Opinión

  • | 2011/09/13 07:00

    ¿El fin del euro?

    Aunque con aspecto demacrado hoy, al euro parece le quedan muchos años más de vida. No tanto porque los países europeos estén encantados con su presencia, más por lo incomodo que resulta en esto momento remplazarlo. La opinión de José Ignacio López, profesor del HEC, Paris y NUEVO COLUMNISTA DE DINERO.COM

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Mientras las malas noticias económicas en Europa no cesan, algunos comentaristas han sugerido que los días del euro están contados. No cabe duda que las autoridades económicas europeas se lamentan hoy más que nunca del diseño incompleto que los llevó a adoptar una misma moneda. No obstante, una cosa es lamentarse de lo que pudo haberse hecho, y otra muy distinta es dar marcha atrás al euro como proyecto de moneda común.

Para los países del sur, que son precisamente los que están en medio del huracán de la crisis fiscal, abandonar el euro sería un suicido económico en el corto plazo. Si Grecia, por ejemplo, quisiera adoptar nuevamente el dragma como moneda tendría que imponer, casi con certeza, un control financiero y de capitales al mejor estilo del corralito financiero argentino. Cualquier intento de los países hoy más afectados, Grecia, Portugal o incluso eventualmente España o Italia, por abandonar el euro, llevaría a los inversionistas, propios y extraños, a convertir activos locales por extranjeros. De hecho, la única forma de reintroducir alguna de las antiguas monedas locales, sería violentando una parálisis de los sistemas financieros locales. La caída del PIB de Argentina en 2002 de casi 11% es un recordatorio sombrío de lo costoso que podría llegar a ser dicha política.

Por otro lado, los países nórdicos, en particular, Francia y Alemania, a pesar de que se han visto forzados a salir al rescate de las economías más frágiles, siguen gozando de las ventajas de competitividad que el recién debilitado euro les ofrece. Relativo a otros países como Japón o Suiza que están experimentando fuertes revaluaciones de sus monedas, las exportaciones de Francia y Alemania siguen mostrando un mayor dinamismo, por cuenta de las caóticas noticias económicas de sus vecinos del sur y sus efectos en la cotización del euro. Abandonar la moneda europea, ya sea creando un club más exclusivo o volviendo a sus monedas nacionales, llevaría a Francia y/o Alemania a experimentar una apreciación del tipo de cambio, indeseable para sus exportaciones. Dar marcha atrás al euro implicaría para éstas economías también un período amargo de ajuste.

Así las cosas, hay un fino balance entre cuánto están dispuestos a soportar ( y a aportar) los países mas fuertes a cambio de mantener los beneficios de un mercado común con una moneda que proteja sus sectores de exportación. También hay un frágil balance político al interior de dichos países entre quienes se ven mas beneficiados (los exportadores) y el ciudadano promedio que observa cauteloso como parte de los recursos fiscales terminan en programas de rescate de otras economías.

La decisión de mantener un sistema monetario común será finalmente de naturaleza política, pero los argumentos económicos apuntan más hacia una profundización del proceso de integración mediante nuevas reglas de regulación financiera y más austeridad fiscal. Aunque de aspecto demacrado, al euro parece le quedan muchos años más de vida. No tanto porque los países europeos estén encantados con su presencia, más por lo incomodo que resulta en esto momento remplazarlo.

Profesor HEC Paris

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