Opinión

  • | 2007/06/15 00:00

    Calentamiento global y recalentamiento mental

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El urgente debate mundial sobre el calentamiento global dista de ser claro, y en él se han instalado muchas confusiones. De lado y lado hay posiciones extremas. Pero la confusión no viene sólo de los extremos, sino también de las zonas medias del espectro. Todo esto ha sembrado una lamentable incertidumbre, en medio de la cual se hace difícil distinguir el rigor científico de la propaganda política o de las expresiones emotivas. De nuevo, esto sucede a lado y lado del debate.

Empecemos con los extremos del espectro. Allí encontramos, por un lado, a quienes se resisten a aceptar que existe un problema de calentamiento global, y afirman que todo esto no es más que una patraña de sectores ideológicos de extrema izquierda. Viene a la mente la figura del prominente senador estadounidense James Inhofe, quien en 2003 afirmó que el calentamiento global es “el más grande engaño que se haya perpetrado sobre el pueblo estadounidense”.

En el otro extremo encontramos a los fundamentalistas del medio ambiente, cuyas ideas sobre la relación entre el ser humano y su entorno son verticalmente absurdas, y se resisten a aceptar cualquier consideración pragmática del tema. Estos movimientos, como bien dijo el economista John Kay en el Financial Times (enero 9 de 2007), tienen visiones apocalípticas y místicas, y no aceptan otro dictamen que no sea una condena radical al ser humano como depredador de la naturaleza, como si los humanos no fuésemos parte de ella sino agentes externos de destrucción. Es una visión cuasirreligiosa, con la cual es imposible un diálogo sensato.

Pero vamos a otras zonas del espectro que, sin ser extremas, contribuyen también a sembrar confusión. Empecemos con aquellos pensadores que, por sentir una cercanía intelectual con las ideas de capitalismo y mercado libre, resisten con fuerza cualquier debate que pueda terminar en propuestas de acción colectiva, o en el establecimiento de restricciones al funcionamiento de la economía libre. Es el caso del presidente checo Vaclav Klaus, quien en una reciente columna desestima la realidad del calentamiento global, con la tesis de que esto es una campaña de miedo infundado, histeria y “pesimismo malthusiano” (Financial Times, junio 13 de 2007). Klaus además afirma que, si existe un problema de calentamiento global, este se corregirá mediante los mecanismos espontáneos e impersonales de la economía libre.

Por el otro lado, encontramos una buena cantidad de activismo que pretende ser científico, pero que en realidad es político y mediático. El caso por excelencia es Al Gore, quien ha querido presentar como autoridad científica su taquillero documental, lleno de errores y exageraciones. Y hay personas como Leonardo Di Caprio, quienes, siguiendo el ejemplo de Bono, saben que hoy por hoy toda estrella, para ser realmente "cool", debe abanderar alguna causa. Así no tenga idea de lo que habla. Como Leonardo Di Caprio. Y como Bono.

¿Cómo podemos encontrar luz en medio de tal confusión? No puedo más que hacer algunas sugerencias.

En primer lugar, de nada vale empeñarse en negar de forma obstinada el calentamiento global, el cual está suficientemente documentado y respaldado por evidencia científica.

En segundo lugar, si bien es cierto que la economía de mercado, en su desarrollo, ha evolucionado hacia formas cada vez más limpias de producción, y que además el avance de la tecnología es nuestra mejor esperanza para combatir todos los problemas ambientales, no creo que sea prudente despachar estas alarmas en el modo en que lo hace Vaclav Klaus, y simplemente sentarnos a esperar sin tomar ningún tipo de acción concertada. El consenso, a diferencia de lo que Klaus teme, no significa necesariamente un consenso en contra de la libertad y del progreso.

En tercer lugar, tendremos que ser mucho más exigentes al juzgar la autoridad científica de la información que recibimos. Sin duda Al Gore y Leonardo Di Caprio no pasarían la prueba. Pero no está bien presumir, como hace Vaclav Klaus, que todos los científicos que alertan sobre el calentamiento global son socialistas enmascarados. Incluso si políticamente son socialistas, esa no es razón para dudar de su integridad científica.

Finalmente, no entremos en pánico. Así como hay motivos de preocupación, también hay razones para albergar esperanzas. No caigamos en las visiones apocalípticas del ambientalismo extremo. Los humanos, desde nuestros ancestros primitivos, hemos tenido un impacto sobre el medio ambiente, porque somos parte de él. Condenar a la humanidad no servirá de nada.

 

*Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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