Opinión

  • | 2016/06/05 00:01

    ¿Nace o se hace?

    En generaciones pasadas, el liderazgo estaba destinado solo a aquellos seres de personalidad privilegiada que brillaban por ser arrolladores, intrépidos y extrovertidos. Los orgullosos abuelos decían “el niño es un líder innato”. Ahora que re pensamos el mundo, ¿será esto cierto?

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En mis años de experiencia puedo decir que el estilo personal y social sí ayudan a influir en los demás, a ganar credibilidad y a liderar equipos; pero conozco casos también en los que, aunque poseen la personalidad, sucumbem ante el ego y las ganas desmedidas de poder y ambición.

Un líder puede construirse en el camino de la vida y la experiencia. No podemos estereotipar pensando que solo es un tema de genes. Los años de trabajo y de lidiar con diferentes estilos de personas me muestran que lo importante es tener el deseo de hacer las cosas de manera genuina.

El concepto de líder, hoy debe llevarnos a estar lejos del concepto jerárquico. Un líder no es necesariamente el jefe. El jefe es el jefe, tiene autoridad y puede tomar decisiones cuando la organización y/o el negocio lo requiere, pero un jefe, en el sentido puramente descriptivo, no tiene que ser inspirador ni influenciador. Tiene que organizar, coordinar y en términos generales, hacer que las cosas fluyan .

En la vida yo he tenido la suerte de tener buenos y malos jefes. Los buenos me dieron ejemplo desde muy joven de como analizar el entorno, observar, cuidar de la gente, construir la intuición y ganar. Los malos me dieron excelentes enseñanzas de lo que definitivamente no se debe hacer en una posición de liderazgo. Me enseñaron que un buen jefe es realmente un líder que inspira y que hace que el corazón se comprometa con la visión del equipo. Mis malos jefes solo me hacían sentir ganas de irme a otra empresa, lo cual es una evidente muestra de que un mal jefe no compromete en realidad con nada.

Pensando entonces si hay características básicas que definen un líder, yo creo en tres que nos pueden mostrar que un líder nace pero también se hace. Cuestionémonos esto al momento de auto-definirnos como líderes:

  1. Un líder logra influenciar. Un buen líder no impone. Es un modelo inspirador, logra que su equipo lo emule y algunos (no todos, no hay que ser radicales) quieran ser como el/ella. Es un rol model, un ejemplo que vale la pena seguir, con valores que sean evidentes y un buen corazón que demuestre que tiene calidad humana.
  2. Un líder pone por encima de los propios, los intereses del equipo. Un líder hace lo que más nos cuesta a los seres humanos, dejar el ego a un lado. Para un verdadero líder los intereses colectivos priman sobre los propios. Puede sentir sincera alegría por los logros de los demás y permite que su equipo también tenga exposición. En términos de fútbol, no tiene que hacer los goles para celebrarlos como propios.
  3. Un líder toma decisiones. Esto es una característica no negociable. El método para tomar la decisión puede variar, pero un líder debe decidir lo mejor para su equipo así sea impopular. El líder que decide, gana credibilidad con su equipo que seguramente se sentirá respaldado.

Pensemos qué somos y qué queremos. El líder nace y también se hace. No es solo tener la personalidad, es entender a los demás y querer dejar un legado. Los grandes líderes piensan en otros seres humanos, ayudan a otros (no se trata solo de ser maestros altruistas) en la medida en que su rol en la vida le permite. Construyamos camino, inspiremos, ayudemos a los demás a crecer y dejemos nuestro propio ego lo mas lejos que se pueda. ¡Qué vivan los líderes de verdad!, ¡esos que inspiran y sacan una sonrisa! Vamos por más lideres reales, ¡el mundo de verdad los necesita!

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