Opinión

  • | 2007/09/07 00:00

    Hobbes: un pensador de auténtica vigencia

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El Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional acaba de anunciar un magnífico curso, abierto al público, sobre la filosofía política y social de Thomas Hobbes, aquel colosal filósofo, tan frecuentemente malentendido, autor de una obra fundamental en el pensamiento político de la modernidad: “Leviatán”. Es muy usual decir de cualquier pensador del pasado que sus ideas “siguen teniendo vigencia”. Pero el caso de Hobbes desborda esa trillada formulilla: en mi opinión, las ideas de Hobbes no solamente tienen vigencia, sino que, particularmente por su manera de abordar los problemas de la organización social y política, es Hobbes quien más nos puede hablar sobre el presente y el futuro de nuestras propias sociedades.

Muchos lectores a esta altura pueden estar algo asustados. ¿Acaso no es Hobbes un defensor del autoritarismo?; ¿acaso no es él mismo un antónimo de democracia y sociedad abierta?; ¿no es este el pensador que postuló un soberano omnipotente, cuya autoridad excede cualquier consideración sobre los derechos individuales? Estas ideas suelen configurar la visión que generalmente se tiene de Hobbes. Algunas de ellas se aproximan a la verdad, aunque sólo de manera tangencial.

Esta visión de Hobbes ignora lo que, a mi juicio, es su más importante legado: su visionario concepto según el cual el Estado no debe ser nada más que un instrumento del que nos valemos los humanos para poder convivir en paz. No es la encarnación de un ideal de justicia ni de un sistema de principios éticos. De ser así, no habría acuerdo posible sobre cuál ideal de justicia debería personificar la organización política. Hobbes pensaba, como lo dijo en una memorable frase de su “Leviatán”, que “durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les inspire gran respeto y acatamiento, se hallan en esa condición a la que se llama guerra; y tal guerra es de todos contra todos”. Es decir, nos organizamos en una sociedad política sólo para evitar esa guerra de todos contra todos, no para dar realización a ideales o utopías.

En la sociedad contemporánea, agitado escenario en el cual la diversidad se hace visible, y en el cual la propia diversidad cambia constantemente, un verdadero proyecto político de democracia liberal debe concebir al Estado como un instrumento que permita, en esa diversidad dinámica, la coexistencia de las muy diferentes visiones que existen sobre la ética, la política, la vida personal, la moral sexual, la vida religiosa, la vida no religiosa, etc. Sobre todo porque, en una sociedad tan plural, las diferencias sobre los conceptos de justicia que debe encarnar el Estado son mucho más drásticas y múltiples. Esto es un proyecto de pura estirpe hobbesiana, aunque su consecuencia no sea un soberano dotado de todos los poderes.

A este proyecto, el filósofo John Gray le ha dado el nombre de “Modus Vivendi”: es un “modo de convivir”; lo que se busca no es otra cosa que ciertas condiciones que nos permitan vivir juntos, así nuestras creencias sean diferentes. En su obra “Las dos caras del liberalismo”, Gray reconoce a Hobbes como el padre intelectual de esta perspectiva. Es un enfoque de tolerancia radical. Es un enfoque en el cual el Estado se retira de toda deliberación sobre lo que es bueno para el individuo, y se limita a mantener las condiciones para la coexistencia. Es, a mi modo de ver, el único enfoque viable para un proyecto liberal integral, es decir, político, económico y social.

Ahora bien: esta no es la única manera en la cual Hobbes se aproxima a los ideales políticos de la libertad y la democracia. Es su propia obra, y de manera más directa, Hobbes reconoce al consenso ciudadano como la fuente del poder. Es un firme creyente en la igualdad ante la ley y en la libertad económica. Y entendió que la obediencia a la ley, en la medida en que esta garantiza nuestra coexistencia, no requiere conformidad interior. Un avance más moderno de esta idea nos diría que debemos acatar las normas, pues en ellas descansa la convivencia social; pero no por eso estamos obligados a pensar que sean normas buenas, y habrá instancias para deliberar sobre tal cosa.

Y, en todo caso, Hobbes abordó una preocupación que sigue vigente: ¿cuál es el fundamento de la autoridad, y por qué le debemos obediencia? Hobbes ofreció su idea de qué tipo de autoridad estaría justificada, y aunque no estemos de acuerdo con su conclusión, tendremos que aceptar que su enfoque tiene hoy una validez acentuada, gracias a las circunstancias globales de pluralidad e intercambio.

 
Instituto Libertad y Progreso
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