Opinión

  • | 2011/04/16 09:00

    Biocomercio, una alternativa para la internacionalización sostenible

    No es cuestión de precios bajos. Se puede exportar más usando procesos ambientalmente sostenibles y empleando con cuidado nuestra biodiversidad. La opinión de Maria Alejandra Calle. Profesora de Negocios Internacionales. Universidad Eafit.

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El acceso a los mercados internacionales, las nuevas expectativas comerciales generadas en el contexto de negociaciones comerciales internacionales bilaterales y regionales han trazado nuevos retos a las empresas colombianas, al igual que preocupaciones extra-comerciales para diferentes stakeholders. Acceso a mercados y sostenibilidad en el uso de los recursos naturales es una preocupación constante cuando se mensuran los efectos de la atención de la demanda externa generada por nuevas preferencias arancelarias otorgadas por la entrada en vigencia de nuevos TLC. Lo mismo ocurre con la recepción de inversión extranjera en nuestro país, en gran medida concentrada en explotación de recursos naturales y caracterizada por inmensos riesgos en materia de generación de externalidades negativas para el medio ambiente y la biodiversidad colombianas.

Sin embargo, poco se ha evaluado la posibilidad de que la empresa colombiana, especialmente la Pyme pueda competir en los mercados internacionales no sólo con cantidad y eficiencia en el abastecimiento de productos primarios o manufacturas, sino con el valor agregado en el bien exportado en consideración al empleo de procesos ambientalmente sostenibles. Total abastecimiento de la demanda interna y precios bajos en productos agrícolas que son en su mayoría el resultado de los subsidios recibidos por los agricultores en Estados Unidos y en la Unión Europea generan una innegable barrera. Sin embargo, si seguimos pensando que solo podemos competir en cantidad y precio en mercados caracterizados por la creciente presencia de consumidores conspicuos, estamos dejando todo por hacer. Para nadie es extraño que los productos genéticamente modificados o producidos en condiciones de monocultivo (con su respectivo impacto en la biodiversidad) son paulatinamente desplazados en preferencia por productos orgánicos, con sellos verdes, con el valor que genera el uso de métodos tradicionales, en otras palabras, con responsabilidad social y ambiental.

Colombia es el cuarto país del mundo en términos de biodiversidad y el primero en número de especies por kilómetro cuadrado. Somos una potencia biodiversa, pero esto no implica que el honroso lugar nos arrogue la calidad de ser una híperdespensa. Este hecho, amén de las inmensas posibilidades, genera grandes responsabilidades.

El biocomercio, como una alternativa importante en la internacionalización, se caracteriza por varios principios resaltados por la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo -Unctad- : conservación y uso sostenible de la biodiversidad, distribución justa y equitativa de los beneficios derivados del uso de la biodiversidad, sostenibilidad socio-económica (de gestión, productiva, financiera y de mercado), cumplimiento de la legislación nacional e internacional (destacándose la compatibilidad con la Convención Diversidad Biológica –CDB-), respeto de los derechos de los actores involucrados en el biocomercio, claridad sobre la tenencia de tierra, uso y acceso a los recursos naturales y a los conocimientos.

De acuerdo con la Unctad, el Biocomercio comprende aquellas actividades de recolección, producción, transformación y comercialización de bienes y servicios derivados de la biodiversidad nativa (recursos genéticos, especies y ecosistemas) que involucran prácticas de conservación y uso sostenible, y que son generados con criterios de sostenibilidad ambiental, social y económica.

De allí que la ventaja comparativa de nuestros productos pueda basarse no solo en la calidad y el precio sino precisamente en el cumplimiento de una serie de valores extra-comerciales resaltados en los principios del biocomercio. Sin embargo, comercio de biodiversidad y biocomercio pueden ser conceptos antagónicos. El comercio de la biodiversidad no necesariamente tiene que cumplir requisitos de sostenibilidad y, por el contrario, puede entrañar un riesgo que genera una percepción altamente negativa en el consumidor informado en los mercados internacionales, cuando no una serie de barreras no arancelarias impuestas por el Estado receptor del producto, fundamentadas en consideraciones medioambientales expresadas muchas veces en regulaciones internas (Articulo XX del Gatt).

Así, es precisamente lo que muchas veces se considera como “eficiencia” entendida como tecnificación y producción en masa, lo que puede cerrar ciertos segmentos de mercado. El empleo de conocimientos tradicionales de nuestras comunidades rurales y aborígenes, el uso responsable y respetuoso de nuestra inmensa pero nunca ilimitada biodiversidad, el uso de buenas prácticas en la cadena de valor y la distribución equitativa de los beneficios asociados a todos los actores de la cadena, puede ser lo que genere nuestra ventaja comparativa en nuestro acceso a los mercados internacionales. Nuestra biodiversidad no es nuestra despensa, es la joya de nuestra corona.


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