Opinión

  • | 2007/01/24 00:00

    Bogotá, capital mundial del libro

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Este será un año muy importante para la cultura en la ciudad, y es necesario aprovecharlo de manera eficaz, pues no se presentan estas oportunidades todos los días. La designación de Bogotá como capital mundial del libro debe ser aprovechada para ir más allá de los convencionales eventos, congresos, himnos y visitas de escritores y poetas, porque el problema de la educación no se resuelve con visitantes ilustres.

La celebración de este año, se viene inmediatamente después de ser conocidos los datos de la encuesta nacional de lectura hecha por el DANE. Veamos algunos datos:

- La proporción de los encuestados que afirmó leer libros habitualmente cayó de 48,3% a 40,7% entre 2000 y 2005.


- El descenso de la lectura en los hombres (47,1% a 38,8%) es mayor que en las mujeres (49,2% y 42,4%).


- La lectura habitual entre estudiantes disminuyó 8,3% y entre los no estudiantes casi el 19%.


- La baja en la lectura habitual se dio en forma muy similar en todos los niveles de ingreso


- El número de libros leídos por persona, entre los lectores habituales, en los doce últimos meses se redujo en un 25%, al pasar de 6 libros a 4,5 libros por año.


- Para toda la población este promedio cae en 31%, al pasar de 2,4 libros al año en el 2000, a 1,6 en 2005.

El estudio contiene mucha información valiosa que incluye la lectura por internet, la lectura de revistas y periódicos, la asistencia a bibliotecas y muchos otros aspectos relacionados con el tema. Pero cuando se habla de una ciudad que será este año capital mundial del libro, es importante concentrarse en los libros.

Dicho en forma menos sutil y técnica, es claro que los colombianos no leen y, además, tienden a hacerlo cada vez en forma más escasa. Sobra decir que esto se asimila a un lento proceso de embrutecimiento colectivo, muy típico de las sociedades que centran su actividad en el trabajo y el consumo. Sería de esperar que el progreso económico de los últimos años y la proliferación de universidades en cada esquina de la ciudad se manifestaran, entre otras cosas, en un mayor consumo de libros, en una mayor inquietud intelectual y en un deseo de acercarse a la cultura universal. Pero la encuesta dice lo contrario.

Si los datos de lectura se comparan con los de crecimiento en celulares, televisores gigantes y computadores, se ve claramente que hay una ardua labor que debe hacerse para que los niños se inicien desde sus primeros años en eso que se llama la cultura letrada. La lectura convencional tiene unas características muy diferentes a la lectura apresurada del e-mail o del memorando que circula de escritorio en escritorio por los pisos de un edificio de oficinas. Con una buena novela en la mano, un libro de historia, una antología poética o una crónica de viaje, es posible iniciar un recorrido nuevo a la conciencia. Se puede pensar, parar mientras se reflexiona en una frase, poner patas arriba la realidad, comparar tiempos, épocas, costumbres, lenguajes. Entre frase y frase es posible encontrar nuevas claves para la propia vida y filosofar un poco, es decir, pensar!

No es algo trivial en una sociedad que parece cada vez más propensa a creer que a reflexionar, más dispuesta a obedecer y aplaudir que a participar y proponer.

Como la gente no lee, los periódicos y las revistas son cada vez más delgados y más light. Finalmente estos medios son negocios que no están para poner a pensar a nadie en cosas difíciles (con honrosas excepciones). De este modo un pesado y denso silencio cubre el devenir del país y grandes escándalos, corrupciones, negociados pasan debajo de la mesa sin que nadie los reporte ni tenga tiempo para detenerse en su análisis y su denuncia. Incluso las cosas que se publican a páginas completas parecen no escandalizar lo suficiente, porque, la verdad es que si la gente no lee no tiene por qué enterarse ni aterrarse. Quién sabe si esta es una de las razones para que seamos uno de los países más felices de la tierra, aunque haya paramilitares, para-mentarios, para-gobernantes…

Ser capital mundial del libro, entonces, no es un simple honor: más bien es una voz de alerta sobre la inmensa responsabilidad que corresponde a toda la ciudadanía en la tarea de educar y generar interés por la cultura. No se trata simplemente de tener gente más “leída” para presumir, se trata de asegurar de algún modo que la democracia transite por la vía de la razón, de los valores humanos, del reconocimiento a la riqueza y diversidad cultural. Una sociedad inculta es muy peligrosa, porque en vez de valores humanos profundos suele ser estúpidamente pragmática: países así terminan diciendo cosas como “si la guerra aumenta el producto interno y el patriotismo mantengamos siempre una guerra viva”, “si los ricos son quienes apoyan un gobierno, ese gobierno debe favorecer principalmente a los ricos”… y cosas que se ven por todos lados cuando los pueblos son ignorantes.

Cómo me encantaría que Fahrenheit 451, de Ray Bradbury fuera leído todos los días del año en voz alta por todos los parques y las plazas de la ciudad… y que la película de Truffaut se proyectara todas las noches contra las paredes más grandes, para recordar que la lectura debe ser preservada a toda costa del embate implacable de la estupidez.

(Ojalá los lectores queden con deseo de leer esta novela para saber de qué se trata)



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