Opinión

  • | 2017/03/31 00:01

    ¿Desunión Europea?

    Sesenta años después de los Tratados de Roma, origen del proceso de construcción europea, la Unión Europea goza de mala salud.

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Los avances en bienestar, crecimiento y prosperidad en la región, gracias al mercado común, las políticas de cohesión o la moneda única, han quedado ensombrecidos en los últimos años por la crisis de la deuda soberana y por el bofetón que ha supuesto el primer abandono del club, por parte de un país de la importancia del Reino Unido.

El resultado es que las costuras del proyecto amenazan con romperse y no solamente por las importantes amenazas externas (Putin, Trump, Turquía) sino por las divergencias internas, empezando por las económicas, ya que la crisis ha ampliado las distancias entre el grupo de países acreedores y deudores. Desde 2007 a 2016, la posición acreedora neta de países como Alemania o Bélgica ha aumentado entre 20 y 30 puntos porcentuales hasta niveles del 50% del PIB, mientras en países como España, Portugal, Grecia o Irlanda la evolución ha sido la contraria, situando el endeudamiento neto muy por encima del límite del 35% exigido por el Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos. Aunque también es cierto que los países del sur han hecho un importante esfuerzo de ajuste y, en todos los casos, ya presentan superávits por cuenta corriente (capacidad de financiación), algo que no ha sido correspondido por el norte de Europa, donde Alemania (7,5% del PIB) y Países Bajos (9,1%) siguen manteniendo elevadísimos superávits que, por cierto, también incumplen los umbrales máximos recomendados por Bruselas.

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En esta asimetría se origina buena parte de las diferencias entre el sur y el norte que esta semana han vuelto a ponerse de manifiesto con las desafortunadas declaraciones del presidente del Eurogrupo, reflejando visiones opuestas sobre la forma de solucionar los problemas de la eurozona. Es decir, los que abogan por la estabilidad presupuestaria, las reformas o la responsabilidad individual de los países, frente a los que piensan que sólo se puede avanzar con un presupuesto europeo con capacidad de responder a los "shocks" asimétricos, con una mayor armonización de políticas sociales o con la necesidad de contar con un activo sin riesgo europeo. La clave para los próximos años es que un número suficiente de países de ambos grupos consigan consensuar un mínimo común denominador, que incluya ambas visiones.

Pero, teniendo en cuenta el agitado calendario electoral, con Italia como principal foco de incertidumbre, y el esfuerzo que requerirá en los dos próximos años recomponer el marco de relaciones con Gran Bretaña, no cabe esperar grandes avances en el proyecto europeo en el futuro más inmediato (si por avances estamos pensando en una mayor armonización de la política fiscal y social, en una profundización en la unión bancaria o en la introducción de mayores dosis de transparencia en instituciones como el Eurogrupo). Esta visión federalista del proceso de construcción europea, no es unánime, lo que hace pensar que los pasos adelante los va a dar un grupo reducido de países, lo que dará lugar a una Europa a varias velocidades. Esa flexibilidad tiene riesgos (aumentar las diferencias dentro de la región) pero no parece haber muchas más soluciones. Aunque para dar pasos hacia delante se necesitarán nuevos liderazgos, nuevos equilibrios de fuerzas dentro de la región y, quizás, una nueva recesión, catalizador tradicional de los cambios en Europa.

Especialmente, urge construir un relato esperanzador para las nuevas generaciones, pues ya no es suficiente funcionar bajo la premisa de que cualquier alternativa a la Unión Europea es peor. De la misma forma, parece ineludible contar con un nuevo tratado para abordar los retos de las próximas décadas. El riesgo de no cambiar es que cada vez una mayor parte de la población empiece a pensar que Europa es el problema y no la solución.

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