Opinión

  • | 2017/06/07 00:01

    “Voto por el candidato de Uribe”

    Cuando las negociaciones de La Habana empezaron allá en 2012, era muy fácil percibir el afán del gobierno y la mala voluntad de la guerrilla. Paradas de la mesa, pataletas, viajes Bogotá – La Habana y viceversa, Enriquito para acá y para allá, y al final una firma que se repitió más de seis veces, para que le quedara claro a todos que Colombia estaba al fin en paz.

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Los colombianos nunca hemos tenido mucha fe en las Farc. Sabemos que son mentirosos y cada declaración de ellos debe leerse en sentido contrario. También sabíamos los colombianos que el gobierno no cumple. El Estado es incapaz de hacer cumplir la ley, ya sea en orden público, o en términos de salubridad o educación, o en lo que sea. El Estado es paquidérmico en todo. Lo es por definición y no hay posibilidades de cambiarlo.

Curioso que los guerrilleros y sus abogados le hubieran creído al gobierno en todo, no solo en lo referente a los extensos compromisos que asumió en la mesa, sino en los plazos en que todo comenzaría. Hay toda clase de instituciones que se deben crear con los acuerdos de paz, pero no hay con qué.

Eran de esperarse los incumplimientos de parte de las Farc: la no salida de los niños, la no entrega de armas, la paseadora cúpula de las Farc turisteando por todo el mundo, las curules a dedo, la desbandada de bandidos con la consecuente violencia criminal en todo el país. Ya todos sabíamos cómo son. Aquí no hay sorpresas.

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Por parte del Presidente Santos sí hay afán en cumplir lo acordado, pero la clásica ineficacia del Estado para llevar a cabo cualquier cosa se lo impide. Ahora Santos está sacando decenas de decretos que desafortunadamente van a quedar en el papel, porque no hay dinero para cumplir.

El gobierno, ingenuamente, siempre pensó que los “países amigos” iban a volcar todo su esfuerzo de beneficencia hacia Colombia. No sólo nada de eso se materializó, sino que incluso Estados Unidos bajó aún más sus compromisos con el país, reduciendo una ayuda que alcanzó los US$1.500 millones al año en épocas de Pastrana, hasta solo alrededor de $250 millones, tal como se anunció inmediatamente después de la dizque exitosa visita de Santos al payaso mayor, Donald Trump.­­­­

El gobierno ha incumplido desde el primer día y las Farc también. Lo único distinto y muy positiva, es la caída impresionante de los números de la guerra. El cese al fuego ha sido interrumpido por muy pocos incidentes.

Pero ni las Farc ni el gobierno van a cambiar. ¿Quién les cree que solo tienen 7.000 fusiles, uno por guerrillero? Solamente Juan Manuel Santos. Ahora la entrega de armas se aplaza para el 20 de junio, como si fueran capaces de localizar y evacuar más de 900 caletas que no van a entregar en tres semanas.

Sobre todo, es preocupante la frase “ Cumplimos con más del 80 por ciento de las normas que dan la seguridad jurídica necesaria para terminar el desarme”, como dice una voz suelta en el comunicado de prensa respecto al aplazamiento por tres semanas para la entrega de armas. ¿Qué esconde esta frase? ¿Y qué pasa con el 20% de normas restantes para la plena seguridad jurídica? Mucho me temo que las Farc se van a pegar de cualquier cosa, como esa frase, cualquiera sea su significado, para seguir incumpliendo.

Con respecto al cumplimiento del gobierno, ni para qué hablar de eso. Es hasta chistoso como los mamertos se le han volteado a Santos. Ingenuos como Leon Valencia claman para  darle todo el poder y los recursos a Óscar Naranjo, vicepresidente entrante: “Allí está la conclusión de que es necesario y urgente un reajuste del proceso: darle todo el poder y todos los recursos a Óscar Naranjo, vicepresidente entrante, para que pueda coordinar al gabinete del posconflicto y a los gobernadores y alcaldes” dice Valencia. 

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No sea ingenuo hombre León. El Vicepresidente no es el ordenador del gasto; el problema no está allí. Simplemente no hay recursos (A propósito ¿Qué se hizo la plata de Isagen?).

El tira y afloje va para largo. Ambas partes continuarán semi cumpliendo, el Presidente Santos firmando decretos a una velocidad huracanada, que al final no tendrán efecto en el próximo período presidencial. Juan Manuel Santos, navegando en su Nobel de Paz, se irá y dejará los problemas sin resolver.

Es muy probable que el próximo Presidente –y ya lo anuncian las encuestas- sea “el que diga Uribe”. Para la segunda vuelta cada candidato será producto de coaliciones de izquierda y derecha, y al final la ciudadanía se irá por la opción de derecha. No hay candidato de izquierda que pueda aglutinar mucho más allá de las bases de los partidos.

No me preocupo por el futuro. Ya lo estamos viviendo. El mejor jefe de la campaña uribista será el Presidente Santos agarrado de su desprestigiado (¡hasta en la guerrilla!) proceso de paz. Si el proceso no es un tema en la campaña, no hay espacio para uribistas. Porque ¿quién puede lanzar la primera piedra en casos de corrupción?

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Es así como seguiremos a la colombiana: con medidas transitorias que se vuelven permanentes, apostándole al largo plazo, porque sobre las variables de corto plazo no hay control alguno, en manos de mediocres y esperando una segunda oportunidad sobre la tierra que no se dará: mientras haya narcotráfico, habrá guerra. Mientras no haya fumigación aérea será imposible superar el mar de coca. Con coca no hay paz. Las causas de la guerra siguen intactas, siendo la más importante de todas el narcotráfico.

Y nuevamente las Farc determinarán quien es el próximo Presidente de este pobre país.

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