Opinión

  • | 2006/09/06 00:00

    Colegios productivos

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Los colegios a los cuales asisten la mayor parte de los niños y jóvenes del mundo suelen caracterizarse por un modelo educativo bastante tradicional, marcado por un sistema de transmisión del conocimiento en el cual los maestros llevan la voz cantante. Esto es lo que se ha llamado a lo largo del tiempo clases magistrales o cátedras frontales.

Frente a este modelo, en el cual los estudiantes asumen un rol bastante pasivo, surgieron desde principios del siglo XX una serie de movimientos pedagógicos orientados a estimular la actividad física e intelectual de los niños y niñas, con el fin de hacer más eficaz el aprendizaje a partir del estímulo de la experiencia individual y colectiva. Los pioneros en este sentido fueron De Croly y Montessori. Posteriormente Freinet desarrolló su concepción de la educación por el trabajo, resaltando la importancia de que los niños pudieran realizar actividades productivas y útiles en el aula de clase. Son muy conocidas las imprentas manuales a través de las cuales se pueden iniciar en la lectura y la escritura, componiendo los textos que posteriormente tienen un uso colectivo. El trabajo de composición y armado de los textos en imprentas manuales constituye un ejercicio muy diferente a la caligrafía tradicional. En estas corrientes el aprendizaje está ligado muy fuertemente con la utilidad de lo aprendido: se escribe para comunicarse con otros, para poder enviar cartas a amigos de otras partes, para hacer periódicos, para hacer libros… Es decir, que el aprendizaje concluye en productos concretos que los niños y niñas pueden ver, palpar y disfrutar.

En la tradición educativa también han sido muy importantes los colegios técnicos en los cuales los jóvenes aprenden oficios y habilidades orientadas al mundo laboral. En Colombia hubo un proceso muy interesante de desarrollo de esta modalidad de educación secundaria, pero en la última década se fue desestimulando a tal punto que muchos de ellos desaparecieron, sin que se haya ofrecido hasta ahora una alternativa real para que tantos jóvenes que concluyen hoy su educación media puedan vincularse de manera productiva al mundo del trabajo.

Los altos índices de deserción que todavía se presentan en la educación colombiana, especialmente al comenzar la secundaria se explican, en parte, por la percepción que tienen la población juvenil y las propias familias de la inutilidad del bachillerato convencional académico, pues las opciones de ingreso a la universidad son muy precarias para los más pobres y tampoco les ofrece una expectativa laboral de ningún tipo. Por esto es muy urgente abordar reformas profundas a la educación media, de tal manera que ella esté más acorde con las expectativas de los jóvenes.

En Bogotá se ha iniciado un ambicioso programa de transformación de este ciclo escolar, propiciando la articulación con la educación superior para iniciar procesos de formación tecnológica universitaria desde el grado décimo, de tal manera que cuando el estudiante concluya su bachillerato ya haya adelantado una parte de sus estudios superiores. Ya se están ofreciendo estos programas en cooperación con universidades como la Distrital, y se adelantan procesos de concertación con otras importantes instituciones de educación superior de la ciudad. También se ofrecen a los jóvenes alternativas de formación laboral en convenios con el SENA.

Todas estas estrategias van encaminadas a una transformación profunda de los procesos de aprendizaje, de tal manera que el tiempo que los estudiantes pasan en el colegio se convierta en una oportunidad real de convertirse en ciudadanos productivos, seguros de sí mismos y concientes de sus altas capacidades para emprender proyectos importantes.

En este sentido amplio, los colegios deben ser instituciones de un alto nivel de productividad, es decir, donde se generan cosas, ideas, objetos, propuestas. No podemos seguir concibiendo la educación básica como un proceso pasivo que concluye con unos exámenes aprobados. A lo largo de su infancia y adolescencia los niños y niñas tienen que tener la oportunidad de poner a prueba su iniciativa y su capacidad de realizar ideas en campos muy diversos. Hay colegios en los cuales se hacen programas de radio, se producen videos, se desarrollan publicaciones, se constituyen empresas, se generan investigaciones científicas y proyectos tecnológicos.

Este es el tipo de institución que puede considerarse verdaderamente productiva: produce cosas, los niños y las niñas se acostumbran a valorar su capacidad de realización de proyectos propios, aprenden a trabajar en grupo y a evaluarse de acuerdo con sus realizaciones. Cuando esta cultura de la productividad se instala en un colegio, los maestros también disfrutan la capacidad de iniciativa de sus alumnos y pueden valorarlos desde otras perspectivas diferentes a la rutina que se centra solamente en la presentación de exámenes y previas, que generalmente no tienen otro sentido que la obtención de una calificación.

Por fortuna cada vez aparecen más colegios productivos donde los estudiantes pueden sentirse útiles y seguros. Hace falta generar más estímulos y visibilidad a quienes se han comprometido con estas modalidades de trabajo pedagógico y ayudar a comprender a muchos padres de familia que el mejor colegio no es aquel que tiene mayores puntajes en pruebas de conocimientos, sino aquel que se convierte para los estudiantes en un lugar para trabajar juntos, hacer amigos y aprender el placer de realizar proyectos propios.


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