se han hecho muy fuertes en los últimos años, y a sus letanías usuales, como la presunta amenaza que los inmigrantes representan para el trabajador nacional, han añadido elementos de carácter racial o nacionalista. Por ejemplo, en su célebre libro “¿Quiénes somos?”, Samuel Huntington afirma que la inmigración mexicana, por su volumen y características, llegará a erosionar los elementos culturales que han construido el Estados Unidos que conocemos. El periodista Lou Dobbs, en su programa diario de CNN, no pierde ocasión para vincular a los inmigrantes con cualquier problema que afecte a la sociedad norteamericana.

Como decía antes, Estados Unidos ha tenido, hasta ahora, la actitud más sensata hacia la cuestión migratoria. Si en dicho país las posiciones empiezan a cambiar de manera significativa, la única consecuencia será la profundización de esta gran distorsión económica global, cuyos efectos son más serios de lo que a primera vista parecería. Por un lado, a millones de personas en el mundo se les niega la posibilidad de buscar mejores condiciones, e incluso de escapar de situaciones en las cuales su vida y su integridad corren peligro. Por otra parte, a las economías desarrolladas, o a las economías que avanzan velozmente hacia el desarrollo, se les impide incorporar a su proceso económico este factor humano, el cual necesitan de manera urgente y masiva, en particular cuando su desarrollo es rápido y cambiante. Las relaciones de oferta y demanda de recurso humano a nivel global se perturban, y se generan grandes desigualdades en los ingresos.

Esta reforma migratoria, como muchas otras iniciativas de la administración Bush, ha sufrido por causa del muy escaso apoyo de que goza dicho presidente. Hay una esperanza, entonces, de que cuando los tiempos cambien se presenten de nuevo propuestas racionales de reforma. En la cuestión migratoria, el mundo no puede añadir más frustraciones a las que ya tiene.

* “What should trade negotiators negotiate about?” Journal of Economic Literature, XXXV, marzo de 1997, pp. 113-120. 

 
Instituto Libertad y Progreso
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