Opinión

  • | 2010/10/30 15:00

    La economía comportamental y la política económica

    Hay al menos cinco sesgos aplicados al análisis de políticas públicas y regulación, que han identificado los sicólogos y los economistas comportamentales, que dan razones para ser muchísimo más cautelosos al implementar nuevas leyes y actividades de regulación. La opinión de Daniel Gómez G.

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En la primera clase de su curso doctoral en economía comportamental en la Universidad de Chicago, Richard Thaler menciona la crisis financiera, y en particular el desastre en el mercado hipotecario, como evidencia de la muerte del paradigma del homoeconomicus y la relevancia de la economía comportamental; la rama de la economía que usa elementos de la sicología para entender la toma de decisiones económicas. En su libro “Nudge” con Cass Sunstein, Thaler propone un nuevo marco conceptual para la formulación de políticas públicas y regulación basado en las enseñanzas de esta rama de la economía que hace énfasis en la observación de anormalidades comportamentales relativas al paradigma neoclásico.

Desde que Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía en el 2002, esta rama de la economía ha venido ganando adeptos. No solo en la academia bajo la batuta de Kahneman, Thaler, Tversky, Camerer, Loewenstein, Shafir, Rabin, Laibson y Fehr, sino también en círculos de política económica. Sunstein se desempeña como Zar de Regulacion de Obama, Thaler tuvo alguna influencia en los asesores de Obama durante la campaña de 2008 y ahora es consejero del partido conservador en el poder en el Reino Unido. Hasta las autoridades de competencia tanto en Estados Unidos como en Europa han empezado a pensar en las implicaciones de la economía comportamental para la formulación de la política de competencia.

La economía comportamental se ha enfocado en explicar fenómenos como los efectos de tropel en mercados financieros, el sesgo pro-estatus-quo, el sesgo ex-post, la aversión a las pérdidas, y otros denominados “errores” en el comportamiento observado de los consumidores. Basados en estas observaciones, la economía comportamental ha sugerido que existe un papel fundamental para el gobierno que puede, y debe, implementar regulaciones que le ayuden a la gente a evitar errores. Algunos ejemplos son las recientes leyes para disminuir el consumo de gaseosas y ácidos grasos en Nueva York y elementos de la ley del sector financiero en USA.

Los críticos del enfoque comportamental a la política económica y la regulación han sugerido que los mismos sesgos que afectan la toma de decisiones del consumidor afectan a los hombres y mujeres que diseñan y que implementan las nuevas leyes y regulaciones. Sin embargo, esta área ha sido objeto de muchísimo menos estudio. En un artículo reciente para el libertario Instituto Bruno Leoni, en Italia, el investigador Slavisa Tasic identifica 5 sesgos comportamentales que pueden socavar la efectividad de las regulaciones y las políticas públicas: sesgo hacia la acción, sesgo de motivación, la ilusión de lo observable, el sesgo afectivo, y la ilusión del saber.

El sesgo hacia la acción es la tendencia de aquellos con responsabilidades políticas de “hacer algo” para solucionar problemas. Aún cuando hacer algo puede ser peor que no hacer nada. Este sesgo viene a la vez de la presión mediática y la expectativa de que el gobierno debe “hacer algo.” Cada vez que hay algún problema, el gobierno y los legisladores se apresuran a pasar nuevas leyes, crear nuevas regulaciones y nuevas burocracias encargadas de resolver el problema. Con frecuencia las nuevas leyes tiene demasiados efectos colaterales imprevistos que terminan limitando y hasta eliminando cualquier posible beneficio de la nueva ley. Es posible que este sea el caso de muchas de las nuevas leyes y regulaciones propuestas después de la crisis financiera.

El sesgo de motivación dice que normalmente creemos lo que nos conviene creer. En el caso de los reguladores, es la creencia de que toda falla en nuestro sector amerita nuevos poderes regulatorios. Por ejemplo, la crisis financiera inmediatamente fue usada para proponer que el problema era la desregulación. Los reguladores rara vez promueven desregulación.

La ilusión de lo observable se basa en los escritos famosos del economista francés Frédéric Bastiat. Normalmente vemos el efecto directo de la regulación y de la acción gubernamental pero no los costos implícitos. En el escrito original de Bastiat el caso que se usó fue el de la ventana rota: es una falacia creer que una ventana rota crea empleo. Lo único que observamos fue el empleo generado para el obrero que arregló la ventana, pero no observamos los empleos sacrificados debido a la desviación de recursos que no podrán ser usados para cenar por fuera, o cambiar la alfombra. Esta crítica es pertinente cuando pensamos en políticas contra-cíclicas y estímulos fiscales. 

El sesgo afectivo indica que solemos descontar los costos de aquello que nos gusta más de lo que descontamos los costos de lo que nos disgusta. Por ejemplo, el derrame de petróleo este verano en el Golfo de México probablemente mató a cerca de 1,300 aves desatando la ira de grupos ambientalistas y manifestaciones en contra de la exploración de petróleo en aguas profundas. Sin embargo, se calcula que anualmente mueren en Estados Unidos entre 75,000 y 275,000 aves, entre ellas algunas en peligro de extinción a causa de los generadores de energía eólica. A pesar de lo anterior, los productores de energía eólica no están sujetos al tipo de escrutinio y regulaciones del que son objeto las compañías petroleras.

Finalmente, la ilusión del saber. Estudios sicológicos han mostrado cómo tendemos a sobreestimar nuestro conocimiento de cosas de las cuales sabemos realmente poco. El ejemplo más reciente son los ciclos económicos. A pesar de no existir mayor consenso sobre las causas de las recesiones y los booms, durante recesiones los encargados de políticas públicas parecen confiar excesivamente en ideas como el multiplicador fiscal y la capacidad del gasto público de reducir la severidad de la recesión.

Estos cinco sesgos, y muchos más que podríamos sacar de la literatura en sicología y la misma economía comportamental, aplicados al análisis de políticas públicas y regulación, proporcionan razones para ser escépticos y muchísimo más cautelosos a la hora de implementar nuevas leyes y actividades de regulación.

El autor es candidate a PhD en Business Economics, Universidad de Chicago.

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