Opinión

  • | 2017/08/09 00:01

    ¿Votaremos por un presidente carismático o por uno competente?

    Como votantes no debemos comprar propuestas increíblemente innovadoras, sino la voluntad y capacidad para llevarlas a cabo de forma resuelta por parte de un equipo de gobierno.

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Votar por quien a uno le caiga mejor tiene demasiados riesgos y conlleva a utilizar criterios superficiales para elegir a quienes nos gobiernan por cuatro larguísimos años. De cara a la próxima elección, podemos dar por sentado que la mayoría ya tienen predefinido por quién no hacerlo, dependiendo de sus pasiones y odios por el candidato de izquierda o de derecha. Entre los restantes, habría que votar por uno que realmente genere confianza, pero esto rara vez sucede en segunda vuelta, donde casi siempre la mayoría termina votando por el menos peor de los dos finalistas, más que por las virtudes del elegido.

Hace ocho años, cuando decidíamos el remplazo de Álvaro Uribe, había dos candidatos que querían ganarse los votos del popular presidente saliente: Andrés Felipe Arias y Juan Manuel Santos. Mientras el primero trató de convencer a los ciudadanos de que él era prácticamente igual a Uribe, el segundo prometía cuidarle “sus huevitos”, es decir, los tres puntos fundamentales de su esquema de gobierno: seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social. Pero, en cualquiera de los dos casos, fue evidente que el carisma de Uribe no se pega a terceros, y que es una rara virtud defender una candidatura con el ambiguo argumento de ser “el clon o el heredero”.

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Santos casi pierde la presidencia frente a Antanas Mockus, en buena medida porque Mockus defendía un tema socialmente sensible (la bandera anticorrupción) y era socialmente reconocido como alguien con autoridad para hablar del tema por su fama de gobernante incorruptible y equilibrado. Entretanto, Santos intentaba ganar adeptos con la ayuda de J. J. Rendón, un polémico publicista dedicado al marketing político, famoso por sus campañas manipuladoras y cuestionables, como el comercial de radio donde se imitaba la voz de Álvaro Uribe para apoyar su candidatura. Mockus y muchos periodistas lo señalaron entonces de manipular a la opinión pública y de realizar propaganda engañosa. Pero Santos se defendió diciendo que eso no era más que “una picardía”, a lo que Mockus le respondió algo como “Dr. Santos, al que realiza picardías se le llama pícaro”.

Cuatro años después, las picardías incluían la famosa “mermelada” para políticos cuestionables que lograron votaciones atípicas en municipios de la costa, famosos por la compraventa de votos. El año pasado se repitió la película con el famoso referendo por la paz, que hubiera sido tal de no ser por las burdas manipulaciones de lado y lado que polarizaron al país y lo dividieron por mitad con precisión de cirujano, en un tema tan socialmente relevante.

Más allá de la suciedad de las prácticas políticas de ambas partes, sorprende la cínica superioridad moral con que cada una asume los errores de su contraparte, cuando todos son reconocidos como más de lo mismo, aun si utilizan un discurso coyunturalmente distinto. Y si a eso se le suma que, según nos enteramos ahora, las dos campañas presidenciales de hace cuatro años estuvieron untadas del dinero de Odebrecht, difícilmente podemos decir que somos gobernados por el candidato que votamos, pues suele haber mucha distancia entre la imagen del que votamos y las prácticas de quien gobierna. Pensándolo bien, estamos nadando en un mar de corrupción tan amplio y profundo, que Mockus quizá se salvó de nunca tener que demostrar competencia frente a una lucha que parece perdida.  

Ahora bien, la primera vuelta es donde realmente elegiremos, entre una baraja de candidatos relativamente amplia, uno con el que tengamos afinidad o por el más “carismático”. Según dicen quienes han estudiado ese fenómeno, nos referimos a alguien que irradia energía, logra empatía con los electores dando la impresión de que entiende y defiende sus necesidades, y genera expectativas positivas a partir de una visión de futuro atractiva y bien expresada. Así, es la persona que logra una conexión con los votantes de forma más emocional que racional, que deslumbra con facilidad por su oratoria segura y contundente, sus frases pegajosas, sus argumentos persuasivos, y sus promesas valientes y alineadas con el sentimiento de los votantes. Aun así, para el ciudadano que realmente vota a conciencia, el “mercado electoral” suele estar saturado por propuestas tímidas, vagas y de reiterada igualdad, con lo que la competencia se enfoca en la alineación con los sentimientos de la opinión pública.

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El guayabo de las elecciones se vive después. Dicen quienes han investigado el fenómeno del liderazgo carismático, propio de los movimientos populistas, que estos líderes no cumplen con lo prometido en el largo plazo, pues no demora en demostrarse que sus promesas resultan irreales o inalcanzables, al carecer de los medios adecuados para su realización; se rodean de gente conformista y atenta al nivel de micro gerencia de su líder, sin ser capaces de tomar decisiones autónomamente; y se obsesionan con la popularidad, por lo que toman decisiones inconsistentes de acuerdo con la encuesta de turno. Además, polarizan a sus opositores, quienes se dedican a buscar formas de hacerlos caer, en especial si son antiguos colaboradores que se han sentido traicionados por expectativas no cumplidas.

En términos de su capacidad de gobernar, es evidente que un solo individuo no puede dedicar energía infinita y en las mismas proporciones a una amplia variedad de problemas complejos como los de un país. Ningún gobernante tiene la misma experiencia o interés para todo. Y la cantidad y la diversidad de problemas requieren competencias distintas que un solo individuo difícilmente tiene. Así, el número de cambios estratégicos que puede liderar durante un periodo de gobierno depende de sus capacidades para priorizar, conformar equipos de gobierno competentes, y desarrollar una estructura y unos sistemas que hagan viable realizar la visión que prometió, facilitando los recursos suficientes para que los mandos medios puedan traducir las promesas en acciones concretas.

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Por lo tanto, es momento de empezar a escuchar con atención y menos superficialidad lo que los candidatos actuales ofrecen: frases de cajón y promesas vagas pero elocuentes, que no se aterrizan en nada más que los apasionamientos que estamos viendo. Quizá si abrimos más los ojos, nos informamos mejor y enfriamos el apasionamiento, podamos detectar señales tempranas de que nuevamente nos están manipulando personas mal rodeadas y mal asesoradas, escudados en una ética dudosa y esquiva que valida las trampas de acuerdo con la presión de los tiempos difíciles.

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