Opinión

  • | 2016/04/03 00:01

    ¿Y si yo tengo algo que ver?

    ¿Y si yo tengo algo que ver con lo que pasa en mi país?, ¿en mi empresa?, ¿en mi entorno?, ¿en el colegio de mis hijos?... la indiferencia es el peor de los males sociales.

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Parte de que todos los países no evolucionen a un mismo ritmo está claramente definido por la historia de cada sociedad, el entorno y las luchas que tuvieron que hacer en el pasado. Una de las grandes batallas de los países en Latinoamérica ha estado contra la pobreza y la desigualdad de clases sociales que lleva por supuesto a la no inclusión de las mayorías en las estructuras del país.

Hay un concepto básico que comparten las naciones más desarrolladas y es el del respeto al espacio y al derecho ajeno, esto implica que aunque todos tenemos los mismos derechos como seres humanos, el mio particularmente no es más importante que el del vecino. Esto me lleva a un concepto clarísimo en el que quiero reflexionar hoy y es el de solidaridad.

La solidaridad es definida por el diccionario de la Real Academia de la Lengua como Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros y es una de las bases de los Derechos Humanos que compartimos de manera Universal después de su declaración en el siglo XVIII.

Pero, ¿por qué algo tan básico como eso no se aplica en nuestros países?. ¿Por qué nos hemos vuelto egoístas, la política se usa para beneficio personal y el concepto de ayudar a los demás y de justicia se les deja a los Gobiernos, las autoridades y a cualquiera que no sea yo mismo?

Si no empezamos a cambiar realmente esta forma de actuar, ¿qué van a heredar las nuevas generaciones?, ¿cuál es el legado que estamos construyendo? desde niños debemos enseñar a nuestros hijos a hacer las cosas de manera correcta, a hacer la fila, a ayudar al más débil, a ser justos en sus decisiones, a ser pacientes y a tener valores para realmente ser felices. Si tenemos esta educación básica en los niños y adolescentes, estaremos realmente formando bases sólidas para la sociedad en el mediano y largo plazo.

Podríamos al menos empezar por lo más simple que es el respeto a la diferencia, entender que mis derechos van hasta donde van los de los demás y perseverar en el intento de ser solidarios. Todo esto bajo el ejemplo, no puedo pretender que mis hijos aprendan a respetar las leyes si yo me paso el semáforo en rojo. Con todo esto me surge un pensamiento…¿y si yo tengo algo que ver con lo que pasa en mi país?, ¿en mi empresa?, ¿en mi entorno? ¿en el colegio de mis hijos?... la indiferencia es el peor de los males sociales.

Tal vez estamos formando generaciones sin compromiso que no entienden la retórica de la inclusión, la vida en comunidad el derecho de todos los ciudadanos y los más básicos derechos humanos.

En octubre del 2015 escuché en un foro a un directivo muy importante a nivel mundial de una multinacional discutiendo sobre la falta de compromiso de las nuevas generaciones, fue enfático en decir que los jóvenes de ahora no quieren esforzarse ni tienen paciencia para llegar a sus logros. Habló de todo lo que se tuvo que esforzar para llegar a su cargo, resaltó las horas de trabajo extra, la preparación infinita y todo lo que implicó para su vida llegar a ser lo que es hoy. Había en el mismo panel de expositores, un joven emprendedor de las redes sociales, de unos 25 años que  lo miraba concentrado. Al final de su discurso, la gente aplaudía admirada por ese CEO ejemplo de trabajo y perseverancia.

Este chico, exitoso por cierto, lo miró a los ojos y le dijo: no entiendo por qué te quejas de nosotros (refiriéndose a su generación). Tu podrías ser mi padre, eres de su edad y la verdad ustedes nos enseñaron a tener las cosas cuando nosotros las queríamos, a tener todo de manera inmediata y a no esperar porque siempre lo merecíamos sin esfuerzo…así que no creo que yo tenga que esperar tantos años para alcanzar mis metas. La lección, ¿a quién le queda? Cada uno sabrá, pero debo reconocer que a mi me dejó pensando. Y la pregunta hoy para cada uno es, ¿será que yo tengo algo que ver? 

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