Opinión

  • | 2009/11/27 10:40

    El regionalismo bobo

    El gobernador del Valle inició un movimiento para que EPSA no pase a manos de Colinvers. El argumento: no permitir que las empresas vallecaucanas caigan en manos de los antioqueños. La opinión de Manuel Maiguashca.

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Antes que la Humanidad practicara la agricultura, los Hombres vivían en tribus nómadas persiguiendo sus presas. No existía tal cosa como el regionalismo. Lo más cercano era la cooperación en la persecución sigilosa de mamuts o en la recolección de frutos y nueces salvajes. Altruismo entre semejantes ligados por la genética aún sin el arraigo a un lugar específico.

 

Hace un poco más de 10.000 años esto cambio. El Hombre comenzó a cultivar la Tierra y a domesticar animales. No había que cazar mastodontes para obtener proteínas, bastaba con hervir los granos de frijol o simplemente comer una gallina del corral. Todo esto en el mismo sitio. Con excedentes de alimentos, la población creció y los nutrientes cultivados servían, no solamente a los ágiles cazadores y recolectores, sino a líderes políticos, soldados y artistas. Los sentimientos de arraigo a lugares particulares se instalaron según los favores en recursos de éstos. Primeras escenas de regionalismo.

 

Colombia es un país con un particular regionalismo. Al ser el tercer país más accidentado en topografía, existen muchos rincones entre sus montañas que han creado microculturas. Y a pesar de compartir en términos generales la esencia del catolicismo, cuentan con diferentes recursos naturales, climas, matices étnicos, dietas y formas de gozar la vida.

 

Estos rincones son densos en población; vitales como acervo de votantes en la pugna política. En gran parte, por eso tenemos un país con una democracia de característico vigor y tradición. Por ser tantos, en lugares tan diversos acudimos a la regla de la opinión de la mayoría para poder convivir. Por esa misma accidentada geografía es difícil gobernar el país con políticas comunes y muchas veces se acude a la regla del equilibrio regional.

 

Generalmente este discurso proviene de las fuerzas regionales hacia el gobierno central para esculcar los favores de las política públicas. En algunos casos resulta en la construcción de un consenso sobre prioridades pero en la mayoría termina utilizándose como un bálsamo para que a través de micro gustos se suavice el paso de reformas mayores o el silencio en el debate. Por eso en las leyes generales aparecen proyectos pequeños repartidos por el país y no los prioritarios antes la escasez de recursos. Por eso es que Colombia cuenta con un aeropuerto internacional en Cartagena y otro en Barranquilla, aeropuertos locales en Armenia, Manizales, Pereira y Cartago y centrales eléctricas a gas en Cali. Esto sucede en muchas democracias del mundo.

 

Pero no solamente el regionalismo sirve en el mundo público. A veces exagera su irracionalidad y se involucra en los negocios privados. Un ejemplo es el que protagonizan algunos de mis coterráneos del Valle del Cauca.

 

Desde hace unos meses se anunció la compra de parte de Colinvers, empresa con sede en Medellín de un porcentaje mayoritario de la Empresa de Energía del Pacífico (EPSA), hoy en manos de la española Unión Fenosa. A raíz del anuncio el gobernador del Departamento y algunos empresarios se alarmaron e iniciaron un movimiento para que EPSA no pase a manos de los paisas. A través de una alianza entre locales, incluyendo la Gobernación se busca ripostar la oferta económica del primero. El argumento: no se puede permitir que las empresas vallecaucanas caigan en manos de los colonizadores de Antioquia. No importa que se requieran los recursos de la Gobernación en la educación salud e infraestructura del Departamento. No importa la precaria condición financiera del mismo. No hay análisis de rentabilidad. No importa que por más de diez años la empresa tuviese accionistas españoles y un excelente servicio. Se despierta en exclusiva emotividad ante el hecho que son foráneos paisas los compradores. El regionalismo bobo.

 

Seguramente la iniciativa no logre los adeptos. La Gobernación no cuenta con los recursos y los empresarios vallecaucanos finalmente no avanzarán en juicios que no incluyan rentabilidad a largo plazo. Colinvers es una excelente empresa y el patrimonio de la Región, que es la prestación de un servicio eficiente y con calidad, seguirá intacto.

 

La lección es que la exaltación del regionalismo requiere mesura y juicio, sobre todo en los gobernantes. La incomodidad de la colonia de ajenos impone que propios deben ser retraídos.

 

¿Les pidieron permiso Shakira, o Juanes, o García Márquez, o Silvia Tcherassi a los ciudadanos del mundo para implantar su talento? ¿Es el temor el que hace que grandes firmas vallecaucanas como Carvajal, Manuelita o MAC conquisten mercados, cuando abren sedes en Brasil, Perú, Estados Unidos o Medellín? ¿Acuden éstas al rumbo diplomático de la vallecaucanidad o la confianza en su eficiencia?


Descansar superioridades basados en la emotividad del arraigo regional puede ser un argumento contraproducente, a menos que se esté gozando de un partido de fútbol. Logra solamente una xenofobia insulsa y atrasos en el desarrollo.




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