Opinión

  • | 2007/06/08 00:00

    Globalización, cultura y economía

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Las gigantescas protestas contra el G8 revivieron las imágenes del movimiento anti-globalización, esa coalición heterogénea y espontánea de la cual tuvimos noticia por primera vez, de manera un poco abrupta, durante la reunión de la Organización Mundial de Comercio OMC en Seattle, en 1999. Digo heterogénea, porque en ella se pueden encontrar expresiones ideológicas muy diversas. Tanto, que si se lo propusieran, encontrarían muy difícil ponerse de acuerdo en una buena cantidad de temas. Los marxistas de vieja data, por ejemplo, no compartirían la visión anti-industrial de los románticos o luddites; algunos relativistas culturales chocarían fuertemente con quienes demandan derechos para las mujeres y las minorías.

Dentro de este amplio espectro, siempre he creído que la tesis más interesante y radical es el ataque a la globalización por su presunto impacto cultural. De acuerdo con esta tesis, la apertura de fronteras al comercio, la inversión, y los demás flujos económicos, amenaza la supervivencia de las culturas locales, y terminará finalmente creando una especie de cultura única global. Y lo peor, será una cultura simplona y consumista.

Jerry Mander, en el libro The Case against Global Capitalism [Los argumentos contra el capitalismo global] sintetiza así esta visión: “El resultado neto es la monocultura; la homogeneización de la cultura, las formas de vida y el nivel de inmersión tecnológica, con lo cual sobreviene un desmantelamiento de las tradiciones y las economías locales”.

Estos argumentos suelen aparecer con fuerza dentro de las negociaciones comerciales. Recordemos que, durante la negociación de nuestro TLC, un cierto grupo de artistas y empresarios advirtió sobre la hecatombe cultural que nos esperaba por causa de dicho tratado. Lo mismo ha sucedido en las negociaciones multilaterales: durante la cumbre de la OMC en Cancún, en 2003, participé en un debate en el cual una delegada de cierta ONG se lamentó de que en Cancún había 16 restaurantes Mc Donald’s, tragedia por la cual no dudó en culpar a la OMC.

Tesis estas muy interesantes, sin lugar a dudas, pero débiles por muchos flancos.

En primer lugar, no encuentro que estos reclamos sean necesariamente concordantes con las realidades de la globalización. De hecho, incluso podría sostenerse que la globalización ha fortalecido a las culturas locales, por el mero hecho de que les ha permitido exponerse frente a un auditorio global, y las ha liberado de dos factores que antes las oprimían: el aislamiento, y la dependencia de la burocracia para poder salir al mundo. Hoy por hoy nadie necesita que un ministro le ayude a exponerse ante el mundo: puede hacerlo por YouTube, seguramente con mayor éxito que si el ministro le hubiese ayudado, y a menor costo.

Por otro lado, creo que el principal problema de esta tesis es su cercanía con otras ideas que son aterradoras. En efecto, quien se lamenta de que la apertura política y económica permite un intercambio que puede inducir transformaciones en las culturas locales, está a un paso de afirmar que debe haber mecanismos de coerción que obliguen a los individuos a seguir ciertos estándares culturales. Por más que a los nostálgicos les molesten los cambios culturales, deben reconocer que la alternativa implica forzar a los individuos a seguir cánones impuestos por la fuerza de la ley. Ellos dirán que los cánones que vienen con la globalización también son imposiciones, pero esta es una metodología tramposa, consistente en calificar de imposición una opción cultural libre sólo porque no la comparto. A menos que estemos dispuestos a vivir en un mundo muy abierto al totalitarismo, tenemos que reconocer como principio fundamental que las preferencias culturales de los individuos son soberanas, por más que no nos gusten o tengamos otras.

Otro aspecto lamentable de esta visión es su carácter discriminatorio: generalmente, la tesis se dirige contra los cambios culturales en comunidades nativas del tercer mundo. Es como si ciertos intelectuales sofisticados de los países ricos quisieran conservar a estas comunidades como piezas de museo, y poner una camisa de fuerza a sus posibilidades de cambio cultural. Y cuando la tesis viene de “representantes” de dichas comunidades, muchas veces esconde tras de sí consideraciones de poder: para mantener mi poder, no puedo permitir que mi comunidad cambie, o abra sus ojos al mundo. Y de esto último generalmente las víctimas son las mujeres, quienes en muchas partes del mundo son condenadas por su “cultura” a la inmovilidad y la humillación, con el aplauso de muchos intelectuales de occidente.

* Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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