Opinión

  • | 2007/07/13 00:00

    Dos países, dos ciudades, dos modelos

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Una de las imágenes más impactantes que he visto en mi vida es una foto satelital nocturna de la península coreana, publicada en un informe especial de la revista The Economist (abril 18 de 2003). En el sur, la península brilla con miles de luces; se pueden ver grandes puntos luminosos, centros urbanos, conectados por líneas también muy iluminadas: autopistas modernas que unen esos puntos de luz. En el ascenso hacia el norte, en un cierto lugar, a saber, el paralelo 38, todo cambia de manera drástica. Del paralelo 38 hacia el norte sólo hay oscuridad; no hay nada parecido al espectáculo de luces que se ve en el sur. Sólo en un punto, donde está ubicada Pyongyang, la capital de Corea del Norte, donde reina como terrible déspota el “Líder Querido” Kim Jong Il, se aprecia tímidamente algún asomo de luz.

Por supuesto, no es la luminosidad nocturna lo único que diferencia a las dos coreas. Y este ejemplo no es, tampoco, el único caso en el cual la distancia entre estas naciones vecinas y hermanas se hace percibir de manera tan impactante y hasta simbólica. Por ejemplo, quienes hayan visto el documental de National Geographic sobre las cirugías de cataratas que en Corea del Norte realizaba una misión occidental, gracias a un gentil permiso del “Líder Querido”, permiso pronto revocado, recordarán imágenes en verdad devastadoras, como la miseria y la inmundicia de las salas de cirugía del país. En Corea del Norte, por causa de la desnutrición y la pobreza extrema, la ceguera por cataratas es muy común, incluso entre jóvenes. Recordarán también que en la frontera, en unas salas especiales diseñadas para eventuales y breves reuniones entre los guardias del sur y los del norte, los surcoreanos, para abrir la puerta, deben ser siempre sostenidos con fuerza del brazo por un compañero suyo, para evitar que sean secuestrados y llevados al norte. Los guardias norcoreanos siempre patrullan en parejas: uno vigila la frontera, y otro vigila al guardia, para evitar que escape.

El caso de las dos coreas no es un contraste nuevo para la humanidad. Ya lo habíamos conocido antes, e incluso podría decirse que, en dicho contraste, yace la cuestión fundamental de la filosofía política: la contraposición entre un sistema en el cual el individuo está en todo subordinado al Estado, y otro en el cual el individuo es dueño de su vida y sus decisiones, siempre que no haga daño injustificadamente a nadie. En el primer modelo, el curso de la vida del individuo es determinado por ideales considerados superiores, o por el capricho de un líder; el Estado es el instrumento de realización de esos ideales, y la forma de realizarlos consiste en reprimir todo deseo o acción puramente individual, que salga de la línea previamente trazada. En el otro modelo, es el individuo quien determina el curso de su vida; el Estado no es más que un medio para impedir la violencia, administrar justicia y ejecutar algunas labores en pos del bienestar de los individuos.

La historia, muy generosamente, nos presenta este contraste con el caso de Esparta y Atenas, dos ciudades antiguas, ambas griegas, pero separadas por una visión del Estado y el individuo: Atenas, en palabras que Tucídides atribuye a Pericles, es una ciudad “abierta al mundo”; una ciudad en la cual el individuo es dueño de sí mismo. En Esparta, el individuo es propiedad del Estado, pues en virtud de un ideal superior se ha determinado que así debe ser. Además de las consideraciones éticas, ambos modelos admiten una comparación a partir de lo que producen. ¿Qué hemos recibido de Atenas, y de las ciudades que la siguieron? Un colosal legado de filosofía, arquitectura, escultura, música, teatro, poesía, geometría, astronomía, biología, historiografía, deportes, etc. ¿Qué heredamos acaso de Esparta, donde el prototipo de grandeza aplastaba al individuo? Nada.

Pero ese ideal de someter al individuo en virtud de grandes causas no ha muerto. Vivió en la Alemania Nazi, y en el mundo comunista, del cual todavía hay residuos. Vive en proyectos políticos como el de la Venezuela actual. Vive en los delirios de grupos fanáticos, como las FARC, capaces de alabar al régimen de Corea del Norte en comunicados de prensa. Y seguirá viviendo, pues siempre habrá alguien que se considere tan iluminado como para creer que todos los demás debemos someternos, por nuestro propio bien, a su sabiduría.

 

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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