Opinión

  • | 2010/10/24 06:00

    De drogas, prostitución y sexo gay

    ¿Qué tienen en común las drogas, la prostitución y el sexo gay? No, no son todos pecados. Todas estas actividades han sido, o son, ilegales o altamente reguladas y son crímenes sin víctima. Una visión económica de Daniel Gómez.

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¿Qué tienen en común las drogas, la prostitución y el sexo gay? No, no son todos pecados, ¡Monseñor! Todas estas actividades han sido, o son, ilegales o altamente reguladas. Crímenes sin víctima. Crímenes donde el principal o único afectado es el individuo. Actividades en las cuales la gente participa voluntariamente y que son criminalizadas, en virtud del poder de ciertos grupos sobre el Estado, convirtiendo a miles de personas en criminales vulnerando las libertades civiles, fundamento de una sociedad libre. Y de paso, generando toda una serie de efectos indeseados. Me explico.

 

Empecemos con las drogas. Los tres tratados principales criminalizando la producción de drogas son la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, enmendada por el Protocolo de 1972; el Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971, y la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas de 1988. Más de 170 países han firmado estos convenios e implementado leyes que criminalizan las sustancias sicotrópicas. ¿Cuál es la justificación para que el Estado determine qué debemos o que no debemos ingerir? El hecho de que sea “malo” no es razón suficiente. Dado que el principal afectado por el consumo de drogas es el individuo que ha escogido consumirlas la única justificación es una visión paternalista del Estado que debe protegernos de nuestras decisiones y una desconfianza suprema en la capacidad de las familias y las comunidades de manejar los problemas de sus propios miembros.

 

Además de violar nuestro derecho a intoxicarnos como bien nos plazca, la política de prohibición de drogas aumenta los márgenes de ganancia comparado con lo que serían si todas las drogas fueran legales. Los altísimos beneficios inducen entrada de nuevos productores que además son aquellos que tienen ventajas comparativas en mercados ilegales: criminales, bandidos, gente con poco respeto por las leyes e individuos dispuestos a cometer otros crímenes por proteger su negocio ilícito. El resultado, como ya es evidente después de 30 años de Guerra contra las Drogas, es el fortalecimiento de grupos ilegales, violencia y corrupción sin mayor efecto en el consumo. Todo por querer imponer por ley la escala de valores que un grupo quiere imponer sobre la manera de vivir nuestras vidas.

 

¿Qué tal el caso de la prostitución? Aún cuando en la mayoría de países la prostitución en sí no está tipificada como delito, las actividades relacionadas como los burdeles, la publicidad o la captación de clientes sí son ilegales. En Estados Unidos, con excepción de algunos condados, la actividad misma es ilegal. Y qué decir de algunos países islámicos donde la prostitución es castigada con la pena de muerte. En ausencia de coacción, ¿a cuenta de qué viene siendo ilegal que dos adultos de común acuerdo entren en una transacción donde el uno paga al otro por sexo?

 

Lo curioso es que frecuentemente oímos en debates sobre estos temas argumentos basados en nociones de explotación. Pero resulta que en transacciones de mercado el comprador y el vendedor son ambos ganadores: el uno paga por algo que el otro valora en al menos el precio pagado. ¿Cuál es el efecto de la criminalización? De nuevo, un aumento en las ganancias del negocio con un perverso efecto de selección y el surgimiento de redes de tráfico humano y crímenes conexos.

 

El sexo gay. Actualmente, el sexo gay es ilegal en 70 países. Las llamadas leyes de sodomía criminalizan cualquier acto sexual desviado de lo que se considera la norma, pero raramente han sido aplicadas a parejas heterosexuales, limitándose principalmente a sexo entre hombres. A ver. ¿Alguién puede por favor explicar las razones justificando que un grupo de legisladores pase una ley criminalizando el sexo consensual entre adultos del mismo sexo? ¿A cuenta de qué multamos y encarcelamos a personas por manifestar su amor en la intimidad de sus habitaciones? Adicionalmente, y en caso de que haya duda de lo aberrante de estas leyes, su aplicación requiere violaciones permanentes de la privacidad.

 

Estos tres ejemplos ilustran casos de intervención estatal en mercados, el mercado de las drogas y dos casos del mercado del sexo y las relaciones personales, justificadas en ideas como la irracionalidad de la gente en sus decisiones de consumo, una visión demasiado amplia de externalidades y una fe ciega en la capacidad del Estado de corregir comportamientos individuales y mejorar el bienestar de individuos que toman decisiones “equivocadas.” También ilustran el lio de la captura del estado por parte de grupos de interés, por ejemplo grupos ultra-religiosos, que logran imponer su escala de valores y sus creencias religiosas sobre el resto de la población a través de la formulación de leyes escritas a imagen y semejanza de sus textos sagrados.

 

Si queremos vivir en una sociedad realmente libre basada en la vigencia suprema de la libertad individual, el principio de la no agresión, el respaldo de la asociación voluntaria y la propiedad privada, debemos limitar la intervención estatal en mercados, entendidos en los términos Beckerianos más amplios, a sus justas proporciones determinadas por fallas de mercado y no por el vaivén del querer de aquellos en el poder.



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