Opinión

  • | 2007/10/26 00:00

    Ciencia y políticas ambientales

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No soy autoridad en temas ambientales, ni pretendo serlo. Pero esta columna no trata de problemas concretos del medio ambiente: mi propósito es el de expresar una preocupación por lo que, a mi modo de ver, es la preponderancia casi hegemónica que ha alcanzado un cierto enfoque de los temas ambientales. Y si expreso esta preocupación, no es porque yo pertenezca a las ridículas filas de quienes de manera general niegan la existencia y urgencia de los problemas ecológicos, ya sea porque exigen una certeza científica absoluta que no existe, o porque sirven a los intereses de ciertos sectores empresariales.

De manera sintética, podría formular así mi inquietud: en muchos sectores, ha hecho carrera una actitud según la cual es forzoso encontrar solamente deterioro en la situación ambiental del mundo o de sus regiones; y no sólo esto: también es forzoso predecir que este deterioro tendrá consecuencias que no son meramente malas, sino apocalípticas.

En cualquier dominio científico, el saber se encuentra sometido a una constante duda, y a la posibilidad de ser en cualquier momento reemplazado por otro, más exitoso en su verificación empírica. Lo que está ocurriendo en temas ecológicos es muy diferente: las tesis que mencionaba se han convertido en una doctrina, de la cual es pecado apartarse.

Ha sido la propia ciencia la que nos ha mostrado que el mundo y nuestra vida en él se encuentran en problemas. Problemas que para nada son desestimables. Pero creo que, para que esta actividad de observación y diagnóstico de nuestros padecimientos ambientales conserve el carácter científico, debe permanecer siempre abierta a lo que la investigación empírica muestre, y debe evitar convertirse en una doctrina dogmática.

La ciencia vive en el cambio y del cambio. Incluso las teorías que considerábamos más acertadas han sido mejoradas, reformadas o incluso sustituidas por otras. Si, por simpatía con una cierta teoría, se establece que esta es doctrina cierta e irrefutable, y que todas las tesis que la cuestionen o la nieguen “deben” ser falsas, estaríamos apartándonos radicalmente del espíritu abierto que caracteriza a la ciencia. La ciencia muere cuando se le obliga a volverse estática. Y eso es lo que está ocurriendo con la ciencia ambiental.

En el más reciente número de la revista Regulation (vol. 30 n. 2), hay un interesante artículo del profesor Steven Trimble, del departamento de geografía de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). En este, el profesor Trimble expresa su alarma ante el hecho de que, en temas ambientales, hay una actitud de establecimiento que bloquea cualquier estudio o investigación que muestre una mejoría en condiciones ambientales, incluso si se trata de una mejoría parcial y puntual. Claro, no es forzoso tampoco estar de acuerdo con estudios que lleven a estos resultados, pero si hay desacuerdo, este debe basarse en argumentos científicos y no de autoridad doctrinaria.

Al respecto, el profesor Trimble relata un caso que le ocurrió a él mismo, cuando finalizó un estudio de grandes dimensiones sobre la erosión del suelo en Estados Unidos. Sus resultados indicaron que había una mejoría. Al enviar el estudio a una publicación especializada, uno de los expertos encargados de revisarlo lo rechazó, con el pavoroso argumento de que el estudio “tenía” que estar errado, pues “todo el mundo sabía” que la erosión es un problema serio. Esto no es ciencia, sino dogma. No se rechaza el estudio, por ejemplo, porque su metodología sea errada, o sus cálculos insuficientes, sino que se desestima a priori porque contradice algo que “tiene” que ser cierto.

Valga recordar, aunque es ya muy conocido, el caso de Björn Lomborg y su libro “El ambientalista escéptico”, en el cual expresa dudas sobre buena parte de las tesis aceptadas sobre el deterioro ambiental. No es mi intención defender las ideas de Lomborg: ignoro si estas son verdaderas. Pero, independientemente de tal cosa, creo que, en la feroz ofensiva que este tuvo que sufrir tras la publicación de su libro, más que ciencia hubo fanatismo y espíritu de persecución.

Por ejemplo, una organización que lleva el exótico nombre de “Comité Danés para la Deshonestidad Científica” declaró que el libro de Lomborg no era auténtica ciencia, como si esto fuese materia que correspondiera a alguna organización sentenciar. Los fanáticos incluso pidieron la renuncia del editor que, en la Cambridge University Press, estuvo a cargo del libro. La revista Scientific American publicó unas fuertes piezas contra el libro de Lomborg, llenas de ataques personales, y no se le permitió a este responder. Cuando Lomborg publicó su respuesta en su propia página web, amenazaron con demandarlo. Esta no es manera de hacer ciencia, incluso si Lomborg estuviese totalmente equivocado. En tal caso, hay que mostrar el error en las tesis, no tratar de destruir a la persona.

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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