Opinión

  • | 2017/01/11 00:01

    Tendencias demográficas en Colombia: Freno a la productividad

    Comprender la situación demográfica del país y sus regiones es una premisa fundamental en la creación de políticas públicas que aunque inicialmente pueden ser vistas exclusivamente como políticas sociales son, en gran medida, el origen de la estructura económica de una sociedad.

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Hace un mes el ministro de Salud presentó los resultados de la más reciente Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS), poco conocida entre el público, poco difundida por los medios de comunicación, pero destacable por el tipo de información que brinda para llevar a cabo políticas públicas de largo alcance que deberían estar a la orden del día en la agenda de nuestros dirigentes.

Comprender la situación demográfica del país y sus regiones es una premisa fundamental en la creación y desarrollo de políticas públicas que aunque inicialmente pueden ser vistas exclusivamente como políticas sociales son, en gran medida, el origen de la estructura económica de una sociedad. El acceso a educación y a servicios de salud de calidad, la longevidad, la tasa de fertilidad por edad y nivel de ingreso, el número de integrantes por hogar, la composición de género, son todos factores que pueden ser direccionados a largo plazo por las políticas públicas y que constantemente permiten evaluar las capacidades de una región en conjunto para desarrollar ciertas actividades productivas respecto de otras (productividad y competitividad relativas).

La ENDS 2015 resalta que “la reducción de la fecundidad es quizás el cambio más importante en el contexto de la transición demográfica que ha vivido el país, no solo por sus consecuencias sobre el crecimiento, sino también y, principalmente, por su incidencia en la transformación de la estructura por edad de la población”. En Colombia el número de hijos por mujer ha caído de 2.5 a finales de los ochenta a 1.8 recientemente; así mismo, el tamaño promedio del hogar pasó de 4.6 a 3.5 integrantes entre 1990 y 2015. Mientras que a finales de los sesenta los menores de 15 años representaban cerca del 42% de la población colombiana, dicha participación se ha reducido a 27%.

Una tendencia relevante identificada por la encuesta a lo largo de su realización quinquenal desde 1990 es el incremento de los hogares de un solo padre o madre, especialmente de jefatura femenina, así como el aumento de acuerdos de convivencia que no incluyen parentesco. El 36.4% de los hogares en Colombia tiene jefatura femenina, siendo un fenómeno marcadamente urbano (39.6%) pues en las áreas rurales es apenas 25.5%.

Otra tendencia relevante es la considerable proporción de población femenina sin educación en los quintiles de riqueza bajos. Según la ENDS 2015, la proporción de mujeres con educación superior en los quintiles bajos es de solo 4.7%, mientras que en los quintiles de riqueza altos llega a 46.2% (10 veces mayor). Esto significa que la población más pobre tiene mujeres menos educadas y, por ende, menos productivas, pero también sufren de mayor presión a mantener hogares durante su vida adulta.

El crecimiento de los hogares monoparentales con madres cabeza de familia junto con el alto porcentaje de embarazo adolescente crean condiciones favorables a la violencia, al tiempo que fomentan una educación poco pertinente y de mala calidad de niños y jóvenes que prácticamente crecen solos o en condiciones poco dignas. En consecuencia, estas generaciones llegan a ser adultos que engrosan la mano de obra no calificada, perpetuando dinámicas perversas de nuevos embarazos adolescentes e incremento de la población de bajos ingresos, ubicándose en una especie de trampa de pobreza.

Esta dinámica presiona cada vez más la necesidad de asistencia social (nutrición, educación, salud, pensión) por parte del Estado, reduce la productividad laboral, alimenta la informalidad y, paradójicamente, aumenta la corrupción. El costo del voto disminuye ya que la población más vulnerable y susceptible de ser “comprada” con simples promesas o por bultos de cemento es cada vez mayor relativamente a la población con educación suficiente para votar en conciencia por programas políticos de largo plazo.

Precisamente al respecto un resultado interesante de la encuesta es que en la regiones del país donde mayor población se encuentra en los quintiles de riqueza más bajo (región Atlántica y en la Orinoquía y la Amazonía) y éstos coinciden con los departamentos identificados como los de mayor riesgo de corrupción por parte de Transparencia Internacional.

Con base en apenas algunos indicadores de la ENDS 2015 es evidente que la política económica no puede funcionar adecuadamente como una receta, puesto que su éxito depende significativamente de reconocer el entorno en que es aplicable y para ello, los estudios demográficos son imprescindibles. De lo contrario, las autoridades económicas se dedicarán a aplicar modelos de políticas innocuos y que incluso terminan cobrando caras facturas al alimentar la corrupción por el fracaso de estrategias bien diseñadas pero mal implementadas e ineficientes debido a su descontextualización.

Por esto mismo, tal vez uno de los aspectos más relevantes y útiles de la información contenida en estas encuestas es lo que magistralmente Levitt y Dubner abordaron en su libro Freakonomics (2006) donde con casos muy específicos y aparentemente aislados dan cuenta de la importancia de entender los incentivos que producen las decisiones de los seres humanos en contextos particulares para adoptar políticas públicas efectivas.

El acuerdo de paz con las FARC y las obras de infraestructura son importantes, pero no son los factores que van a permitir al país alcanzar nuevamente un crecimiento económico sostenido cercano al 5% ni mucho menos avanzar en el incremento de la productividad, para eso falta incorporar en la agenda las tendencias demográficas y tener la voluntad política para modificar las actuales.

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