Opinión

  • | 2009/09/21 00:00

    China su larga marcha hasta la globalización

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El libro 'China su larga marcha hasta la globalización', de Carlos García Tobón nos propone diversas miradas al complejo itinerario chino. Una, desde la historia cultural nos recrea las principales teorías acerca de qué es una civilización, para casarse con la planteada por Ferdnand Braudel, teórico de la escuela de Historia de los Annales, quien llega al punto crucial definiendo que las civilizaciones se ven, son espacios, son sociedades, son economías, son mentalidades colectivas, pero son ante todo continuidades, interminables continuidades. Aquellas sociedades que han logrado un sustrato de conocimiento y cultura a través de los siglos y cuyas propuesta siguen siendo válidas para ellos y el mundo actual. Las civilizaciones son principalmente lo que persiste, el sustrato de valores y experiencias vividas que aún siguen siendo válidas en la actualidad, lo que una sociedad haya conservado y trasmitido, de generación en generación, como su bien más preciado. Esa definición saca de circulación la pretensión de considerar civilizaciones aquellas que con uno o dos siglos de estar interviniendo militarmente en el mundo contemporáneo, se postulan como el ejemplo a seguir, como el arquetipo para toda la humanidad.

 

De entrada nos está moviendo el piso sobre los paradigmas más firmes que solemos tener y se atreve a proponer sus características peculiares sobre la civilización china.

 

En la breve síntesis que hace de los libros fundacionales de la civilización china que van desde el I Ching hasta Confucio y Laozi, no deja de ser interesante reseñar su interpretación del Arte de la Guerra de Laozi, que parece una reflexión actual para nuestra atribulada patria donde se desarrolla el conflicto más absurdo de la humanidad hoy en día. Según el autor, el Arte de la Guerra sugiere muchas enseñanzas al respecto: la enseñanza primordial es la que enfatiza que la única guerra que se puede ganar es la que no se libra, pues de una guerra todos salen perdiendo: el país, el medio, los perdedores y hasta los ganadores. Conocer así mismo el propio ejército tanto como al enemigo, para poder enfrentarlo no necesariamente con tácticas militares, así mismo como advertir que nunca se puede suprimir al enemigo, exterminarlo: por lo cual las mediaciones son la única salida.

 

Pero la tesis más relevante y audaz es que la Ruta de la Seda ha sido la única forma de Globalización real y fructífera que ha conocido la humanidad y se atreve a calificar la actual propuesta fallida de globalización como una efímera fórmula neoliberal para hacerse al control financiero del mundo y lo único que logró después de obtener fuertes ganancias fraudulentas, fue convertir el mundo en un casino y destruir masas ingentes de dinero, empresas, bancos y también de empleos en una escala que no se veía desde la crisis de 1929.

 

Por el contrario, García Tobón nos demuestra como la Ruta de la Seda ha sido la mayor muestra de transferencias culturales que ha conocido la humanidad y nos explicita muchas de ellas para detenerse en la más importante, el budismo, y mostrarnos el viaje a lomo de camello de este importante pensamiento espiritual –mas no religión- de la antigüedad, que salió de India y llegó a China en el siglo I de esta era, se afianzó, se modificó y se sinificó (hacerse chino), hasta convertirse en una de las formas espirituales y de pensamiento más importantes de China y del sudeste asiático y Japón, donde asumió su forma Zen.

 

Todos los inventos chinos salieron por la Ruta de la Seda hasta Europa y todas las religiones llegaron allí, unas con más suerte que otras, pero dejaron sus huellas en la tierra de los sin dios. El islam, con la fuerza que lo caracteriza, es la única religión monoteísta que se asentó en China, donde nos cuenta el autor, sobreviven más de 30000 mezquitas y hay una minoría étnica reconocida por el gobierno chino, llamada Hui, que son los árabes, persas y sirios que desde hace 10 siglos se quedaron en China y se asimilaron, adquirieron la lengua, pero conservaron su religión. Otras minorías como los uigur, descendientes de los turcos, también son musulmanes y han habitado originariamente la zona noroccidental de China.

 

Desde fuera llegaron la vid, el ámbar, el vidrio, pero también objetos como los instrumentos musicales, o la modesta silla que no debe considerarse una gran adquisición, pues puede ser posible que asimilándola y cambiando los patrones de vida sea más lo que perdieron que lo que hubiesen ganado.

 

La tesis habitual entre especialistas de que China ha sido la sociedad más autárquica e intrauterina que ha existido pretende ser debatida con múltiples argumentos del autor, de los cuales la Ruta de la Seda complementa el gran argumento de haber sido la única y más fructífera globalización que ha conocido la humanidad.

 

El sentido más exacto de la ruta era el intercambio de mercancías, pero el más profundo era la interrelación entre los pueblos que se cruzaban. Ésta y no otra era la esencia de la Ruta de la Seda. Desde la vieja capital de China: Chang’an hoy Xi’an, hasta el otro extremo de Asia, Bizancio y de allí a Roma, Venecia o Génova; es decir, de Oriente a Occidente, por interminables estepas, desiertos devoradores, oasis indescriptibles y las más altas y espinosas montañas de Asia. Y si bien fue un fluido intercambio de productos, también sobrellevó ideas, mitos y leyendas. Culturas, arte y música. Religiones. Amistades y cultivos… hasta epidemias y guerras.

 

La Ruta de la Seda fue -desde hace más de 2000 años- un enorme flujo, el vasto cauce por donde la mitad de la humanidad entró en contacto con el otro tercio; una marejada de intercambios entre humanos, seguramente la mayor y más fructífera experiencia cultural y humana que jamás haya existido.

 

El choque de Occidente con la Guerra del Opio y otras más, nos ubicará en el llamado “siglo de las Humillaciones” (XIX y XX) y nos mostrará una sociedad escindida, vapuleada y huérfana después de haber sido la más fecunda y sabia de la humanidad. Los recorridos no fueron fáciles, echar abajo el edificio de las dinastías con dos milenios de tradición y reemplazarlo por una república moderna, era el más alto desafío que podría sufrir una sociedad. Tenían la fórmula pero no el libreto –como dice el autor- para asumir la titánica tarea. Esto les llevó a vivir décadas de guerra civil, invasiones y hambre que no fueron en vano, pues hicieron una revolución que les devolvió el destino de su pueblo a sus propias manos y como dijo Mao en el discurso de fundación: “Los chinos nos volvemos a poner de pie ante el mundo”. No como amenaza sino como constancia de un pasado degradante que no volvería a vivir China.
No deja de ser interesante constatar que la narración del libro tiene la cadencia de un viaje, el autor lo lleva de la mano por desiertos implacables, periodos perdidos en la historia, montañas inalcanzables, personajes únicos como Zheng He o la emperatriz Wu Zetian, única mujer que ejerció el poder desde el trono del dragón; o las a veces inescrutables características del desarrollo económico chino que navegan entre las aguas del mercado y el socialismo proclamado por su autor: Deng Xiao Ping; sin restarle rigor académico al texto. Es quizá un logro bastante inusual en este tipo de libros.

 

En el polémico tema económico del siglo XX, más conocido como Gaige y Kaifeng (Reforma y Apertura) el autor entresaca del complejo periodo las más sutiles líneas que le permitan explicar al público general, como se construyó esa gran potencia económica desde el país más pobre del mundo. Es un caso inaudito en la humanidad, pues todas las potencias grandes o pequeñas, memorables u opacas siempre tuvieron un tránsito advertido hacia la condición de potencia, es decir, era previsible que las tendencias condujeran a imponerse en un momento histórico y ejercer un gran poder desde su condición hegemónica.

 

Pero desde el triunfo de la revolución en 1949 todos los políticos y analistas internacionales –incluido EE.UU.- no daban un penique por el futuro de China. Es muy corriente encontrar todo tipo de análisis que daban el calificativo de “fallido” al intento de supervivencia china. Pero su texto está lejos de utilizar el manido concepto de “milagro” como explicación del fenómeno chino, o acudir a la cita de Napoleón –siempre un occidental ha de tener la “razón”- de que “cuando el dragón chino despierte…” el mundo comprenderá lo que China significa.

 

Y si es cierta la cita de Napoleón, no se pifió; las bases civilizatorias de China lo pusieron en la dirección de insertarse en el mundo actual, desde la coyuntura de la globalización y en medio de tantas aguas turbulentas que por un lado la critican y le remoquetan el apelativo de nueva amenaza, pero por el otro necesitan, requieren y dependen de la economía china y sus productos para sobrevivir a la crisis y veleidades de la globalización.

 

Las cifras de China son intraducibles a nuestra ignorada pequeñez, se requieren muchos esfuerzos comparativos para entender cómo fue posible en menos de 30 años haber construido semejante proyecto, que por primera vez en un trimestre (segundo del 2008) desbancó a Alemania del primer puesto exportador en el mundo. Las reuniones de la crisis conocidas como del G-20 tenían en China no un convidado de piedra sino un epicentro de expectativas. Es imposible e insoportable para las economías y el poder occidentales tener que reconocer que no pueden definir alternativas a la crisis mundial de la globalización sin contar con el gigante chino.

 

Pues bien, el libro de García Tobón desafía conceptos que prevalecen, especialmente muchos que se asumen implícitamente en las teorías política, internacional o económica y analiza desde la interdisciplinareidad que propone, el fenómeno que a grandes rasgos hemos reseñado. Pero su propuesta de análisis de fondo desafía el cuerpo ideológico del eurocentrismo, que copa los análisis de las diferentes teorías de análisis internacional. Los libros de sinólogos muy destacados también están prisioneros en mayor o medida de esta concepción. Sin esgrimir las herramientas afectas al poder de internacionalistas y sinólogos, este libro no pretende responder ninguna gran pregunta sobre el despertar del dragón, pero al problematizar esas miradas, sugiere caminos alternos para un análisis de largo alcance y con respeto hacia todos los actores internacionales, no solo a los dueños del poder mundial.

En el libro de García Tobón está inserto un cuadernillo de 60 fotografías suyas, que nos vislumbra también su larga marcha por los vericuetos de China, viviendo e interpretando las múltiples aristas de ese complejo país. Leer y contemplar las exquisitas fotografías es otra fuente que nos regala el autor sobre la complejidad y diversidad chinas.

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