Opinión

  • | 2007/12/21 00:00

    El gran reto intelectual del 2008

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Pido una licencia navideña a los lectores para escribir una columna no analítica, más propia de una tertulia, en la que compartiré dos opiniones personales sobre temas que me inquietan. Al primero de estos lo considero un reto intelectual de enorme trascendencia para el mundo, y por eso invito a que empecemos por ahí.

Hace poco escuché a un amigo, un hombre de edad, suspirar con cierta añoranza por las épocas de la Guerra Fría. Eso en principio puede sonar absurdo, e incluso condenable, si no entendiéramos qué era lo que causaba el suspiro de mi amigo. No era la configuración política del mundo de ese entonces, ni la posibilidad permanente de una guerra de aniquilación nuclear, ni la gran cantidad de conflictos sangrientos y dolorosos que se libraban en la periferia de los grandes bloques. No. Lo que mi amigo añoraba es que, con todas sus dificultades, este era un mundo relativamente fácil de comprender.

En efecto, la Guerra Fría se “libró” entre países o bloques que, para usar la terminología económica, podrían sin problema ser considerados “actores racionales”, lo cual quiere decir que orientaban sus acciones de acuerdo con lo que más les convenía, y esto incluía su supervivencia y preservación. Gracias a esto, se formó un equilibrio delicado y tenso en apariencia, pero sólido en sus fundamentos: ninguno de los dos bloques quería entrar en una guerra con el otro, pues sabían que de suceder esto, sufrirían enormes pérdidas, tal vez irreparables, incluso si resultaban vencedores. ¿De qué me valía aniquilar a mi enemigo por completo, si en mi propio territorio iban a explotar centenares de bombas nucleares, que lo harían inhabitable y borrarían en un segundo a la mitad de la población? El deseo de mantener ese equilibrio incluso llevó a que se atenuaran algunos de los conflictos periféricos de que antes hablaba.

Hoy por hoy, sabemos bien, las cosas no son iguales. La amenaza nuclear no desapareció, sino que se hizo más compleja: ahora nos aterramos ante la posibilidad de que un país como Irán, guiado en su política por una doctrina de fanatismo religioso, llegue finalmente a construir su propio arsenal nuclear. También nos aterramos ante la posibilidad, lamentablemente no descabellada, de que un terrorista pueda hacer explotar una pequeña bomba atómica en una gran ciudad, movido también por la ceguera religiosa, y feliz de morir al hacer esto. El Informe Nacional de Inteligencia (NSE) más reciente presentado a la Casa Blanca dice que Irán detuvo su programa nuclear hace cuatro años. Pero en tal conclusión intervino la CIA, la más torpe e ineficaz de las grandes agencias de inteligencia del mundo, como bien se muestra en el excelente libro “Legacy of Ashes: the History of the CIA”, de Tim Weiner, recientemente publicado. Por tanto, muy pocos toman ese informe en serio.

Ahora bien, hilemos fino y veremos que estos nuevos actores no son irracionales, sino que su racionalidad responde a incentivos diferentes, con los cuales no estamos preparados para luchar: la virtud del martirio, los placeres de la vida eterna, las recompensas divinas, el servicio a la divinidad por sí mismo, etc. La capacidad de disuasión ya no vale tanto, pues poco ganamos con apuntar nuestras armas hacia alguien que está más que dichoso de morir. La manera en que lidiaremos con estas amenazas constituye el gran reto intelectual de los próximos años.

Una reflexión final, y muy distante de la anterior: terminará en pocos días el período como alcalde de Lucho Garzón, cosa que también plantea un interesante reto intelectual: en mi concepto, es una de las alcaldías más mediocres que haya visto Bogotá en las décadas recientes. Sus logros son muy pocos, aunque algunos de ellos sean dignos de alabanza, como son los programas de alimentación en zonas de pobreza extrema. Pero este programa, valioso como pocos, no hace por sí solo una buena alcaldía. Nos dicen que se construyeron muchos colegios: cualquier construye, para eso sólo se necesita dinero. Lo que está por verse es la sostenibilidad de una estrategia educativa concentrada en el aparato público, afectado por enormes problemas, en particular los intereses del poderoso sindicato Fecode.

Lo demás es simplemente desastroso: hoy Bogotá es más peligrosa para el ciudadano común, la infraestructura vial está en uno de sus peores momentos, ni siquiera pudieron organizar decentemente cobros de valorización y actualización catastral, y esta ciudad, que había ganado mucho en cultura ciudadana, exhibe hoy por todas partes las peores manifestaciones de comportamiento cívico. Y aun así, el alcalde que presidió sobre este mediocre desempeño tiene una imagen positiva muy elevada, la cual seguramente se debe a su carisma personal, y a su gran capacidad de hacer chistes y dichos simpáticos. Otra cosa difícil de entender.

*****

A todos los lectores de esta columna deseo agradecerles de modo muy sincero, por leerla, por sus comentarios, y por los numerosos mensajes que recibo y que aprecio mucho. A todos les deseo una feliz temporada navideña, y lo mejor para el año que comienza. Nos vemos en enero.

 
*Instituto Libertad y Progreso
andresmejiav@gmail.com

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