| 8/24/2007 12:00:00 AM

Cómo ser un buen liberal, en economía (II)

Cómo ser un buen liberal, en economía (II)

por Andrés Mejía Vergnaud *

En mi columna anterior, expuse algunos elementos que, creo, pueden configurar una visión del liberalismo económico que tenga los pies en la tierra. Abuso de los lectores al continuar, en esta columna, con reflexiones sobre el mismo tema.

Nos habíamos detenido en Europa occidental, donde es evidente que las libertades individuales se valoran y protegen de la manera más íntegra, y esto sucede en un entorno en el cual el Estado tiene una participación en la vida económica que dista de ser mínima. Esta experiencia, junto con otras, ha probado que es falsa la profecía libertaria según la cual el crecimiento del Estado llevaría al totalitarismo.

Y es precisamente en la cuestión de Europa Occidental donde encontramos otra de las exageraciones sin fundamento de los liberales más radicales. Para la mayoría de estos, las economías europeas son un fracaso. Les encanta proclamar el “fracaso del Estado de bienestar”. Si por “Estado de bienestar” entienden el tipo de economía política que grosso modo existe en países como Francia, Alemania y Dinamarca, yo lamento no percibir por ninguna parte ese presunto gran fracaso.

Dirán que estas economías crecen a un ritmo muy lento, que en sus mercados laborales hay rigidez, que tienen alto desempleo, que hay mucha burocracia, que la vida no es fácil para el emprendedor, que no hay riesgo ni innovación, etc. Empecemos por decir que, si bien algunos de estos síntomas afligen de manera muy severa a ciertas economías europeas, sería una generalización injustificada decir que este cuadro, tomado de manera integral, representa la forma de ser de todas las economías de Europa. Alemania, coloso de las exportaciones, crecerá cerca de un 3%, y es un hervidero de innovación. Esto último es cierto de otros países de la región, como algunos de los escandinavos. El desempleo en Dinamarca es apenas del 3.5%, en Noruega del 2.7%, y en el área del Euro del 6.9%. Pero además, allí donde estos problemas son reales, y hay que decir que en algunos países son críticos, nada impide que mediante ajustes en el modelo se pueda llegar a mejores resultados.

Un buen liberal sabe que, para un país no desarrollado, es muy difícil alcanzar el desarrollo dentro de esquemas tan rígidos como los de las citadas economías europeas. Pero sería capaz de reconocer que no es cierto que dichos esquemas sean un irremediable fracaso. Además, entendería que resulta un poco ridículo decir, frente a los pobres del mundo no desarrollado, que los países europeos, con sus elevados niveles de vida, son economías y sociedades malogradas. Y reconocería que en un aspecto crucial, a saber, la fortaleza del Estado de Derecho, estos países superan de lejos a muchos de aquellos que supuestamente son prodigios económicos.

Un buen liberal también debe admitir que en un orden de mercado carente de restricciones, regulaciones y vigilancia, incluso algunos de los valores más propiamente liberales corren riesgo de ser gravemente vulnerados. Un ejemplo de esto es la libre competencia: más allá de ciertas fantasías deductivas, no hay razón alguna para pensar que, en ausencia de autoridades y reglas sobre la libre competencia, no se presentarán situaciones que la reduzcan. En el discurso de algunos liberales extremistas se dice que, si hay un monopolista, hay también una oportunidad de mercado, pues puede seducirse a los consumidores con mejores precios o mayor calidad, y que por tanto, algún emprendedor aprovechará esto y romperá el monopolio. Como decía en la columna anterior, esta forma de argumentar, basada en promesas en las que se debe tener fe, es sumamente pobre y poco convincente. Hay muchas razones, tanto teóricas como empíricas, para pensar que un monopolio puede, por largo tiempo, prolongar su existencia y desplegar sus efectos nocivos sobre el consumidor. Es más, incluso donde hay pluralidad de actores, la organización de estos para reducir la competencia y así aplacar la incertidumbre es perfectamente posible, y lamentablemente frecuente.

Un buen liberal sabe que algunas de las libertades económicas, como la libertad comercial y la libertad de empresa, hacen parte de la esfera inviolable de derechos en una sociedad libre. Sabe también que nada conviene más a los pobres que una economía de mercado dinámica y eficiente, capaz de generar el desarrollo que puede poner fin a la pobreza, y no sólo aliviarla: muchas de las políticas “sociales”, en especial las de corte populista, no hacen más que aliviar la pobreza, sin que sus beneficiarios dejen de ser pobres. Pero sabe también que incluso las mejores cosas de la vida tienen sus limitaciones, y es importante estar atento a ellas.

Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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