Opinión

  • | 2007/08/17 00:00

    Cómo ser un buen liberal, en economía (I)

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Quien escribe estas líneas se considera liberal en su filosofía política. Esto tiene, por supuesto, consecuencias en el pensamiento económico. Si la libertad individual es el valor superior en una organización política, dicha organización reconocerá al individuo un amplio campo de acción libre en cuestiones económicas.

Creo, además, que hay razones de índole práctico para preferir un orden económico fundamentalmente liberal. La primera, y tal vez la más importante, es el papel que juega en una sociedad el mercado libre: el mercado es una forma casi natural de comunicación entre los seres humanos; como dice Amartya Sen, oponerse a los mercados como tales sería tan absurdo como oponerse a que haya conversaciones. Por otra parte, la enorme complejidad de cualquier sistema social hace necesario que la economía sea coordinada por un mecanismo impersonal y de amplio alcance, como es el mercado. Además, no puede caber duda de que, en las economías fundamentalmente orientadas hacia los mercados libres, los resultados sociales y económicos son superiores a los de cualquier otro de los sistemas que la humanidad ha tenido el dolor de conocer.

Aun así, creo que el liberalismo en economía admite mucho refinamiento y necesita mucha moderación. Modestamente, quisiera ofrecer unas opiniones sobre el modo en el cual, desde mi perspectiva, las ideas liberales pueden articular un cuerpo sólido pero realista de pensamiento económico. En particular, serán opiniones sobre lo que se debe evitar si se quiere alcanzar ese fin. A esto dedicaré esta columna y la siguiente.

La mayor parte de los errores que debemos evitar nacen de postular un cierto concepto de “orden espontáneo”, como único mecanismo admisible en la configuración de una sociedad. Para algunos liberales, los procesos espontáneos de organización social son superiores a cualquier direccionamiento de esta mediante las decisiones políticas, expresadas en la legislación. De manera radical, identifican al “orden espontáneo” con la libertad, y a las decisiones políticas con la ingeniería social y el autoritarismo.

En realidad, este mito sólo funciona si se asume que, necesariamente, el ordenamiento espontáneo de una sociedad siempre va a conducir a que esta se organice según principios liberales, presunción que es totalmente arbitraria. En muchas sociedades, los mecanismos espontáneos han conducido a la formación de instituciones sumamente restrictivas de la libertad económica, y en especial de las libertades individuales básicas. Y por el contrario, en muchos casos, los avances hacia una mayor libertad han venido por la vía de las decisiones políticas, como la legislación y las sentencias judiciales.

Por apegarse al citado mito, muchos liberales adoptan, ante los problemas socioeconómicos, un estilo de argumentación que tiene un aire a profecía: si dejamos actuar al mercado, todo se solucionará. Amén. Sin duda, la solución de mercado casi siempre resulta ser la más efectiva, pero esto requiere, para cada caso, un respaldo que sea más sólido que una simple promesa. En muchas instancias, una sociedad no puede esperar a ver si tal promesa se cumple: pienso en aquellos casos en los cuales puede haber daño irreversible a la vida y la integridad física de los seres humanos, como el hambre y la carencia de elementos básicos de vida sana, como el agua potable. Para una persona que vive en estas condiciones, muy flaco consuelo será el que se le pida tener fe en una profecía. Y será un consuelo igualmente pobre el saber que, en otros sistemas de organización económica, la situación era peor. Este último es uno de los argumentos favoritos de muchos liberales.

El mito antes mencionado ha llevado a muchos a sostener que, si se perturban los mecanismos del “orden espontáneo”, es decir, si hay intervención del Estado en los asuntos económicos, necesariamente habrá un deslizamiento hacia el totalitarismo. Esta tesis fue defendida por F. A. Hayek (Nobel de Economía, 1974) en su libro “El camino hacia la servidumbre”.

Para empezar, resulta vergonzoso criticar a los marxistas, y a su inclinación a ver un curso “inexorable” en la historia, cuando a renglón seguido se ofrece un argumento del mismo tipo. Pero además, años de experiencias han mostrado que esto no es cierto. Es verdad que, en un esquema de cerrada planificación económica central, no hay lugar para la libertad individual. Pero también es cierto que la libertad puede vivir, y vivir muy bien, dentro de sociedades en las cuales el Estado va más allá del concepto de estado mínimo. En la mayor parte de Europa Occidental, la libertad individual es inmensamente más grande que en muchos de los países admirados por los liberales extremos. Y esta libertad subsiste junto a un Estado sumamente activo en cuestiones sociales.

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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