Opinión

  • | 2006/10/09 00:00

    Colegios oficiales de excelencia para Bogotá

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El derecho a la educación no se agota con la creación de cupos en el sistema escolar. Para que todos los niños, niñas y jóvenes gocen de esta garantía que permite su pleno desarrollo humano, en condiciones de igualdad, es necesario garantizar que permanezcan en la educación hasta concluir su educación básica y media, y tengan la oportunidad de realizar sus estudios en las mejores condiciones posibles de calidad, de tal manera que al terminar su bachillerato tengan la oportunidad de continuar su formación en ciclos superiores o puedan vincularse de manera digna y productiva al mercado laboral.

Aunque la responsabilidad primaria de garantizar el derecho a la educación corresponde al Estado, la familia y el conjunto de la sociedad, como lo señala la Constitución, ella se materializa en cada institución educativa, bajo la responsabilidad directa de los maestros y las maestras, a quienes corresponde asegurar que cada uno de los estudiantes que asisten cotidianamente al colegio, puedan desarrollar al máximo sus capacidades personales.

Por esto es fundamental que los educadores participen activamente en el desarrollo de las propuestas pedagógicas, conjuntamente con las familias y las comunidades con el apoyo de las instancias administrativas del Estado.

El desarrollo de la calidad educativa en la educación oficial no puede circunscribirse exclusivamente al mejoramiento de los colegios que muestran los peores indicadores en pruebas de evaluación del conocimiento. Si bien esta es una tarea que debe hacerse con persistencia, con el fin de asegurar que todos los niños y las niñas de menores ingresos tengan la misma oportunidad de inclusión en la vida productiva de la sociedad, no es suficiente para garantizar que la educación contribuya efectivamente en el progreso hacia una mayor equidad en la distribución de los beneficios de la cultura, la ciencia y la tecnología.

Por esto resulta necesario diseñar estrategias más audaces que permitan que quienes estudian en los colegios oficiales tengan la oportunidad de ubicarse en los más altos niveles del conocimiento, aprovechando al máximo sus talentos y sus inclinaciones intelectuales, científicas y artísticas. Para conseguir este objetivo se están diseñando instituciones que desde su inicio tengan orientaciones claras hacia campos de conocimiento en los cuales es necesario iniciar procesos pedagógicos claros desde la educación básica primaria, de tal manera que los alumnos, las familias y las localidades avancen en la valoración específica de la calidad, entendida mucho más allá del resultado coyuntural de pruebas de evaluación.

En Bogotá se construyen actualmente 38 nuevos colegios que tienen las mejores condiciones de infraestructura para avanzar hacia un modelo de excelencia que, en manos de directivos y maestros oficiales, se constituyan en un paradigma de la educación que merece la ciudad. Un modelo de esta naturaleza debe ser concebido aprovechando la experiencia acumulada a lo largo de muchos años por miles de educadores que han dedicado su vida y sus conocimientos al servicio de la infancia, de tal manera que su compromiso profesional sea la garantía para los niños, las niñas y las familias.

Recopilar la experiencia y el conocimiento implica un gran esfuerzo colectivo, que permita diseñar un modelo comprensible y a la vez dinámico, capaz de incorporar nuevas perspectivas pedagógicas, innovaciones tecnológicas y cambios culturales que siempre están presentes en la población escolar. Es necesario que la organización escolar asegure el derecho fundamental de los estudiantes, por encima de cualquier otro interés, de manera que sus necesidades y sus anhelos estén presentes en las prácticas administrativas y en las actividades académicas, entendiendo que unas y otras son medios para el desarrollo pleno de los derechos y no fines en sí mismas.

El énfasis inicial en los colegios que se están construyendo es apenas un pretexto para recopilar los esfuerzos que ya se vienen realizando en muchos colegios de la ciudad, en los cuales ya se prefigura un tipo de institución educativa que responda a las expectativas cada vez más exigentes de nuestras comunidades. Pero concebir un modelo más claro, permitirá establecer gradualmente nuevas tendencias pedagógicas, formas renovadas de organización escolar, estructuras curriculares más adecuadas y eficaces para el aprendizaje y modos de participación más dinámicos y variados. Bajo estas perspectivas será posible avanzar en modelos de evaluación de la calidad que tengan en cuenta la complejidad de la labor educativa y permitan el desarrollo de indicadores que incluyan una gama más amplia de matices en el desarrollo de los estudiantes.

Semejante propósito requiere el empeño conjunto de la administración, los educadores y las comunidades para concertar objetivos y avanzar hacia una cultura escolar renovada que ponga a la educación oficial a la cabeza de la educación de la ciudad.

Francisco Cajiao


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