Opinión

  • | 2007/07/30 00:00

    Bono y la pobreza en África (II)

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En mi columna anterior, expuse las razones por las cuales creo que la campaña del cantante Bono, en pro del aumento de la ayuda exterior a los países africanos, tiene muchos elementos que la predisponen para el fracaso. Además, defendí la idea de que ya es hora de que estos países avancen hacia su mayoría de edad, y salgan de la dependencia de la ayuda en que muchos se han sumido.

Esto no significa en modo alguno una posición radical en contra de la ayuda exterior. No creo que la ayuda sea intrínsecamente mala, y considero que hay muchas instancias en las cuales es indispensable, incluso si al ejecutarla resulta necesario aceptar un cierto grado de ineficiencia. El tránsito hacia esa mayoría de edad de la que hablaba antes no implica cerrar las puertas a la ayuda exterior. El verdadero error radica en creer que la única esperanza de estos países es la ayuda, y en presumir que, simplemente con incrementar las cantidades que se otorgan por ese concepto, como pide insistentemente Bono, se producirán resultados tangibles, positivos y sostenibles.

La ayuda es simplemente una herramienta más en la lucha contra la pobreza. Los países desarrollados tienen en sus manos otros instrumentos muy efectivos que, si quisieran, podrían poner al servicio de esta causa. El primero y más importante es el desmantelamiento del proteccionismo agrícola: esa política, que en los países ricos beneficia a algunos productores, no todos ellos pobres, ayuda a perpetuar en África la miseria de los campesinos, quienes no encuentran mercados para sus productos e incluso deben competir contra una producción subsidiada. Bono podría, por ejemplo, exigir a los países ricos que se comprometan a liberar sus mercados agrícolas, y a los grandes países en desarrollo, como Brasil e India, que dejen de obstaculizar el avance de las negociaciones comerciales multilaterales.

La ayuda, en un esquema que involucre otros instrumentos, no sólo es necesaria sino que debe ser bienvenida. Y en su utilización debe haber un criterio de prioridades. En mi opinión, el nivel número uno en esa escala es el de las situaciones que pueden producir daños irreversibles a la vida y la salud. Allí no sólo están la guerra y las hambrunas, sino las crisis de sanidad, y la carencia de elementos básicos para vivir de manera saludable, como el agua potable. Es claro que, a mayor desarrollo económico, menos frecuentes y graves serán esas situaciones, pero, mientras se alcanza ese nivel de desarrollo, no se debe abandonar a quienes sufren por causa de ellas en la actualidad, pues los daños serán irreversibles. Para un niño que no tiene agua potable, resulta de poco consuelo saber que en el futuro, gracias al desarrollo, la mayoría de los niños la tendrán. En un segundo nivel de prioridad debería estar la construcción de capacidad para el desarrollo: infraestructura, educación, modernización tecnológica, etc.

Pero no todas las campañas de ayuda son iguales. Para poner sólo un ejemplo, las campañas de la Fundación Gates en África, sin tanta farándula, han logrado increíbles resultados, y sus procesos de control y evaluación son muy estrictos.

En las campañas de farándula hay otro elemento que no deja de ser molesto, y es una cierta actitud de superioridad y desprecio hacia los africanos. Se les ve como incapaces, inferiores, y por tanto su suerte debe ser decidida en los salones del primer mundo. De los 21 participantes en la edición especial de Vanity Fair sobre la situación de África, editada por Bono, sólo tres son africanos, y de estos sólo uno reside en África. En la conferencia TED que mencioné en mi columna anterior, cuando se le preguntó a Bono qué pensaba de los africanos y sus capacidades, se limitó a decir que eran pueblos muy musicales y alegres, y quiso demostrar que la música celta tiene raíces africanas (Technology Review, junio 5). Es decir, dentro de esta visión, los africanos sólo sirven para la música y los tambores. Corresponde a Bono y Jeffrey Sachs solucionar sus problemas económicos.

Esta historia tiene un epílogo anecdótico: a mediados del año pasado se supo que U2, el grupo de rock que lidera Bono, se llevó sus activos más rentables a un paraíso fiscal en Holanda. El ministro de finanzas de Irlanda, decepcionado, dijo al Daily Telegraph que resultaba un poco paradójico que Bono, quien constantemente presiona al gobierno irlandés para incrementar su ayuda exterior, decida mediante esta jugada reducir su contribución al fisco, de donde salen esos fondos de ayuda (agosto 8 de 2006).

 

* Instituto Libertad y Progreso
info@libertadyprogreso.net

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