Opinión

  • | 2009/09/17 00:00

    Colombia y sus opciones de energía

    ¿Uranio?¿Viento?¿Sol?¿Biocombustibles? Cuál debe ser el camino que debería emprender Colombia en su futuro energético. Opinión del ex viceministro de Minas y Energía, Manuel Maiguashca.

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La brocha gorda en la evolución de uso de energéticos pinta un rumbo conocido. Comenzó con la utilización de carbohidratos y hace unos 150 años pasó a los hidrocarburos. De la fuentes más difusas a las más densas. Así, el próximo paso será hacia el uranio. Pero primero la humanidad deberá gobernarlo a menores costos y vencer los miedos a la inseguridad operativa y a los usos agresivos de la tecnología nuclear emanados de los recuerdos de Chernobyl , Hiroshima y Nagasaki.

 

Sin embargo, el rumbo grueso no es un tren común, el pincel delgado destaca caminos alternativos. Algunos países incentivan el uso del viento y el sol. Sus sociedades pagan altos costos de energía menos eficiente con el fin de mermar las emisiones de carbono, de las cuales ellos son en gran parte culpables. ¿Cuál rumbo debe seguir Colombia? La respuesta está en la disponibilidad de sus recursos, las reglas del juego económico de cada uno y el arrojo de los empresarios.

El país cuenta con una atípica riqueza en recursos energéticos: montañas empinadas con ríos, reservas de carbón, gas y petróleo, volcanes entusiastas, vientos costeros y abundante tierra soleada.

 

Para la generación de energía eléctrica el país acogió un modelo en que no se incentiva ningún recurso en particular; se deja a merced de la oferta del mejor precio de un producto definido que es electricidad firme en momentos críticos. Con este esquema, el país resolvió su provisión hasta el 2020 con algunas plantas a carbón, gas y agua. Las inversiones las realizan agentes calificados según su conocimiento y percepción de riesgo. El consumidor paga la electricidad más económica y confiable sin subsidiar ni tecnologías específicas ni costos ambientales. La mano invisible destaca nuestras riquezas a los menores precios.

 

Para el transporte el tema es diferente. Al disminuir los subsidios a los combustibles fósiles y con reglas claras para su explotación el autoabastecimiento de petróleo llega ya hasta el 2019. El rumbo es acertado. Sin embargo, la preocupación por las emisiones de carbono hace que el mundo explore el camino en reversa hacia los biocombustibles. Y allí reinan los subsidios, Estados Unidos y Europa los dirigen a biomasas poco eficientes (requieren de más unidades de energía para producir energía) que compiten en tierras con alimentos como lo son el maíz y la remolacha. Para entrar al juego, Colombia y Brasil han instalado subsidios directos en sus mercados incentivando el uso de biomasas mucho más eficientes como lo son la caña de azúcar y la palma de aceite.

 

A raíz de la crisis financiera, lo más probable es que los afanes fiscales triunfen y los países desarrollados mermen los subsidios, impongan mayores impuestos a los combustibles fósiles e importen biocombustibles.

 

A eso es lo que Colombia le apuesta. Las extensas tierras en el oriente, que hoy se utilizan para pastoreo, serán el nuevo arsenal de desarrollo. Pronto será el momento en que el país deberá desmontar todos los subsidios a estos productos y enfilar baterías hacia los mercados extranjeros. Y seguramente será uno de los proveedores más apetecidos para estos combustibles. Al menos hasta que el mundo domestiqué el átomo y lo inyecte como electricidad a carros híbridos.

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