Opinión

  • | 2011/03/08 10:00

    La gran recesión y la importancia de una regla fiscal

    La Gran Recesión de 2008-2010 propició políticas fiscales expansionistas alrededor del mundo. Y con ellas, un aumento en el déficit de gobiernos centrales. Opinión de Daniel Gómez Gaviria.

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El famoso plan de estímulo de Obama incrementará el déficit del gobierno federal de Estados Unidos en cerca de US$800 billones. Sumado a la presión sobre los sistemas de seguridad social y salud, la crisis puso en el centro del debate económico alrededor del mundo la sostenibilidad del déficit fiscal y lo que el déficit nos dice sobre el tipo de Estado que se quiere.

Los diferentes planes de gasto gubernamental revitalizaron el debate sobre la efectividad y la conveniencia de usar una política fiscal expansionista y discrecional para mitigar el ciclo económico. El debate ha girado alrededor de dos ejes principales: la fuente principal de la recesión y la efectividad y eficiencia relativa de la política monetaria y de la política fiscal como métodos de estímulo.

El debate se ha dado principalmente entre los dos campos tradicionales de keynesianos y economistas clásicos. Los keynesianos creen que la recesión se debe a una caída de la demanda agregada, y que los precios y los salarios no se ajustan lo suficientemente rápido para reactivar la generación de empleo. Sugieren que la política monetaria es ineficaz ya que las tasas de interés están cerca de cero, y por tanto ven un rol fundamental para una política fiscal contra-cíclica.

Los economistas de corte clásico ven un rol más importante para el lado de la oferta y creen que la recesión es producto del proceso lento y costoso de reasignación de factores de producción específicos que fueron mal-asignados hacia finca raíz, construcción y el sector financiero durante la burbuja hipotecaria. Los clásicos creen que el multiplicador fiscal es menor a 1 y que las políticas fiscales expansivas han demorado el ajuste de precios y salarios requeridos para salir de la recesión. En particular, los críticos de las políticas keynesianas han señalado cómo las políticas implementadas por muchos gobiernos han afectado negativamente los incentivos de generación de empleo y la oferta de trabajo.

Pero hay una segunda escuela de pensamiento crítica de las políticas keynesianas y el gasto público discrecional que ha sido un poco menos prominente en el debate público: la escuela de la escogencia pública que promueve la idea de las reglas fiscales. La idea fue desarrollada en el famoso libro de James Buchanan, premio Nobel de Economía, y Richard Wagner: “Democracy in Déficit: The Political Legacy of Lord Keynes.” James Buchanan recibió el Nobel por sus aportes a la teoría de la escogencia pública, o el análisis económico de las decisiones políticas y la política económica.

En “Democracy in Déficit”, Buchanan y Wagner argumentan que aunque las políticas keynesianas implican déficits públicos durante recesiones y superávits durante expansiones, los incentivos políticos llevan a un sesgo hacia los déficits que hacen que en la práctica las políticas keynesianas se usen para justificas expansiones del sector público y déficits cada vez más grandes.

Hay varios factores que llevan a un sesgo deficitario y a un sesgo hacia un sector público más grande. En primer lugar, el factor de descuento: los votantes y los políticos le dan más peso a beneficios presentes y menos a costos futuros. Esto tiende a favorecer proyectos de gasto hoy financiados con impuestos futuros. Si el análisis costo-beneficio se hiciera correctamente de modo que todo proyecto de gasto tuviera un valor presente positivo no habría demasiado problema, pero los costos futuros suelen ser abstractos, recaer sobre generaciones futuras y sobre todo, afectan el contexto electoral de políticos en el futuro. Para el gobernante de turno siempre es atractivo mostrar beneficios tangibles y a corto plazo aumentando gasto y bajando impuestos y pasarle la cuenta de cobro a sus sucesores.

Adicionalmente, los beneficios de programas de gasto generalmente benefician a grupos particulares de la población mientras que los costos son asumidos por un grupo mucho más amplio y menos definido de contribuyentes. Los programas de gasto crean rentas para grupos de interés que invierten cuantiosas sumas para proteger sus rentas a través de contribuciones a campañas políticas y otras actividades de lobby político.

Finalmente, el sesgo keynesiano es amplificado por el deseo de que “el gobierno haga algo” cada vez que hay algún cambio en el ciclo, o algún shock externo. Todo lo anterior lleva a lo que Cass Sunstein, Czar Regulatorio de Obama, ha llamado el “sesgo hacia la acción” en las políticas públicas. Siempre se espera que el gobierno actúe, y esto normalmente involucra mayores gastos, costos ocultos y resultados inesperados.

El mismo análisis de Buchanan y Wagner, que luego inspiró toda un área en economía sobre reglas y discreción, ciclos políticos e incentivos en la política macroeconómica, justifica la idea de una regla fiscal para Colombia que obligue al gobierno a ahorrar en tiempos de bonanzas. La regla evita problemas de inconsistencia temporal y sirve de contrapeso al natural sesgo deficitario que Buchanan y Wagner predijeron hace ya más de 30 años. En hora buena el gobierno pasado convocó a un comité técnico interinstitucional conformado por técnicos del Banco de la República, el Ministerio de Hacienda y el Departamento de Planeación Nacional para analizar y sugerir una regla fiscal para Colombia. Y en hora buena el actual gobierno incluyó en su paquete de reformas la sostenibilidad y regla fiscal.

Dados los incentivos políticos que Buchanan y Wagner magistralmente introdujeron a la teoría macroeconómica, no es sorprendente ver la oposición vehemente de sectores políticos a estas iniciativas.

 

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